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La prohibición de realizar elecciones en Nicaragua pone al matrimonio Ortega en la mira de Marco Rubio

Nicaragua ya estaba en la lista de los regímenes a «democratizar» por Washington, pero con el anuncio de Daniel Ortega podrían acelerarse los tiempos

Daniel Ortega y Rosario Murillo en el aniversario de la revolución sandinistaAFP

Las tres dictaduras de América atraviesan momentos difíciles. La más emblemática, Cuba sufre, ahora sí, un verdadero aislamiento. La población subsiste en medio de una crisis que nada tiene que envidiar al «periodo especial», mientras Delcy Rodríguez en Venezuela, bajo el paraguas de la Casa Blanca, se atornilla a la butaca de Nicolás Maduro que antes fue de Hugo Chávez.

Los dos regímenes socialistas sienten el aliento de Donald Trump y de Marco Rubio en la nuca, mientras tratan de ganarse o prolongar el favor o permiso de Estados Unidos para seguir existiendo con reglas nuevas antes de morir en el intento de insistir en ser lo que son y han sido durante 675 años la isla caribeña y 27 Venezuela.

Ese contexto era un aviso para navegantes de Managua, pero el matrimonio que gobierna Nicaragua como si fuera patrimonio conyugal no parece haberlo entendido. Al menos, eso es lo que se desprende del anuncio claro, conciso y trasparente que hizo Daniel Ortega hace unos días: «No volverá a haber más elecciones».

El secretario de Estado, Marco Rubio, recogió el guante de inmediato. Por razones personales y convicción política, Rubio quiere sacarse la espina de las dictaduras en esos territorios de sus antepasados donde se habla español con diferentes acentos. En su cuenta de X salió al paso de las declaraciones de Ortega con otras igual de claras, concisas y transparentes.

Le advierte que la «Administración Trump y la comunidad internacional no se quedarán de brazos cruzados mientras la dictadura de Murillo-Ortega profundiza la represión en el país y genera una inestabilidad que amenaza la seguridad nacional de EE. UU.».

Dicho esto, concluye: «El compromiso de Ortega de abolir las elecciones en Nicaragua demuestra su cobardía y su miedo a la voluntad del pueblo nicaragüense».

Las aficiones del matrimonio nicaragüense, enganchado a las malas artes ocultas y al poder por la fuerza, quizá expliquen, al menos parcialmente, la decisión del guerrillero sandinista de desafiar, justo ahora, al Gobierno de Estados Unidos.

Nicaragua estaba en «stand by» de las prioridades de Washington, pero con la decisión de Ortega ha escalado posiciones como una araña en el ladrillo de carpetas a despachar por Trump.

El domingo Ortega decidió sacar a la dictadura del armario de la simulación democrática y el efecto internacional ha sido el contrario al deseado por el sátrapa del Caribe. Al mensaje de Marco Rubio se sumaron otros como el del secretario general de la OEA, Albert Ramdin, que también se expresó sin tapujos: «El régimen ha abandonado la democracia», y el Gobierno de Costa Rica, directamente, decidió llamar a consultas a su embajador en Managua.

La extraña pareja formada por Ortega y Murillo gobierna con mano de hierro y sin límites de ninguna naturaleza. Él está acusado de varias violaciones incluida la de su hijastra que tuvo que escapar de Nicaragua mientras su propia madre amparaba y justificaba a su marido

Entre los dos han liquida los poderes del Estado, perseguido a la Iglesia, reformado la Constitución, asaltado los medios de comunicación (públicos y privados) y aniquilado a la oposición. En 2018, las protestas contra el régimen dejaron más de 300 muertos y decenas de heridos.

Tras una reforma constitucional, aprobada por las bravas, hace menos de tres años, en 2024, los Ortega ampliaron el mandato presidencial de cinco a seis años. De paso, se inventaron el cargo de copresidenta para Rosario Murillo.

Nicaragua debería celebrar elecciones generales en 2027, pero esa posibilidad, al menos por ahora, ha quedado descartada con la prohibición del régimen que ha despertado el interés del mundo cuando menos le conviene.

Washington ha restringido el visado a más de 2.350 funcionarios vinculados al poder y a sus familiares. Hasta ahora, la Administración Trump había evitado ir tan lejos como con Cuba, pero Marco Rubio ya les ha advertido: no se quedarán de brazos cruzados.