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Antonio Ledezma
CrónicaAntonio Ledezma

La diplomacia del ruego y el síndrome del azufre endulzado

Los venezolanos no deben desmoralizarse al ver a Delcy Rodríguez en Nueva York. Su presencia ante la ONU no modifica la verdad de Venezuela. Una acreditación diplomática no borra los delitos que deben ser investigados

Delcy Rodriguez

Delcy Rodríguez en Naciones Unidas en Nueva York.AFP

Ver la puesta en escena del régimen interino en el octogésimo primer período de sesiones de las Naciones Unidas equivale a presenciar otro acto de una farsa trágica. La presencia de Delcy Rodríguez en Nueva York evoca un desfile de nostalgias autoritarias que esa asamblea ha conocido durante décadas.

Por esa tribuna desfilaron Muamar el Gadafi con sus delirios de grandeza; Sadam Husein con sus juegos de poder; Fidel Castro con sus monólogos interminables; y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de Irán, con su retórica de desafío a las potencias occidentales y de defensa de un proyecto teocrático, autoritario y expansionista. Un proyecto sostenido por la concentración del poder, la represión de las disidencias, el control ideológico de la sociedad y la pretensión de extender su influencia regional. Todos compartían la misma convicción: convertir el foro multilateral en un escenario para reprochar a Occidente, mientras encerraban a sus pueblos dentro de los muros de la autocracia.

El chavismo llevó esa dramaturgia a extremos memorables. Hugo Chávez subió al podio con arrogancia teatral para anunciar que allí «olía a azufre». Nicolás Maduro llegó después con la misma fanfarronería, afirmando que desafiaba al imperio. Eran discursos inflados por la soberbia, pronunciados mientras Venezuela perdía instituciones, producción, servicios públicos y libertades.

El régimen que juraba jamás aceptar tutelas extranjeras procura ahora canales de interlocución

Ahora la escena ha cambiado. El azufre fue sustituido por azúcar. Un azúcar espeso, pegajoso, elaborado para endulzar relaciones de poder y obtener oxígeno político. La retórica incendiaria dejó paso a la diplomacia del ruego. El régimen que juraba jamás aceptar tutelas extranjeras procura ahora canales de interlocución y acuerdos petroleros de largo alcance, sin rendir cuentas claras a los venezolanos sobre sus condiciones, beneficios y consecuencias.

La imagen de Delcy Rodríguez caminando por el hemiciclo de la ONU para acercarse a Pedro Sánchez condensó esa contradicción. Según fuentes de la delegación española, el encuentro duró apenas unos segundos y Rodríguez solicitó mantener abierto un canal de diálogo sobre el futuro de Venezuela. La escena quedó registrada: una funcionaria del régimen recorriendo el plenario en busca de una conversación que le otorgue alguna validación internacional.

Aquella caminata tuvo el aire de un largo rodeo político. Cada paso parecía revelar la distancia entre las consignas altisonantes de ayer y la necesidad de reconocimiento de hoy. La fotografía buscada carecía de la épica de la soberanía que el chavismo proclamó durante años. Allí quedó expuesta una delegación obligada a convivir con el peso de su propio fracaso.

Mientras Delcy Rodríguez recorría el hemiciclo de Naciones Unidas en esa parodia de sumisión, más de 9 millones de venezolanos permanecían dispersos por el mundo, expulsados de su patria por una tragedia que el régimen ayudó a producir y perpetuar. Son madres que atravesaron la selva del Darién para poner a salvo a sus hijos; familias que llegaron a Estados Unidos con miedo, hambre y una esperanza elemental: vivir libres y trabajar en paz.

Muchos de ellos tramitan solicitudes de asilo, respetan las leyes y luchan cada día por sostener a los familiares que dejaron atrás. Sin embargo, algunos enfrentan detenciones y procesos de deportación que reavivan el pánico del que huyeron. El destierro debería ofrecer protección; para demasiados venezolanos reproduce la zozobra, la incertidumbre y el temor ante aparatos de poder que deciden sobre sus vidas.

¿Qué tiene que decir Delcy Rodríguez sobre esas madres, esos jóvenes y esos trabajadores? Hasta ahora ha guardado silencio. No ha dicho esta boca es mía por quienes cargan con las consecuencias humanas del modelo que representa. La memoria de las grandes persecuciones del siglo XX obliga a encender una alarma moral cada vez que se convierte a personas vulnerables en sospechosos colectivos, se les niega el debido proceso o se les trata como mercancía de una negociación política. La diáspora venezolana merece protección, respeto y justicia.

También retumbó en la sala el discurso de Donald Trump. El presidente estadounidense se refirió a Nicolás Maduro como «dictador» y «verdadero criminal», al recordar la operación de enero y el acuerdo petrolero anunciado posteriormente. Frente a esas palabras, el interinato tutelado carece de una respuesta política capaz de borrar la devastación de Venezuela, las denuncias de corrupción, la persecución de disidentes y el dolor de millones de familias dispersas por el mundo.

Las bancas del plenario pueden ofrecer una protección protocolar. Jamás ofrecen absolución. Por Naciones Unidas han pasado hombres fuertes, caudillos, autócratas y dictadores de toda laya. Algunos llegaron rodeados de aplausos; otros con el temor de quien sabe que la historia está tomando nota. Al final, las tribunas se vacían, los discursos se archivan y los pueblos conservan la memoria de las cárceles, los exilios, las víctimas y los recursos saqueados.

Una imagen protocolar carece de fuerza para restaurar una legitimidad perdida

Por eso los venezolanos no deben desmoralizarse al ver a Delcy Rodríguez en Nueva York. Su presencia ante la ONU no modifica la verdad de Venezuela. Una acreditación diplomática no borra los delitos que deben ser investigados. Una conversación de pasillo no sustituye el mandato ciudadano expresado el 28 de julio de 2024. Una imagen protocolar carece de fuerza para restaurar una legitimidad perdida. La esperanza venezolana descansa en otra parte: en el voto defendido por los ciudadanos, en los presos políticos que resisten, en las madres que esperan a sus hijos, en los exiliados que conservan su bandera y en una sociedad que se niega a resignarse. También descansa en el liderazgo de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, llamados a orientar con serenidad, firmeza y coraje la transición democrática.

La historia demuestra que las dictaduras suelen maquillarse antes de caer. Cambian el tono, suavizan el lenguaje, buscan nuevas alianzas y ofrecen negocios para prolongar su tiempo. Pero Venezuela conoce el final de esa obra. El azúcar del ruego jamás podrá ocultar el azufre de una tiranía que ha perdido su fuerza moral.

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