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Zoé Valdés
AnálisisZoé Valdés

China y Estados Unidos: Cómo las acciones en Irán y las omisiones en Cuba terminan favoreciendo a Pekín

Las sanciones han reducido las opciones económicas iraníes, pero no han eliminado su necesidad de vender petróleo, atraer inversiones y desarrollar infraestructura. En ese contexto, China ha encontrado una oportunidad extraordinaria

Ilustración sobre la relación EE.UU., Cuba. Irán y China

Ilustración sobre la relación EE.UU., Cuba. Irán y ChinaEl Debate / asistido por IA

La rivalidad –ahora en un paréntesis cordial– entre China y Estados Unidos constituye uno de los ejes centrales de la política internacional del siglo XXI. Aunque la competencia suele analizarse desde el comercio, la tecnología o la seguridad en el Indo-Pacífico, existen otros escenarios geopolíticos donde las decisiones de Washington generan consecuencias indirectas que pueden beneficiar a Pekín. Desde esta perspectiva, podría afirmarse que tanto lo que Estados Unidos hace en Irán como lo que deja de hacer en Cuba termina fortaleciendo, de una u otra forma, la posición estratégica china.

Irán representa un caso paradigmático. Durante décadas, la relación entre Washington y Teherán ha estado marcada por sanciones económicas, tensiones diplomáticas y episodios recurrentes de confrontación. El objetivo estadounidense ha sido limitar la influencia regional iraní y reducir la capacidad de su gobierno para desafiar el orden internacional impulsado por Occidente. Sin embargo, estas medidas han tenido un efecto secundario significativo: han empujado a Irán a buscar socios alternativos, entre los cuales China ocupa un lugar privilegiado.

Las sanciones han reducido las opciones económicas iraníes, pero no han eliminado su necesidad de vender petróleo, atraer inversiones y desarrollar infraestructura. En ese contexto, China ha encontrado una oportunidad extraordinaria. Como una de las principales economías consumidoras de energía del mundo, Pekín ha fortalecido sus vínculos con Teherán mediante acuerdos de cooperación económica, inversiones estratégicas y compras de hidrocarburos. Cuanto más aislado queda Irán respecto a los mercados occidentales, mayor es la capacidad de China para negociar en condiciones favorables y consolidar una relación de largo plazo. Aunque no creamos tampoco que a China le va como para tirar fuegos artificiales.

Además, la confrontación permanente entre Estados Unidos e Irán obliga a Washington a destinar recursos diplomáticos, militares y financieros a Oriente Medio. Esta concentración de esfuerzos puede limitar la atención dedicada a otras regiones donde China expande su influencia económica y tecnológica. En otras palabras, cada crisis prolongada en el Golfo Pérsico representa una distracción estratégica que Pekín observa con interés. Mientras Estados Unidos gestiona conflictos y tensiones regionales, China puede concentrarse en proyectos comerciales, inversiones y redes de infraestructura que aumentan su presencia global.

La situación cubana presenta una dinámica diferente, aunque con resultados comparables. Desde hace décadas, las relaciones entre Estados Unidos y la tiranía de Cuba han estado condicionadas por desconfianzas históricas, sanciones y desacuerdos políticos. Aunque ha habido intentos de acercamiento en determinados períodos, la normalización plena nunca se ha consolidado. Esta realidad ha creado un espacio que otras potencias han aprovechado para desarrollar relaciones económicas y diplomáticas con la isla.

China ha sido una de las naciones más activas últimamente en ese terreno. A medida que Cuba busca diversificar sus socios internacionales para enfrentar dificultades económicas y reducir su dependencia de actores tradicionales, Pekín ha ampliado su presencia mediante créditos, cooperación tecnológica, proyectos de infraestructura y acuerdos comerciales. La ausencia de un compromiso económico más profundo por parte de Estados Unidos facilita que China se convierta en un socio relevante en un país situado a poca distancia del territorio estadounidense.

Desde una perspectiva estratégica, el caso cubano resulta particularmente llamativo. Mientras Washington considera a China como su principal competidor global, la falta de una política extrema de liberación mediante invasión militar-humanitaria y de integración económica más amplia hacia Cuba abre oportunidades para que empresas e instituciones chinas desarrollen vínculos duraderos en el Caribe. Esto no significa que China controle la economía cubana ni que sustituya completamente a otros socios internacionales, pero sí evidencia cómo los vacíos de urgencia y hasta los diplomáticos pueden ser aprovechados por actores externos.

Existe también un factor más amplio relacionado con la percepción internacional. Cuando países sometidos a sanciones o aislamiento encuentran apoyo económico y político en China, Pekín fortalece su imagen como una alternativa al liderazgo occidental. Esta narrativa resulta atractiva para gobiernos que buscan diversificar alianzas o reducir su dependencia de Estados Unidos. Tanto en Irán como en Cuba, China puede presentarse como un socio dispuesto a cooperar sin imponer las mismas condiciones políticas que suelen acompañar a las relaciones con Washington.

Sin embargo, sería simplista concluir que todas las acciones estadounidenses benefician automáticamente a China. La realidad internacional es más compleja. Las sanciones pueden limitar capacidades económicas de determinados países y proteger intereses estratégicos de Estados Unidos. Del mismo modo, el acercamiento a Cuba o la normalización con Irán no garantizarían necesariamente una reducción de la influencia china. Pekín ha desarrollado una política exterior activa y cuenta con recursos suficientes para mantener relaciones con numerosos países independientemente de la postura estadounidense.

Aun así, la idea central conserva relevancia. Cuando Washington adopta políticas que reducen su propia presencia económica o diplomática en ciertas regiones, otros actores tienden a ocupar el espacio disponible. China, gracias a su capacidad financiera, su demanda energética y su estrategia global de largo plazo, suele ser uno de los principales beneficiarios de esas circunstancias. En Irán, las tensiones con Estados Unidos han fortalecido la necesidad de cooperación con Pekín. En Cuba, la falta de decisión y una integración más profunda con la economía estadounidense ha favorecido la expansión de vínculos con China.

En el caso de Irán, Rusia y China tienen intereses convergentes. Moscú ha cooperado con Teherán en temas militares, energéticos y regionales, especialmente en Siria. Cuando Estados Unidos endurece sanciones o aumenta la presión sobre Irán, Rusia y China suelen encontrar oportunidades para fortalecer sus vínculos con Teherán. Sin embargo, Rusia aporta algo distinto a China: capacidad militar, cooperación en defensa y experiencia diplomática en conflictos regionales. China busca principalmente estabilidad para el comercio y el suministro energético; Rusia busca además influencia estratégica y capacidad de negociación frente a Occidente.

Respecto a Cuba, Rusia ha recuperado parte de la presencia que tuvo durante la Guerra Fría, aunque sin alcanzar los niveles de la Unión Soviética. Ha ofrecido apoyo político, acuerdos económicos y cooperación en sectores específicos. No obstante, el peso económico de Rusia es mucho menor que el de China. Mientras Moscú aporta respaldo diplomático y valor simbólico, Pekín dispone de mayores recursos financieros, tecnología e inversiones para sostener una relación económica de largo plazo con La Habana.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 también aceleró ciertos procesos. Las sanciones occidentales empujaron a Rusia a depender más de China para exportaciones energéticas, comercio e inversión. Esto creó una situación peculiar: aunque Rusia sigue siendo una potencia militar de primer orden, su posición económica la acerca cada vez más a una asociación donde China posee una ventaja creciente.

Desde una visión más amplia, podría decirse que Estados Unidos se enfrenta no a un bloque formal, sino a una red de actores con intereses coincidentes, y ninguno bueno. China, Rusia e Irán no siempre están de acuerdo entre sí, pero comparten el interés de limitar la influencia estadounidense y promover un orden internacional más multipolar.

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