La cumbre de Ankara: el ruido y las nueces
Quizá lo más importante de lo que puede ocurrir en Ankara —por alguna razón, hoy me siento optimista— sea que, bajo la presión de un presidente que, con sus muchos defectos, es capaz de tomar decisiones difíciles, Europa se vea obligada a reaccionar
Pedro Sánchez en el rincón de la foto de familia de la última cumbre de la OTAN
Hoy comienza en Ankara la cumbre anual de la Alianza Atlántica. Se trata, por supuesto, de un acto predominantemente protocolario al que las naciones llegan con casi todo el pescado vendido. La declaración final que firmarán los líderes está ya prácticamente consensuada y, precisamente por eso, me parece una buena noticia que, a solo un día de la reunión, buena parte de lo que la mayoría de los medios podrían haber publicado sobre los preparativos se haya visto tapado por el último insulto de Donald Trump a su otrora amiga Georgia Meloni.
Desde su púlpito en Truth Social, sugiere el magnate que necesitará una orden de alejamiento para que la italiana no lo atosigue durante la cumbre. Meloni, más sabia que el estadounidense, ha preferido no contestarle… y hace bien. Genio y figura, Trump necesita centrar en él todas las miradas, y es bueno para el mundo que sus tretas para llamar nuestra atención sean tan inocuas como esta enésima salida de tono. Si de verdad siente que tiene que hacerlo para ser él mismo, es mejor que el hombre se pase la cumbre molestando a sus aliados que coqueteando con Putin o amenazando a Groenlandia.
La inanidad del rifirrafe con Meloni nos permite jugar con la idea de que, después del fiasco de Irán –donde fue él mismo quien, sin darse mucha cuenta, elevó el listón de las expectativas muy por encima de las posibilidades militares de la campaña– el presidente Trump podría haber vuelto a sentirse más cómodo en el papel, por comparación mucho más convencional, que desempeñó en su primer mandato. ¿Quién se habría imaginado hace algunos años que lo echaríamos de menos?
Recordará el lector que, si excluimos los insultos y las payasadas que hacían las delicias de sus fans, las decisiones sobre política exterior del presidente Trump en aquellos cuatro años se ajustaron bastante a lo que cabría esperar de cualquier presidente de su partido: más cerca de Nixon que de Kennedy, de Reagan que de Carter y, desde luego, de Bush que de Obama. En esa dirección parecen apuntar sus actuaciones más recientes, en las que dice «digo» pero hace «Diego»… y, afortunadamente, ese «Diego» de las últimas semanas responde menos a lo que el magnate siente en sus huesos y más al análisis pragmático de lo que exige la situación.
Si se confirman estas expectativas, y a pesar del ruido que cabe esperar del propio Trump y de quienes, por la razón que sea, se sientan en la necesidad de contestarle –cuantos menos, mejor– la cumbre de Ankara promete una copiosa cosecha de nueces. A corto plazo, el comunicado final seguramente proclamará la unidad frente a Putin, el compromiso con Ucrania y el apoyo a las dos grandes demandas de los EE.UU. en la negociación con Irán: el abandono del programa nuclear y la libre navegación por el estrecho de Ormuz.
A más largo plazo, la cumbre supondrá un paso decisivo en el camino hacia un reparto más justo de las cargas y las responsabilidades en la defensa de Europa. Pocos discutirán a estas alturas que debe recaer en mayor medida en nuestro continente.
Por último, y con un poco de suerte, es probable que en Ankara se plante la semilla de una imprescindible evolución que, más allá de los paños calientes puestos en el Concepto Estratégico aprobado en la cumbre de Madrid –aquella OTAN 360 grados que nadie sabía a ciencia cierta si llegaba hasta el norte de África o no– tendrá que adaptar la Alianza euroatlántica a un tablero global en el que los límites geográficos de hace ocho décadas han perdido todo su sentido.
Con todo, quizá lo más importante de lo que puede ocurrir en Ankara –por alguna razón, hoy me siento optimista– sea que, bajo la presión de un presidente que, con sus muchos defectos, es capaz de tomar decisiones difíciles, Europa se vea obligada a reaccionar. El presidente Trump es quien, con sus zafias maneras y su dedo acusador, nos ha hecho sentir tan desnudos como Adán y Eva en el paraíso después de su pecado. Ya era hora. Ahora solo falta que, como hicieron nuestros primeros padres, nosotros sintamos vergüenza y nos vistamos.