Consideraciones para repensar nuestro pesimismo político con el futuro de Venezuela
Hay unas rendijas abiertas en el camino y merecen que nos detengamos, las observemos y nos preguntemos hacia dónde podrían conducirnos
La gente celebra en Caracas la victoria del equipo de beisbol de Venezuela
Si fuese posible reducir la complejidad del desenvolvimiento político a un juego suma cero -que, por fortuna, no lo es nunca-, ahora mismo cualquier ciudadano opositor podría concluir con respecto al propósito de que se produzca un cambio político, la síntesis predilecta del pesimismo: no pasará nada. Y, a continuación, hacer uso de frases como: «Después del 3 de enero no ha pasado nada»; «El régimen continuará en el poder, mientras la oposición continúa dividida»; «Edmundo González Urrutia y María Corina Machado continuarán impedidos de regresar al país»; «no se producirán elecciones quién sabe hasta cuándo»; «todo seguirá igual o peor en los próximos meses y años».
De hecho, mi impresión es que el pesimismo se ha instalado una vez más en las expectativas de los ciudadanos con nítida rotundidad, y que los optimistas o relativamente optimistas no solo son una minoría, sino que constituyen una especie de minoría sospechosa, como si las expectativas positivas fuesen indicios o síntomas de complicidades y ocultos intereses.
Pero resulta que la corriente de pesimismo político venezolano tiene fundamentos de sobra. El expediente de engaños, trampas y abusos con que el narco régimen se ha prolongado en el poder ha sido y es descarado, grotesco y extremo. No hay ruindad o falacia o abuso que no hayan utilizado una y otra vez, con absoluta impunidad. Durante algunos años, más o menos hasta el 2011 o 2012, hacían algún esfuerzo de simulación. Pero desde el 2012, aproximadamente, se quitaron todas las máscaras y tomaron el camino de la fuerza que tanto se había advertido, para brutalizar todavía más el sometimiento de la sociedad.
Hemos sido testigos de un poder que ha penetrado todos los poderes públicos sistemática y eficazmente a partir de 1999, y los ha convertido en herramientas para perseguir y anular a la oposición; para liquidar el funcionamiento de la democracia; para asegurarse un estatuto de absoluta impunidad para sus jefes y altos funcionarios; para desconocer la voluntad de los ciudadanos en sucesivos procesos electorales y así mantenerse al frente del gobierno al costo que sea; para arrasar con la libertad de informar, con el derecho a opinar y con los medios de comunicación; para expropiar y arruinar empresas; para saquear la nación venezolana sin que ninguna contraloría ni ninguna fiscalía lo impida.
La mínima relación anterior resulta más que suficiente para entender que el pesimismo político venezolano no es infundado, ni arbitrario, ni tampoco producto de una lectura distorsionada de la realidad. No. Es el resultado de un estado continuo de abusos, humillaciones y de la indefensión plena ante un poder que ejerce su poderío sobre cada ciudadano de modo constante y desproporcionado.
Sin embargo, ocurre que la acumulación de capas y capas de malas experiencias y frustraciones, de peores noticias y decepciones reiteradas, una tras otra a lo largo de los años, ha tenido y tiene en nosotros una perversa consecuencia: nos impone una visión fija, un patrón de observación endurecido, nos conduce a un estado de prejuicio casi inamovible, que se establece en los ciudadanos opositores con una consecuencia: nos dificulta reconocer los cambios, pequeños o no, significativos o de poca relevancia, duraderos o efímeros, de baja o alta potencialidad, que se producen en la seguidilla de los hechos. Todo nos resulta más o menos lo mismo. En todo encontramos los mismos remedos. En todos percibimos los fantasmas de la siguiente derrota.
No obstante todo lo anterior, y sobre todo, a pesar de que las cosas no avanzan a la velocidad que quisiéramos, sostengo que hemos alcanzado un punto, en el que toca revisar nuestro pesimismo político, porque en la escena están actuando factores, en concreto el gobierno de Estados Unidos, cuya agenda no se limita al declarado objetivo de controlar la producción y las ventas del petróleo venezolano, sino que va más allá, e incluye propósitos para la superación de la dictadura ilegal e ilegítima, y así dar inicio al firme inicio de una etapa de transición hacia la democracia.
Pasa, como lo sostuve en mi artículo de la semana pasada, que ciertamente no estamos listos para un proceso electoral. Hay que trabajar en cuestiones esenciales como la actualización y limpieza del Registro Electoral Permanente; hay que cambiar las autoridades del CNE; hay que designar a los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia; hay que crear los mecanismos para garantizar que los venezolanos que viven en decenas de países puedan participar en el proceso electoral; hay que crear condiciones para el libre ejercicio de la política y el activismo militante; hay que restituir el derecho al libre ejercicio del periodismo; hay que acabar de una vez por todas con el bloqueo de las señales de los medios de comunicación; hay que liberar a todos los presos políticos civiles y militares sin excepción; hay que cerrar todos los expedientes judiciales derivados por el ejercicio de los derechos políticos; hay que facilitar el regreso inmediato y sin obstáculos de los miles de exilados y perseguidos políticos que viven fuera del territorio venezolano.
Todos estos procesos que he mencionado están en curso. Están en la agenda de negociación que, como se ha dicho, opera bajo la supervisión y las premisas establecidas por el gobierno de Estados Unidos. Se trata, aunque nos cueste reconocerlo, de un cambio sustantivo con respecto a procesos de diálogo o negociación anteriores y, según creo, una realidad que nos autoriza a abrir nuestro pensamiento a una visión menos pesimista y más entusiasta sobre lo que viene. Sostengo que hay unas rendijas abiertas en el camino, y que merecen que nos detengamos, las observemos y nos preguntemos hacia dónde podrían conducirnos.