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El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, es recibido por el Rey de Marruecos, Mohamed VI, en 2024Europa Press

La batalla por la final de 2030 demuestra que Marruecos lleva ocho años utilizando cualquier terreno —desde la inmigración hasta el deporte— para medir la voluntad de España de defender sus propios intereses.

El esfuerzo de Marruecos de lograr arrebatar la final del mundial del 2030 es simplemente la ultima prueba de la constante demostración de fuerza del sátrapa Alauí, que lleva in crescendo desde que nuestro querido Pedro Sánchez se dejó mangar el teléfono.

Y, como hemos dicho con anterioridad, Marruecos lleva labrando una telaraña de relaciones con Israel y Estados Unidos que le ayuda a obtener apoyo internacional en cada una de las áreas sensibles de la relación España – Marruecos, sea este conflicto migratorio, territorial o, como en este caso, incluso deportivo–.

Pero el caso de la final del mundial, por tonto que parezca, es mucho más que una mera afronta a un vecino tonto que te ha invitado a su candidatura, sin pedir nada a cambio. Y aprovechándose de la FIFA, que puede ser la organización no gubernamental más poderosa del mundo y, probablemente, la más opaca y corrupta, como ha demostrado en el último mundial.

La RFEF planeó postularse al mundial del 2030 con Portugal. Pero nada más llegar nuestro maravilloso presidente al gobierno, en el año 2018, decidió invitar al de la gorrita a ser parte de nuestro mundial, en aras de la hermandad, la cooperación, y la felicidad del mundo mundial. Esta oferta se concretó en una candidatura conjunta entre Portugal, España y Marruecos, que resultó ser la adjudicada.

Como eterno agradecimiento al gesto de Sánchez, Marruecos se lleva dedicando esos últimos ocho años a minar la soberanía española y a aprovecharse de la generosidad del dadivoso Gobierno socialista con el vecino del sur (más de 100 millones al año en ayuda, 120 millones en ayuda a la immigracion y cientos de millones en créditos re-emolsables).

No es un partido: es imagen, turismo, Inversiones y marca país

Marruecos hace exactamente lo que debe hacer cualquier Estado serio: defender sus intereses nacionales en todos los frentes posibles. Diplomáticos, militares, económicos, migratorios, deportivos o culturales. No hay nada reprochable en ello. Lo reprochable es que España haya dejado de defender los suyos. A Sánchez y a Albares se les olvidó que la diplomacia no puede convertirse en sumisión.

En este caso, España no debe plantear este debate como un tema meramente deportivo. No lo es. No es un partido. Es imagen, turismo, Inversiones y marca país. Es reputacional. Y en la politica internacional, el que no ser hace respetar no puede pretender que lo demás le respeten.

Es hora de echarle un órdago a los mamelucos «verdimarchantes» (versión 2.0) para que nos dejen de pisotear. España tiene hoy una capacidad de negociación que jamás volverá a tener. Es la principal potencia futbolística del planeta, la campeona del mundo y el corazón natural del Mundial 2030. Renunciar ahora sería aceptar que Marruecos puede seguir utilizando cualquier ámbito —la inmigración, el Sáhara, Ceuta o incluso el deporte— para medir hasta dónde llega nuestra capacidad de rendición.

Hay momentos en los que un país debe decidir si quiere ser respetado o simplemente tolerado como hace el pelagallinas que está en la Moncloa. Este es uno de ellos.

Sin final, no hay Mundial. O no debería haberlo si no tuviéramos al abraza farolas que reside en la Moncloa.