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La mar, el peor castigo de las naciones que, como España, la ignoran

Vivir de espaldas a la mar no es nuevo en nuestra historia, pero quiero suponer que los españoles de este siglo no le hemos prestado atención a ese medio porque hemos dado sus frutos por garantizados

Patrullero de altura construido por Navantia para la Marina Real de Marruecos

Patrullero de altura construido por Navantia para la Marina Real de MarruecosNavantia

La mar, esa mar que nos rodea a los españoles sin que reparemos mucho en ella, es a la vez frontera y camino, fuente de riquezas y lugar de ocio, espacio de todos y de nadie, tablero geoestratégico y, cuando se tercia, campo de batalla. La necesitamos para nuestra prosperidad y, cada día más, para vivir seguros en una península que un día fue el centro de gravedad del planeta —la mar tuvo mucho que ver en ello— y que hoy, por desgracia, no sabe muy bien qué papel jugar en los confines, políticos y geográficos, de una península mucho mayor: la que forma Europa.

Es una lástima que los españoles, casi siempre espectadores desinteresados de lo que ocurre en nuestros antiguos dominios —Ormuz, el Caribe y buena parte de lo que hoy se llama Indopacífico fueron parte de nuestro Imperio— solo prestemos un poco de atención a la mar cuando un puñado de barcos de guerra de la Marina Real de Marruecos pasea su bandera roja y verde por las aguas territoriales de la maltratada ciudad de Ceuta. Y permita el lector que insista: son barcos de la Marina Real. Armada es, por derecho histórico, la nuestra.

¿Cuáles son las razones de ese desinterés cuando, además de un Imperio marítimo, hemos tenido hasta no hace mucho una poderosa industria de construcción naval y conservamos todavía un puesto de honor en el ranking de la pesca global? ¡Vaya usted a saber! Vivir de espaldas a la mar no es nuevo en nuestra historia, pero quiero suponer que los españoles de este siglo, mejor informados de lo que nunca han estado nuestros predecesores, no le hemos prestado atención a ese medio porque hemos dado sus frutos por garantizados.

Superados los días de las incursiones de vikingos o berberiscos, las fronteras marítimas de los países europeos, antes de la invasión de Ucrania, no parecían amenazadas más que por las pateras llegadas de África. Buques de todas las banderas atracaban cada día en nuestros puertos, cargados de mercancías procedentes de todo el planeta hasta llegar al 90 % de nuestras importaciones. La explotación de las riquezas de la mar y el cuidado del medio marino encontraban un marco estable y de relativo consenso en el Convenio de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. El tablero geoestratégico, en el Atlántico y el Mediterráneo, estaba dominado por los EE.UU., cuando todavía se sentía cómodo en la Alianza Atlántica… y los campos de batalla que más nos afectaban a los europeos se encontraban en Afganistán, bien lejos del mar.

Tanta felicidad no podía durar mucho. La polarización de la comunidad internacional propiciada por la guerra de Ucrania, la práctica desaparición de la autoridad moral de la ONU que nuestro Gobierno prefiere lamentar a asumir como un hecho, y el regreso de una de las peores versiones del fenómeno de la guerra —la de conquista, que tanto se asemeja en sus efectos a la esclavitud aunque los subyugados sean los pueblos en lugar de las personas— han cambiado drásticamente el terreno de juego global, también sobre la mar. Los bloqueos navales, en los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb y en los mares Negro, Mediterráneo y Caribe, vuelven a estar en el menú económico de los restaurantes de la geoestrategia. Los fondos marinos hace tiempo que han dejado de ser seguros. Regresa la diplomacia de cañoneras y, signo de los tiempos, ahora también el débil —Marruecos— la pone en práctica contra el fuerte… cuando a este le falta la voluntad de defenderse, como le ocurre a nuestro actual Gobierno.

Por si todo esto fuera poco, la mar vuelve a ser escenario de combates navales —el hundimiento de la fragata Dena por un submarino estadounidense nos trae de vuelta imágenes del siglo anterior— en los que, como ocurría en la Segunda Guerra Mundial, los civiles son a menudo quienes salen peor librados. Casi cada día nos llegan noticias de barcos mercantes atacados y hundidos, por Irán o por Rusia sobre todo… pero también por los EE.UU. y Ucrania.

La mar, en resumen, ya no es el Global Common que queríamos que fuera, sino aquello que solía ser a lo largo de la historia de la humanidad: la mejor aliada de las naciones que la cortejan y el peor castigo de las que la ignoran. Nosotros estamos entre las últimas, pero ¿qué hemos hecho para adaptar nuestra estrategia marítima a la nueva situación? Lo de siempre: fingir que nada ha cambiado. La vigente Estrategia Nacional de Seguridad Marítima, firmada por el presidente de Gobierno en 2024, sigue sin mencionar una sola vez la palabra guerra, una tozudez difícil de entender cuando el documento equivalente de la Unión, revisado en 2023, reconoce —y no en la letra pequeña, sino en su primer párrafo— la necesidad de «asegurar el acceso de la UE a un dominio marítimo cada vez más disputado, especialmente a la luz de las consecuencias de la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania».

Parece evidente a estas alturas que el «no a la guerra» de nuestro presidente va mucho más allá de condenarla. Él prefiere negar su existencia… quizá porque, como los niños, piense que si cierra muy fuerte los ojos desaparecerá de la realidad. Sin embargo, ese infantilismo es muy peligroso, porque no se puede edificar nuestra seguridad sobre cimientos imaginarios.

Así, mientras la Estrategia de Seguridad Marítima Europea —un documento de consenso bastante descafeinado, todavía muy alejado de las exigencias de la situación que vivimos y que necesita con urgencia una nueva revisión que nuestra Real Academia de la Mar se esfuerza por promover junto a otras instituciones similares en Europa— tiene entre sus conclusiones la necesidad de «reforzar las capacidades de las fuerzas armadas de las naciones de la UE», la nuestra… prefiere pasar de tan espinoso asunto.

Sorprenderá al lector saber que nuestro documento fundamental de estrategia marítima solo menciona a la Armada —una institución que quizá debería tener un papel relevante en ese terreno, que para eso la pagamos— en una ocasión, y no particularmente lustrosa: «Se dotará a la Armada y a la Guardia Civil de los medios necesarios para la vigilancia y protección de los yacimientos subacuáticos en nuestras aguas». El párrafo, para poner las cosas en su contexto, se refiere a los yacimientos arqueológicos, no vaya usted a creer que estamos pensando en defender por la fuerza algo tan mundano como nuestros intereses materiales.

Indudablemente, una medida como esa aumentará enormemente nuestro potencial disuasorio… pero, por desgracia, solo frente a los buscadores de tesoros sumergidos. A Rabat, como hemos podido ver estos días, eso no parece asustarle demasiado.

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