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Raphael Glucksmann, líder de Place Publique y candidato a las elecciones presidenciales francesas de 202

Raphael Glucksmann, líder de Plaza Pública y posible candidato a las elecciones presidenciales francesas de 2027AFP

Glucksmann asume el reto imposible de disputar a Mélenchon el liderazgo de la izquierda en Francia

De momento, las encuestas favorecen claramente al líder de La Francia Insumisa

Raphael Glucksmann cumplió a rajatabla con uno de los cánones de la comunicación política francesa contemporánea para anunciar su candidatura a las primarias de la izquierda: intervención, el domingo 23, en el telediario de las 20 horas, el informativo más visto de Europa, del canal generalista TF1.

El mensaje también se ajustó a la tradición mesiánica de los que aspiran a la Presidencia de la República desde que esta se dirime por sufragio universal directo: «Me presento como candidato para revitalizar Francia porque, como saben, todos sentimos un nudo en el estómago al ver en qué se está convirtiendo nuestra nación y en qué podría convertirse en los próximos meses», declaró, describiéndose a sí mismo como «un candidato a la victoria». El hombre providencial. Todos los que postulan al Elíseo quieren ser De Gaulle.

Solo que el ilustre estadista jamás se hubiera presentado a una primaria: estaba muy por encima de esas cosas. En cambio, Glucksmann tendrá que someterse dentro de unos meses a ese trámite para poder ser el candidato de la izquierda moderada a la elección presidencial de abril y mayo de 2027. Lo más probable es que gane la primaria, pues en frente tendrá al secretario general del Partido Socialista (PS), Olivier Faure, menos carismático, pero excelente maniobrero en las batallas de aparato. Tampoco importará mucho que el PS tenga bastantes más cargos electos que Plaza Pública, el movimiento creado por y para Glucksmann.

Pero el verdadero debate no se va a dirimir en la primaria, sino en el probable duelo de la izquierda que enfrentará a Glucksmann con el líder de La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Mélenchon, que presentó hace ya varios meses su candidatura sin pasar por ninguna primaria, pues su liderazgo es indiscutible y su control del partido, total y absoluto. Además, sabe perfectamente que su adversario, más que Marine Le Pen, es la izquierda moderada.

Por eso, a los pocos minutos de la prestación televisiva de Glucksmann apareció Mathilde Panot, la agresiva portavoz parlamentaria de LFI, para aseverar en tono irónico: «En una democracia, todos tienen derecho a postularse para un cargo público. Pero es importante entender que Raphael Glucksmann no busca lo mismo que nosotros. Él quiere ganar el Congreso, nosotros queremos ganar las elecciones presidenciales. Creo que cada uno tiene un papel diferente». Como dando por hecho que Mélenchon le aplastará en el duelo particular de la izquierda el próximo 18 de abril, fecha de la primera vuelta.

Y es lo más probable. Aunque la experiencia indica que no se pueden certificar los resultados de una elección presidencial francesa con nueve meses de antelación, la contundencia de las encuestas sobre la izquierda deja poco espacio a la duda.

El principal problema de Glucksmann es su personalidad. Superar su falta de apoyo popular es su principal reto. Si bien el eurodiputado logró ganarse a un sector del electorado durante las elecciones europeas –donde su postura proeuropea y su visión internacional fueron vistas como bazas–, la tarea podría ser mucho mayor en unas elecciones presidenciales, donde la cuestión de quién representa y se identifica con el candidato es fundamental.

Graduado del Instituto de Ciencias Políticas de París, vivero de la clase dirigente gala, pareja de la periodista Léa Salamé, presentadora del telediario vespertino de la televisión pública, e hijo del filósofo André Glucksmann –fallecido en 2015–, desde hace tiempo se le percibe como un intelectual parisino perteneciente a una élite globalizada, desconectado del resto de la población. Esta percepción se ha visto reforzada por algunas de sus declaraciones pasadas, que hoy lamenta, como cuando afirmó en 2018 que se sentía «culturalmente más a gusto en Berlín o Nueva York que en Picardía».

Un desprecio en plena cara a la Francia profunda de las zonas rurales y de las zonas urbanas de provincia afectadas por la crisis económica y la inmigración masiva. No es necesario explicar que Gkucksmann no ha sido nunca diputado de un distrito fuera de París o concejal de un municipio de tamaño medio.

Mélenchon, que en la actualidad no detenta ningún cargo electo, sí que ha sido parlamentario durante décadas, concejal y vicepresidente de la provincia de Essonne. Sabe hablar a las cajeras de supermercado y a los fontaneros. A esto se le suma una capacidad oratoria de la que Glucksmann carece, pese a la mejoría de los últimos meses. A esto se le añade que el candidato de LFI dispone de una maquinaria electoral lista para concurrir si la elección presidencial tuviera lugar mañana y, sobre todo, un relato peligroso pero perfectamente engrasado. Glucksmann, pese a su programa más realista y razonable, tiene muy difícil superar todos estos obstáculos para vencer el duelo de la izquierda el próximo 18 de abril.

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