Señales de alarma en el flanco Este: Rusia, OTAN, Vaticano y la CIA
El viaje del jefe de la CIA a Moscú, la misión del Vaticano y la petición de cinco comisarios europeos para reforzar el Este coinciden con años de sabotajes, ciberataques y provocaciones atribuidos al Kremlin
El presidente ruso Vladimir Putin junto a un monumento al Cañón del Zar, en Moscú
Algo está cambiando en el flanco oriental de Europa. No hay, por ahora, pruebas públicas de que Rusia haya decidido atacar a un país de la OTAN ni de que una ofensiva contra Estonia, Letonia, Lituania o Polonia sea inminente. Pero Washington y Bruselas están actuando como si el riesgo de una nueva escalada mereciera una atención extraordinaria.
La señal más llamativa ha llegado desde Moscú. El director de la CIA, John Ratcliffe, realizó esta semana un viaje no anunciado a la capital rusa y mantuvo conversaciones con responsables de los servicios de Inteligencia. El Kremlin confirmó el encuentro, pero precisó que Ratcliffe no se reunió con Vladimir Putin, aunque el presidente ruso fue informado posteriormente de las conversaciones.
Según The Wall Street Journal y CBS News, citando fuentes conocedoras de la misión, Ratcliffe trasladó a los rusos una advertencia contra cualquier ataque a un miembro de la OTAN y, especialmente, contra una posible acción en el Báltico. Las mismas informaciones apuntan a que los servicios estadounidenses están preocupados por la posibilidad de que Moscú intente poner a prueba la determinación de la Alianza mediante una operación limitada. Aunque la Administración Trump no ha confirmado públicamente esa interpretación.
Donald Trump, de hecho, ha rebajado la alarma. El presidente estadounidense ha dicho que no está preocupado por un ataque ruso contra la OTAN y ha descrito la visita de Ratcliffe en términos mucho menos extraordinarios que los utilizados por los medios que han informado sobre ella. El Kremlin también ha restado importancia al encuentro. Sin embargo, la visita de Ratcliffe tiene un precedente que explica por qué ha provocado tanta inquietud.
Noviembre de 2021
El último director de la CIA que viajó a Moscú fue William Burns, en noviembre de 2021. Entonces, la situación era muy diferente, pero el paralelismo resulta inevitable.
Burns acudió a Moscú por encargo del entonces presidente Joe Biden cuando los servicios estadounidenses habían acumulado información sobre la concentración militar rusa alrededor de Ucrania. Su misión consistió en advertir directamente al Kremlin de que Estados Unidos conocía sus planes y de las consecuencias que tendría una invasión.
Tres meses después, el 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó la invasión a gran escala de Ucrania.
La comparación tiene un límite fundamental. En los meses anteriores a la invasión existía una enorme concentración de tropas, armamento y medios logísticos rusos alrededor de Ucrania. No existe ahora una evidencia equivalente de que Rusia esté concentrando fuerzas para invadir un país báltico.
Por eso la visita de Ratcliffe no puede interpretarse como una repetición de noviembre de 2021. Es, como mucho, una señal de que Washington considera necesario mantener un canal directo con Moscú en un momento de elevada tensión.
EE.UU. y el Vaticano
La coincidencia más llamativa es que Ratcliffe no ha sido el único alto representante occidental que ha viajado a Moscú.
El arzobispo Paul Richard Gallagher, responsable de las relaciones exteriores de la Santa Sede, también ha estado esta semana en la capital rusa. Se reunió con el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, para hablar principalmente de la guerra de Ucrania y de las posibilidades de diálogo.
El mensaje del Vaticano ha sido el contrario al de una escalada: «Esta guerra debe terminar». La Santa Sede ha defendido la necesidad de crear las condiciones para una solución política y diplomática y ha ofrecido sus oficios para facilitar el diálogo.
Lavrov calificó el encuentro de positivo y destacó el carácter «amistoso y pragmático» de las relaciones entre Moscú y el Vaticano.
No hay pruebas de que la misión del Vaticano y el viaje de Ratcliffe estén coordinados. Son dos canales diferentes: uno diplomático y otro de Inteligencia. Pero su coincidencia en Moscú, mientras crece la preocupación occidental por una posible escalada, resulta políticamente significativa.
A Bruselas le preocupa el Este
Mientras tanto, la preocupación no se limita a Washington. Cinco comisarios europeos vinculados al flanco oriental han pedido a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la creación de un coordinador especial para el flanco oriental.
La iniciativa pretende mejorar la coordinación europea frente a las amenazas híbridas, reforzar la preparación de los países más expuestos y acelerar proyectos destinados a proteger infraestructuras críticas y responder a posibles provocaciones. Los comisarios también han planteado que la Comisión se desplace este otoño a un país báltico para evaluar directamente la situación.
La petición es significativa porque no procede únicamente de gobiernos nacionales. Son miembros de la propia Comisión quienes consideran que la amenaza en el Este requiere una estructura específica.
El problema al que se refieren tampoco es exclusivamente militar. La UE define las actividades híbridas atribuidas a Rusia como un conjunto que incluye sabotajes, ataques contra infraestructuras críticas, ciberataques y campañas de manipulación e interferencia informativa. Y es ahí donde se encuentra buena parte de la explicación de la actual alarma.
Guerra en la sombra
Los países bálticos y Polonia llevan años denunciando actividades que, sin constituir una invasión, han ido deteriorando su percepción de seguridad.
En el ámbito digital, organismos occidentales han atribuido a grupos vinculados a los servicios de Inteligencia rusos campañas contra instituciones públicas y operadores de infraestructuras críticas.
Polonia se ha convertido en uno de los principales objetivos por una razón evidente: es el gran corredor logístico del apoyo occidental a Ucrania y la principal potencia militar del flanco oriental de la Alianza.
Varsovia ha denunciado ataques cibernéticos y operaciones de sabotaje atribuidas a Rusia. Sus servicios de seguridad también han advertido sobre intentos de provocar tensiones entre polacos y ucranianos mediante operaciones de influencia y sabotaje.
El mar Báltico constituye otro frente especialmente delicado. Cables submarinos, conexiones eléctricas, gasoductos y redes de comunicaciones atraviesan una zona estratégica en la que Rusia comparte espacio marítimo con numerosos miembros de la OTAN. Los incidentes contra infraestructuras submarinas se han multiplicado desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania.
La OTAN creó en enero de 2025 Baltic Sentry, una operación destinada a reforzar la vigilancia de esas infraestructuras mediante buques, aviones y sistemas no tripulados. Ahora los países del Báltico preparan además una fuerza conjunta para mejorar la defensa frente a drones y el intercambio de información ante amenazas híbridas.
No todos los incidentes registrados en el Báltico han sido atribuidos de forma concluyente a Rusia. Pero la acumulación de episodios ha convertido la protección de las infraestructuras submarinas en una prioridad de seguridad de la OTAN.
¿Por qué los bálticos y Polonia?
Estonia, Letonia y Lituania son especialmente vulnerables por su posición geográfica. Los tres países limitan directamente con Rusia o están muy próximos a ella y a Bielorrusia. Además, Lituania y Polonia rodean el enclave ruso de Kaliningrado, una de las principales posiciones militares de Moscú en Europa.
Pero existe una razón todavía más importante: los tres son miembros de la OTAN.
Una agresión contra cualquiera de ellos pondría inmediatamente a prueba el artículo 5 del Tratado de Washington, la cláusula de defensa colectiva de la Alianza. Por eso, se teme menos una invasión al estilo de Ucrania que una posible acción limitada destinada a explotar la denominada «zona gris»: una incursión, una provocación fronteriza, un ataque híbrido, una operación de sabotaje o una acción cuya atribución resulte inicialmente ambigua.
El objetivo hipotético sería comprobar cuánto tarda la OTAN en reaccionar y, sobre todo, si todos los aliados están dispuestos a asumir el coste de hacerlo.