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Europa y la cumbre de Ankara

De los tres vértices que, según Clausewitz, definen el poder militar de las naciones –Gobierno, Pueblo y Ejército–, a nosotros nos fallan los tres. Individual y colectivamente. Y, por el momento, en la mayoría de las capitales europeas, solo se está pensando en reforzar el vértice de las Fuerzas Armadas

El presidente estadounidense Donald Trump con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho OvalAFP

Bástele a cada día su propio afán, dijo San Mateo, y no seré yo quien le lleve la contraria al evangelista. O quizás sí, porque, inspirado por la hazaña de Paraguay en el Mundial, me voy a atrever a intentar algo imposible: distraer al lector de las noticias sobre la corrupción que inevitablemente encabezan las portadas de todos los medios españoles –la mayoría, por cierto, se dicen no partidarios, aunque algunos le dan tantas vueltas a las cosas que parece que sí lo son– para llamar su atención sobre la próxima cumbre de la OTAN.

Bien sé yo que este partido lo juego en campo contrario. ¿Cómo competir por el interés de los lectores con las joyas –las de verdad y las que solo lo son en sentido figurado– del expresidente Zapatero? Pero hasta en Rusia, donde tienen problemas mayores que los nuestros –no sea escéptico el lector, que allí también campea la corrupción y aquí no nos llueven los drones por las noches ni tenemos que hacer cola en las gasolineras– han encontrado tiempo para analizar la importante cumbre que la semana que viene se celebrará en Ankara.

La visión rusa: un tigre de papel

Ya que estamos, empecemos por los rusos, que son la verdadera razón de ser de la Alianza Atlántica. Siempre es difícil discernir la realidad de los bulos que tratan de ocultarla. Fíjese el lector que, solo hace unos días, una manifestación del llamado Orgullo Crítico recorrió Madrid clamando «contra el capitalismo colonial que nos masacra», como si Occidente no fuera el único lugar del mundo en el que pueden salir a la calle sin miedo a ser perseguidos por la Policía. De la misma manera, y aprovechando las propias libertades que la Alianza defiende, se han dicho sobre ella infinidad de falsedades.

Sin embargo, la OTAN no se creó para atacar a Rusia –algo que, a la vista está, nunca ha ocurrido– sino para mantener a los rusos fuera de la parte de Europa que, por muy buenas razones, no quiere tenerlos dentro de sus fronteras. A pesar de los esfuerzos desinformadores del Kremlin, poco paralelismo puede hacerse con lo que ha ocurrido con la Alianza en su expansión hacia el este. Recuerde el lector que la amenaza de Trump no es la de invadirnos, sino la de marcharse y dejarnos solos. Bien podía hacer lo mismo Putin en Ucrania.

Pero volvamos a la cumbre de Ankara. Un largo artículo del Izvestia, el periódico del régimen, recoge estos días en titulares los intentos de Mark Rutte, el secretario general de la Alianza, para «salvar a la OTAN de la desintegración». Si exceptuamos la ausencia de toda mención a la guerra de Ucrania –¿qué guerra? se preguntarán los rusoplanistas– el análisis que he podido leer me parece bastante realista. «Los expertos» –afirma el columnista– «están seguros de que una retirada de los EE.UU. de la Alianza es imposible; Trump simplemente busca obtener concesiones de Europa».

Arrimando el ascua a su sardina, el Izvestia celebra las palabras de Donald Trump, que calificó a la Alianza de «tigre de papel» porque no quiso seguirle en su aventura iraní. Yo también lo haría si estuviera en su lugar, pero esa es la única «joya» de una columna en la que predomina la visión académica, aunque adornada con toques poco sutiles de propaganda.

Como haría cualquier analista occidental, el autor del artículo –con el Kremlin detrás de él, que estamos hablando del Izvestia– reconoce que la prioridad actual de Washington es contener a China y que eso obligará a Europa a rearmarse. ¿Rearmarse para qué? Ahí ya entran en juego las diferentes interpretaciones. Para Moscú, carece de sentido culpar a la amenaza rusa –¿qué amenaza? se preguntarán a coro los rusoplanistas, siempre bien enseñados– y donde hay que buscar a los culpables de este rearme es en las propias sociedades occidentales.

Hace mucho tiempo que terminó la Guerra Fría y el Izvestia es un periódico demasiado serio para culpar al «capitalismo colonial» contra el que, desde la seguridad de nuestras calles, claman algunos de nuestros conciudadanos. Pero la explicación dada por el columnista, que seguramente tendrá más relevancia en la Rusia de hoy, tampoco me parece demasiado sofisticada: «Los partidos tradicionales europeos, que están perdiendo apoyo, esperan que la militarización distraiga a la opinión pública del deterioro del nivel de vida, los problemas sociales y el declive de las infraestructuras…»

Buen intento de convencer a los rusos de que sus penas son las de todos; pero yo, que vivo en Europa, no creo que sea la militarización lo que distraiga a los españoles de sus problemas, al contrario de lo que ocurre en la Rusia de Putin. El refrán aquél de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio no debe de tener traducción al idioma de Dostoievski.

La paradoja estadounidense: Trump no es Sansón

Al otro lado del océano, en los Estados Unidos, la prensa es libre y cada uno puede escribir lo que le parezca oportuno. Encontrará el lector opiniones para todos los gustos pero, tanto en la clase política como en la ciudadanía, una amplia mayoría de voces y de votos apoya la Alianza, para lo que hay buenas razones políticas, estratégicas, militares, económicas y hasta culturales.

Si eso es así, ¿por qué ese empeño de Trump en poner minas en el camino de la organización? Hay, desde luego, cierta base en sus reclamaciones. Por una parte, la queja de Washington sobre el reparto de las cargas está justificada, al menos desde que el fin de la Guerra Fría dejó a los EE.UU. temporalmente sin enemigos de su nivel. Por la otra, el ascenso de China vuelve a poner en peligro la supremacía de Washington y es lógico que, más allá de Trump, cualquier presidente de los EE.UU. imponga una redistribución de sus propias fuerzas y ¿por qué no? empiece a pedir a sus aliados un poco de reciprocidad en línea con esa OTAN 360 grados esbozada en la cumbre de Madrid.

El ascenso de China vuelve a poner en peligro la supremacía de Washington

A esas dos demandas, que todos entendemos como justificadas –si el debate se ciñera a estas dos cuestiones, la cumbre de Ankara se convertiría en un encuentro apacible y fructífero– añade Donald Trump ese impulso fatal que le lleva a, por poner un ejemplo, asegurar que Giorgia Meloni le suplicó que se hiciera una fotografía con él en la cumbre del G-7. No soy médico y no puedo diagnosticar lo que le ocurre al hombre, pero por alguna razón necesita sobresalir sobre los demás… como necesita poner su nombre en todos los lugares públicos de los EE.UU. y su fotografía en los pasaportes de sus conciudadanos.

A la vista de su trayectoria, pienso que la verdadera razón por la que al magnate le disgusta la OTAN –como la ONU o el G-7– es que allí no tiene, al menos en teoría, derecho de pernada. Como demostró con la disparatada Junta de Paz que intentó crear para sustituir a la ONU, él necesita un asiento más alto que el resto de los líderes para ser feliz, y ni siquiera esa posición privilegiada le impedirá insultar a los demás, amenazarles o culparles por sus propios fallos.

Mark Rutte, convencido de que su papel es pastorear a Donald Trump en estos tiempos de oscuridad, se ha esforzado mucho por poner al republicano, si no de iurede facto, en esa posición imperial que él añora. Creo que, aunque con buena intención, se equivoca. Por agradar a un magnate que siempre exigirá más, corre el riesgo de alejar de la OTAN a sus verdaderos soberanos, los pueblos de ambos lados del Atlántico, espantados por el ridículo de algunas de las alabanzas del secretario general.

Sobrevalora, además, Rutte el riesgo real que supone Trump. El irritable republicano es y será un lastre para la Alianza, pero no es un Sansón capaz de derribar desde dentro sus columnas… no vaya a ser que caigan sobre la única cabeza que le importa, que es la suya. Ni tiene la fuerza necesaria para hacerlo –le faltan muchos votos en el Congreso de los EE.UU.– ni la voluntad de dar el paso decisivo que, como habría podido ocurrir en Irán si hubiera cumplido sus amenazas apocalípticas, le arrojaría al cubo de la basura de la historia.

La realidad europea: a verlas venir

Mientras unos y otros toman posiciones, Europa, por sus propios pecados, está condenada a bajar la cabeza y esperar acontecimientos. Me gustaría creer que se agacha para tomar impulso… pero para eso tendría que escribir en el Izvestia, y no en El Debate. Solo en las autocracias los deseos de los panegiristas del régimen pueden reemplazar a la realidad en las páginas de los diarios. Vale, puede que eso no ocurra solo en las autocracias, pero dejemos esa cuestión a los analistas políticos y volvamos a nuestro terreno.

De los tres vértices que, según Clausewitz, definen el poder militar de las naciones –Gobierno, Pueblo y Ejército– a nosotros nos fallan los tres. Individual y colectivamente. Y, por el momento, en la mayoría de las capitales europeas, solo se está pensando en reforzar el vértice de las Fuerzas Armadas. Un vértice que, a pesar de sus notorias carencias, seguramente es el que menos lo necesita de los tres.

Así pues, nos esperan años difíciles desde el punto de vista de la defensa europea. Años en los que, si no a las invasiones de potencias extranjeras, tendremos que hacer frente al chantaje de unos y de otros a cuenta de nuestras debilidades colectivas. ¿Cuántos años de penitencia tendremos que cumplir? No puedo contestar a esa pregunta pero de algo sí que estoy seguro: serán exactamente los que nos merezcamos. Ojalá la cumbre de Ankara se convierta en el punto de inflexión que dé comienzo a la cuenta atrás.