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Un cartel quemado del centro comercial de bricolaje y materiales de construcción «Galaktika» tras un ataque ruso, UcraniaAFP

Nos acercamos a las elecciones de mitad de mandato sin un solo éxito tangible en política exterior en los últimos meses. Punto. Quedan lejos las mediaciones que dieron prestigio a esta Casa Blanca: el alto el fuego entre la India y Pakistán, que los indios se apresuraron a negar; el fin de las hostilidades entre Camboya y Tailandia; el acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán; la tregua de Gaza del pasado octubre. Aquel semestre parece ya remoto. Desde entonces la guerra de Irán ha devorado la atención de Washington, mientras la de Ucrania seguía su curso, monótona y sangrienta.

Las cifras aturden. El Center for Strategic and International Studies calcula que Rusia ha sufrido este año entre treinta mil y treinta y cuatro mil bajas mensuales, por encima de su capacidad de reclutamiento. El cómputo acumulado de bajas militares de ambos ejércitos supera ya los dos millones. A cambio de esa carnicería, las tropas rusas progresan a cincuenta, setenta o noventa metros por día, uno de los ritmos más lentos registrados en un siglo de guerras. Moscú controla en torno al ochenta por ciento de Donetsk. Ucrania resiste, castiga las refinerías rusas y recupera posiciones puntuales en Zaporiyia. Ninguno de los dos puede imponer por las armas sus objetivos políticos.

Lo que se está consumiendo en esas trincheras no es solo material. Son las generaciones futuras de dos pueblos europeos. La demografía rusa, ya maltrecha antes de 2022, no se recuperará en decenios. La ucraniana, amputada por la muerte y por el exilio de millones de personas, tampoco. Estados Unidos empieza a entender que ese desangramiento no le conviene: ni la inestabilidad crónica del continente, ni la incertidumbre permanente de los mercados, ni una Rusia arruinada y por ello más dependiente de China. El beneficiario de esta guerra no está en Moscú ni en Kiev, sino en Pekín, que compra crudo barato y observa cómo Occidente consume sus arsenales.

Primera: existe una ventana y es estrecha. El 5 de septiembre, Steve Witkoff y Jared Kushner se reunieron más de tres horas con Vladimir Putin en el Kremlin. Al día siguiente viajaron a Kiev, la primera visita de ambos a la capital ucraniana. El martes 8, Trump y Putin mantuvieron una conversación telefónica que el Kremlin describió como franca. Se habla de recuperar el formato trilateral y de una desescalada invernal consistente en suspender los ataques mutuos contra infraestructuras energéticas.

Volodimir Zelenski ha sido explícito: dispone de septiembre y octubre. Los obstáculos de fondo siguen intactos, y son los de siempre: el destino de Donetsk, la aspiración atlántica de Kiev, la central de Zaporiyia y, sobre todo, qué garantías de seguridad está dispuesto a firmar Washington. Conviene recordar que, la noche misma en que los enviados abandonaron Ucrania, Moscú lanzó otro bombardeo masivo sobre Kiev. Reagan lo resumió mejor que nadie al negociar con los soviéticos: confía, pero verifica.

Segunda: los negociadores han merecido la pena. Witkoff llegó como enviado especial para Oriente Medio y ha terminado siéndolo para todos los conflictos del planeta. Un hombre de negocios sin la más mínima experiencia diplomática ha resultado ser un negociador hábil, discreto y, en ocasiones, brillante. Es la excepción que confirma la regla. Ninguno de sus interlocutores, amigos, adversarios o neutrales, ha dicho jamás nada malo de él, y eso, en este oficio, no es una anécdota: es una credencial. El propio Donald Trump contó que le ofreció el puesto preguntándole si quería ser un Kissinger que no filtrara.

Con Kushner tuvimos todos dudas legítimas por su juventud, por su inexperiencia y por su condición de yerno del presidente. Los Acuerdos de Abraham las despejaron. Yo escuché su intervención del 11 de octubre del año pasado en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv, ante cuatrocientas mil personas, improvisada y sin una sola letra escrita. Me impresionó. Ningún tono chulesco, ninguna arrogancia, ninguna vuelta de honor. Empatía verdadera hacia quienes sufrían, incluida una mención explícita al sufrimiento de la población de Gaza. Me sorprendió, y muy gratamente.

Tercera: falta el puñetazo en la mesa, y solo puede darlo el presidente. Trump ha atribuido el bloqueo a la animadversión personal entre Putin y Zelenski. Es una explicación cómoda y falsa. Lo que falta no es química entre dos hombres, sino una decisión sostenida de la primera potencia mundial. Financial Times informó el 9 de septiembre de que la Casa Blanca estudia apartar a sus dos enviados y encomendar la diplomacia itinerante al director de la CIA, John Ratcliffe.

Ninguna paz que consagre la conquista territorial por la fuerza será duradera, ni aceptable, ni merecerá ese nombre

Han circulado además rumores sobre la salud y la eventual retirada de Witkoff, que ninguna fuente oficial ha confirmado. Cambiar de negociador no arregla nada si no cambia lo esencial. El presidente debe dejar de dispersarse en veinte frentes simultáneos, pararle los pies a Putin con la única gramática que este entiende –sanciones que muerdan, activos rusos inmovilizados puestos al servicio de Kiev, defensa antiaérea sin cuentagotas– e imponer a Zelenski la sensatez de aceptar lo que el frente ya ha decidido. Europa, entretanto, debería estar sentada a esa mesa. No lo está porque no ha querido pagar el precio de su propia seguridad, y quien no paga no decide. Es el precio de veinte años de frivolidad estratégica.

Nada de esto equivale a premiar la agresión. Ninguna paz que consagre la conquista territorial por la fuerza será duradera, ni aceptable, ni merecerá ese nombre. Kissinger enseñó que un orden internacional solo se sostiene cuando descansa en un equilibrio que las partes aceptan como legítimo. Ese equilibrio exige que Ucrania quede armada, viable y anclada en Occidente, y que Moscú comprenda que no obtendrá por el agotamiento lo que no obtuvo por las armas. A Churchill se le atribuye la observación de que más vale discutir que combatir. Tenía razón, siempre que discutir no signifique ganar tiempo para el agresor.

Han pasado cuatro años y medio desde febrero de 2022. El reloj corre contra Ucrania en el frente, contra Rusia en la retaguardia y contra Trump en el calendario electoral. Rara vez coinciden tantas urgencias. Sería imperdonable desperdiciarlas.