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El Escudo que América necesita

Durante años, Hispanoamérica quedó en un quinto plano de la política exterior norteamericana. Ese vacío fue aprovechado por China, Rusia e Irán para ampliar su influencia económica, tecnológica y política. También fue aprovechado por organizaciones criminales y regímenes autoritarios

El secretario de Estado de EE.UU. Marco Rubio durante el encuentro del Escudo de las Américas en Nueva York

El secretario de Estado de EE.UU. Marco Rubio durante el encuentro del Escudo de las Américas en Nueva YorkCharly Triballeau / AFP

Las palabras no son inocentes y siempre dicen más de lo que parece. «Escudo» es una de ellas. Un escudo no existe solo para conquistar; también existe para proteger. Por eso esperamos que la iniciativa promovida por Donald Trump durante la Asamblea General de Naciones Unidas pueda ser algo más que una nueva alianza contra el narcotráfico: puede abrir una etapa distinta en la relación entre Estados Unidos e Hispanoamérica.

Washington reunió a 14 países de la región alrededor del Escudo de las Américas. La primera acción conjunta se dirige contra 24 organizaciones criminales transnacionales mediante sanciones, congelamiento de activos, restricciones migratorias, cooperación de inteligencia y coordinación dentro del sistema interamericano. Es una señal importante. El crimen organizado dejó hace tiempo de ser solamente un problema policial. Hoy ocupa vastos territorios, corrompe instituciones, compra funcionarios y empresarios, controla cárceles y doblega la soberanía de los Estados.

Pero hay una frase de la declaración que me parece todavía más importante. Reconoce que no existe seguridad duradera sin desarrollo económico, empleos estables y oportunidades reales para la gente. Ahí está, a mi juicio, la verdadera medida del Escudo.

Porque donde la ley retrocede, alguien ocupa su lugar. A veces es el cartel. Otras veces es una guerrilla, una banda o una red corrupta. Un joven sin escuela, sin empleo y sin expectativa de futuro es mucho más vulnerable al reclutamiento criminal que otro que puede estudiar, trabajar y construir una vida. Ninguna operación militar sustituye a una escuela abierta o un dron reemplaza a un juez independiente.

Por eso es positivo que Estados Unidos vuelva a mirar hacia el sur. Durante años, Hispanoamérica quedó en un quinto plano de la política exterior norteamericana. Ese vacío fue aprovechado por China, Rusia e Irán para ampliar su influencia económica, tecnológica y política. También fue aprovechado por organizaciones criminales y regímenes autoritarios.

Ahora bien, sería un error reducir esta nueva relación a minerales críticos, petróleo, puertos o a la necesidad de cerrar espacios geopolíticos a esas potencias. La oportunidad es mucho mayor. Estados Unidos necesita vecinos estables, fronteras ordenadas, cadenas de suministro seguras y democracias confiables. Hispanoamérica necesita inversión, tecnología, mercados, educación, seguridad e instituciones. Allí existe una relación ganar-ganar.

La pregunta es qué quedará en nuestros países cuando pase la urgencia estratégica. ¿Solo saldrán minerales de nuestras tierras o quedarán industrias, empleos y conocimiento? ¿Mediremos el éxito por la cantidad de capos capturados o también por las comunidades recuperadas para la legalidad? ¿Servirá esta cooperación para reforzar policías y jueces, o simplemente para desplazar unas influencias extranjeras por otras?

Occidente no se defiende solamente con tecnología militar. Se defiende también con democracia, información libre, educación, propiedad, justicia independiente y respeto por la dignidad humana. Esos son, en realidad, sus mejores instrumentos de la tradición occidental.

Venezuela es quizás el laboratorio más claro. Durante décadas, nuestro territorio fue espacio de influencia cubana y, después, de Rusia, China e Irán. Hoy, tras la captura de Nicolás Maduro y el renovado protagonismo de Washington, volvemos a estar frente a una decisión histórica.

Podemos aprovechar esta etapa para desmontar estructuras criminales, liberar presos políticos, reconstruir el sistema electoral, recuperar instituciones y abrir una economía capaz de producir empleos y traer de vuelta parte del talento que emigró. O podemos dejar intacto el madurismo como administrador conveniente de un territorio rico en petróleo, pero pobre en ciudadanía.

No sería una transición. Sería cambiar de tutela

España tampoco debería mirar este debate como algo lejano. Nos unen la migración, las inversiones, el narcotráfico, la cultura y una misma conversación sobre cómo proteger la democracia frente a poderes que intentan vaciarla desde dentro.

El Escudo de las Américas tendrá sentido si protege, antes que nada, a las personas. Sí ayuda a construir Estados que gobiernen realmente su territorio y ciudadanos capaces de decidir su destino.

Cooperar con Estados Unidos, sí. Pero para recuperar soberanía, no para cambiar una dependencia por otra.

El mejor escudo de América será una región con instituciones tan fuertes que ningún cartel, dictadura o potencia extranjera pueda volver a gobernarla desde las sombras.

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