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Un ataque con misiles balísticos contra camiones que transportaban equipo militar en Arabia SaudíAFP

Hay imágenes capaces de resumir un cambio geopolítico mejor que cualquier discurso. Es el caso actual de Arabia Saudí, durante décadas enemiga de Israel, recurriendo ahora a Jerusalén para obtener ayuda frente a los hutíes de Yemen.

Según los diarios The Jerusalem Post e Israel Hayom, Riad ha utilizado canales vinculados al Comando Central estadounidense (CENTCOM) para solicitar asistencia israelí, principalmente en materia de Inteligencia. El objetivo es identificar mejor las posiciones, los movimientos y las capacidades de los hutíes, así como contener su presión sobre el mar Rojo y Bab el-Mandeb.

No se trata de una alianza militar ni del despliegue de soldados israelíes. La petición es más concreta: los saudíes necesitan información y los israelíes cuentan con amplia experiencia siguiendo a organizaciones respaldadas por Irán.

Los hutíes están dando motivos suficientes para preocuparse. Los rebeldes yemeníes han intensificado sus ataques y amenazan una de las principales arterias del comercio mundial. También han golpeado infraestructura energética saudí. Para Riad, el problema dejó de ser exclusivamente yemení: afecta directamente su seguridad nacional y a su principal fuente de riqueza.

El oleoducto Este-Oeste, que transporta petróleo desde el este del reino hasta Yanbu, en el mar Rojo, es una pieza esencial de esa estrategia. Las instalaciones de procesamiento, como Abqaiq, son objetivos especialmente sensibles.

El New York Post ha advertido de las consecuencias de una escalada contra estas infraestructuras. La amenaza simultánea al crudo saudí y a una de las principales rutas marítimas del planeta tendría efectos mucho más allá de la región.

El enemigo común

La ironía es difícil de ignorar. Israel y Arabia Saudí no mantienen relaciones diplomáticas formales y siguen discrepando sobre la cuestión palestina. Sin embargo, cuando aparecen los drones iraníes y los misiles hutíes, esas diferencias pasan a segundo plano. Israel conoce bien el problema.

Los hutíes han lanzado misiles y drones contra territorio hebreo y contra la navegación vinculada a Israel. Jerusalén considera a la organización una pieza de la red terrorista construida por Irán. Por eso, la cooperación en Inteligencia con Riad responde a una lógica clara: ambos países enfrentan, desde posiciones distintas, al mismo enemigo.

La preocupación israelí se concentra especialmente en Bab el-Mandeb. El estrecho conecta el océano Índico con el mar Rojo y forma parte de una ruta estratégica para el comercio internacional. Su control efectivo por una organización aliada de Irán alteraría el equilibrio regional.

Ynet y otros medios israelíes han reflejado la inquietud del aparato de seguridad por la expansión de la amenaza hutí. Desde la perspectiva israelí, permitir que Irán consolide posiciones en el extremo sur de la península arábiga equivale a aceptar una ampliación de su influencia.

Durante años, Jerusalén advirtió que la amenaza iraní no podía medirse solo por el arsenal de Teherán. El riesgo también estaba en la red de organizaciones armadas que Irán fue construyendo: Hezbolá en el Líbano, las milicias de Irak y los hutíes en Yemen. Ahora, Arabia Saudí lo está comprobando directamente.

Riad dispone de enormes recursos económicos, petróleo, armas modernas y acuerdos de seguridad con Estados Unidos. Pero ninguna de esas ventajas garantiza por sí sola que pueda detener a una organización relativamente pequeña que opera desde Yemen.

Israel, en cambio, lleva décadas desarrollando capacidades para localizar amenazas, anticipar ataques y enfrentarse a grupos armados respaldados por Teherán.

Por eso el acercamiento resulta relevante. No significa que Arabia Saudí se haya convertido de repente en aliada de Israel ni que Riad haya abandonado sus posiciones tradicionales sobre los palestinos. Sí demuestra, sin embargo, que la realidad estratégica está empujando a ambos países en la misma dirección.

La oportunidad

El príncipe heredero y hombre fuerte del reino, Mohamed bin Salmán, busca también una respuesta regional. Según Israel Hayom, está presionando a Egipto para que participe en una estructura destinada a enfrentar la amenaza hutí.

Estados Unidos sigue siendo fundamental. Fox News informó de que Riad ha pedido al presidente norteamericano Donald Trump una acción militar contra los hutíes, mientras Washington estudia hasta dónde debe llegar su participación.

Los saudíes parecen haber entendido que no pueden depender exclusivamente de que otros países actúen por ellos. Ahí Israel adquiere un valor especial. Para Jerusalén, la crisis puede convertirse en una oportunidad estratégica. Si ayuda a Arabia Saudí a proteger sus instalaciones y sus rutas marítimas, reforzará su posición como socio de seguridad de las monarquías árabes.

La normalización diplomática puede tardar, pero la cooperación frente a una amenaza común es distinta.

Oriente Medio vuelve a demostrar que la geografía puede pesar más que la diplomacia. Israel y Arabia Saudí no necesitan coincidir en todos los asuntos para entender que un Irán fuerte y unos hutíes más poderosos no benefician a ninguno de los dos. La conclusión es clara: Riad no está reconociendo a Israel como aliado, pero sí está descubriendo que puede necesitarlo.

Para Jerusalén, el movimiento confirma una advertencia repetida durante años sobre la expansión de la influencia iraní. Ahora son algunos de sus antiguos enemigos quienes buscan su experiencia.

Mientras Teherán arma a los hutíes, sus adversarios empiezan a coordinarse. Esto es lo que más preocupe a Irán. Israel no está llamando a la puerta de Arabia Saudí. Es Riad quien llama a la puerta de Jerusalén. Un giro histórico.