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Julio Borges Junyent
AnálisisJulio Borges JunyentEl Debate en América

Venezuela: petróleo y democracia

Estados Unidos ayudó a romper el equilibrio que sostenía a Maduro. Ahora debe utilizar su enorme influencia para garantizar que el petróleo no financie la continuidad del mismo sistema

Un hombre empuja una bicicleta frente a pozos petroleros abandonados en Maracaibo, estado Zulia, Venezuela

Un hombre empuja una bicicleta frente a pozos petroleros abandonados en Maracaibo, estado Zulia, VenezuelaAFP

Después del 3 de enero, Venezuela no solo entró en una nueva etapa política, sino que también volvió a situarse en el centro de un nuevo paradigma geopolítico del siglo XXI. Se trata de una dinámica que hemos escrito en trabajos anteriores, se trata el mundo de los neoimperios: mucho poder, energía y zonas de influencia, pero poco derecho internacional.

Esta realidad confronta a Venezuela hoy ¿Puede el país con las mayores reservas petroleras del planeta seguir siendo pobre? Venezuela lleva décadas demostrando que sí. ¿Puede un acuerdo petrolero representar, al mismo tiempo, una oportunidad económica y una amenaza política? Estamos justo en el momento de evitarlo.

La Administración Trump acaba de pactar con Delcy Rodríguez un acuerdo de enorme alcance. Venezuela posee más de 303.000 millones de barriles de reservas probadas, pero produce apenas algo más de un millón de barriles diarios. El nuevo esquema comprende 17 campos con alrededor de 65.000 millones de barriles y plantea atraer cerca de 100.000 millones de dólares en inversiones, además de generar más de 209.000 millones en ingresos fiscales para Venezuela.

Los beneficios potenciales son evidentes. La industria petrolera venezolana necesita capital, tecnología, equipos, mantenimiento y trabajadores especializados. Su recuperación podría generar empleos, reactivar proveedores nacionales y aumentar los ingresos públicos. Así, un taller en Maracaibo podría volver a reparar maquinaria. Un joven ingeniero podría encontrar trabajo sin tener que emigrar. Una empresa venezolana podría incorporarse a una cadena productiva hoy paralizada.

Algo claro es que para Venezuela tener el 100 % de una industria destruida puede valer menos que participar razonablemente en una industria que vuelve a producir, allí está el detalle para debatir.

En este caso, Estados Unidos también obtiene ventajas extraordinarias. Washington ha estructurado derechos sobre el 35 por ciento de la empresa matriz del operador mediante garantías de compra de acciones. Podrá adquirir a precio de coste el 20 por ciento de la producción de los campos administrados por una empresa privada, tendrá preferencia sobre el resto y ejercerá importantes facultades en el directorio.

No estamos, por tanto, ante un acto de caridad. Estamos ante un acuerdo económico y, sobre todo, geopolítico.

El neo imperio para Venezuela comenzó durante los años de Chávez y Maduro, cuando mi país se convirtió en territorio de influencia para Cuba, China, Rusia e Irán. La dictadura entregó espacios de soberanía, comprometió recursos estratégicos y permitió que intereses extranjeros penetraran áreas esenciales del Estado venezolano.

China elevó su relación con Caracas a una asociación estratégica; Rusia renovó sus compromisos con Maduro; Cuba controló durante años sectores sensibles de la seguridad y la administración pública.

Ahora, con Delcy Rodríguez a la cabeza, Estados Unidos desplaza estas presencias enemigas de Occidente y de la democracia para recuperar la primacía en su propio hemisferio.

¿Debemos rechazar que Estados Unidos haya sacado a Maduro, cubanos, rusos e iraníes de Venezuela y se transforme en el aliado principal para lograr un cambio radical de Venezuela? La respuesta es no. Sería absurdo sustituir el entreguismo por el aislamiento. Estados Unidos desempeña hoy un papel insustituible en la estabilización económica y, especialmente, en la posibilidad de hacer realidad una transición democrática.

La pregunta apropiada es ¿cómo puede Delcy Rodríguez, pieza central del sistema anterior y sin un nuevo mandato popular, administrar recursos que pertenecen a varias generaciones de venezolanos? Ese es el riesgo que debemos evitar a toda costa.

Si Washington obtiene petróleo y Delcy Rodríguez obtiene dinero, estabilidad y reconocimiento, se corre el riesgo de que ambas partes puedan sentirse cómodas prolongando la provisionalidad. La estabilización correría entonces el peligro de convertirse en una estación final, en lugar de ser un puente hacia la democracia.

La recuperación económica y la democratización deben avanzar simultáneamente. El acuerdo necesita transparencia contractual, auditorías independientes, supervisión venezolana plural, obligaciones verificables de inversión y trazabilidad para cada dólar generado.

La recuperación económica y la democratización deben avanzar simultáneamente

La transición política requiere, al mismo tiempo, la liberación de todos los presos políticos, una justicia independiente, un nuevo Consejo Nacional Electoral y elecciones libres. Este es el trabajo que está construyendo la mesa de diálogo de la Asamblea Nacional 2015 liderada por la oposición política y que es un factor fundamental para construir los rieles de la democracia.

Estados Unidos ayudó a romper el equilibrio que sostenía a Maduro. Ahora debe utilizar su enorme influencia para garantizar que el petróleo no financie la continuidad del mismo sistema. Debe ser garante del cambio democrático.

El éxito de este acuerdo no se medirá solamente en barriles. Se medirá en salarios dignos, electricidad, escuelas abiertas, hospitales funcionando, en tribunales independientes y accesibles, venezolanos educados, familias reunidas y votos respetados.

El mejor acuerdo no será el que permita anunciar una mayor producción petrolera, sino aquel que convierta esa riqueza en bienestar, instituciones, justicia, dignidad y libertad.

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