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De mayo del 68 a octubre del 26: ¿El regreso de las mayorías silenciosas?

Habrá que esperar para ver quien capitaliza estas protestas de cara a las elecciones presidenciales del año que viene, pero todo parece indicar que beneficiarán a Marine Le Pen

Los bomberos extinguen un autobús quemado durante los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antidisturbiosEFE

Francia vuelve a arder. Lo que empezó a finales de septiembre como protestas en institutos y universidades se ha convertido en un estallido nacional que ya es una de las crisis sociales más graves del mandato de Emmanuel Macron.

El pasado sábado 17 de octubre, unas 550.000 personas -110.000 de ellas en París- salieron a la calle en 110 marchas convocadas en todo el país, según el Ministerio del Interior. La jornada acabó con edificios públicos incendiados, como el ayuntamiento de Limoges, comercios saqueados en varias ciudades y cerca de 1.800 detenidos y 600 agentes heridos.

La tentación comparativa es inevitable. Francia guarda una memoria casi mitológica de mayo del 68, y las imágenes de estudiantes, gases lacrimógenos y barricadas invitan a trazar paralelismos. A pesar de que existen diferencias significativas, la lección electoral de entonces puede jugar de nuevo en contra de quienes alentaron en un inicio las protestas.

Las protestas de mayo del 68 nacieron en la universidad de Nanterre, que pronto se trasladaron a la Sorbona. La noche del 10 de mayo las protestas y la reacción policial provocaron una ola de simpatía que derivó en la huelga general del 13 de mayo, la mayor de la historia de Francia. Sin embargo, el contexto era muy distinto.

En el 68 Francia estaba aún inmersa en los conocidos como Trente Glorieuses: crecimiento económico sostenido, índices de paro bajos y mejora del poder adquisitivo. Las protestas no se centraban por tanto en cuestiones materialistas, sino que los estudiantes salieron a la calle contra un orden social y político que percibían como opresores.

Es lo que Ronald Inglehart bautizó, quizás no muy acertadamente, como «revolución silenciosa», esto es, el cambio generacional en las sociedades occidentales desde valores materialistas (seguridad económica y física) hacia valores posmaterialistas centrados en la autoexpresión y la participación política, impulsado por el crecimiento económico y un contexto de abundancia.

Si bien el movimiento del 26 nace también de las aulas, su evolución ha sido muy distinta. Las protestas por el deterioro de la escuela publica han derivado en un movimiento en contra de los ajustes prometidos por el gobierno de Lecornu y el aumento del coste de la vida, que a su vez ha mutado en vandalismo, saqueos y terrorismo callejero a los que ya no parecen motivar los mismos fundamentos posmaterialistas que a los estudiantes del 68.

Un vídeo viral de la jornada resume a la perfección la situación: una joven que observa impotente como unos vándalos saquean un supermercado trata de detenerlos al grito de ¨C’est pas la cause!¨(no es la causa). La misma izquierda que alentó las protestas no ha podido controlarlas. Aquí está otra diferencia de peso. El 68 tuvo actores reconocibles: la UNEF estudiantil, la CGT y Force Ouvrière, y el Partido Comunista. Era un movimiento con correa de transmisión, capaz de sentarse a negociar los Acuerdos de Grenelle. El de 2026 es un movimiento descentralizado, sin portavoces claros, que ni los propios sindicatos controlan y que ha sido «secuestrada por los casseurs», en palabras del ministro del interior.

En el ámbito económico los Trente Glorieuses han quedado atrás y ahora nadie habla de abundancia en el país galo. El rendimiento del bono francés a diez años se sitúa cerca del 5% (niveles de 2008), con una prima sobre Alemania de unos 150 puntos básicos. El proyecto presupuestario del primer ministro Lecornu cifra el déficit público previsto para 2026 en el 5,4% del PIB y aspira a reducirlo al 5% en 2027. Ni siquiera ese objetivo impediría que la deuda siguiera aumentando: el propio Gobierno prevé pasar del 119,3% al 121,7% del PIB.

El ajuste no es sólo una exigencia de Bruselas; es la condición para intentar contener una factura financiera que cada vez cuesta más pagar. Además, no parece que Francia vaya a poder apoyarse en las herramientas monetarias del BCE. La propia Lagarde dijo el 14 de octubre en Bangkok que «la solución principal y primera está en la propia Francia y tiene que ver con las políticas fiscales». Independientemente de quien venza en las elecciones, tendrá que enfrentarse a esta realidad y a la consiguiente respuesta de la calle.

Habrá que esperar para ver quien capitaliza estas protestas de cara a las elecciones presidenciales del año que viene, pero todo parece indicar que beneficiarán a Marine Le Pen. Merece la pena recordar que cuando el 30 de mayo De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones, unas 800.000 personas salieron a la calle en los Campos Elíseos en defensa de De Gaulle, la V República y el restablecimiento del orden.

Ese apoyo se reflejó después en las elecciones, donde los gaullistas arrasaron con 353 de 486 escaños, la mayor victoria parlamentaria de la historia del país. La revuelta que pareció a punto de derribar la Quinta República acabó dándole su mayoría más holgada.

La pregunta pertinente es si esa mayoría silenciosa vuelve a movilizarse como en el 68 y si lo hará a favor de Marine Le Pen. Al no haber una alternativa realista a favor del establishment Macronista para las presidenciales, sino tan solo la alternativa de Jean-Luc Mélenchon, no resulta descabellado asumir que la líder de Agrupación Nacional saldrá reforzada.

En 1968, la mayoría silenciosa acudió a las urnas para respaldar el orden gaullista frente a la agitación de las calles. Cincuenta y nueve años después, la gran cuestión es si volverán esas mayorías silenciosas.