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OlallaEl Debate

José Félix Olalla Marañón (1956-2026)

Farmacéutico y poeta

Académico de la Real Academia de Farmacia de Cataluña. Ingresó en 1981, con el número uno de su promoción, en el Cuerpo Superior de Farmacéuticos Inspectores de la Seguridad Social

Nació en Madrid el 13-octubre de 1956 y murió en Madrid el 1 de agosto de 2026

José Félix Olalla Marañón

Farmacéutico y poeta

Hombre de profundas convicciones cristianas, para él el amor era un misterio insondable y la poesía ese lenguaje de hilos de luz que permitía rozarlo. En eso estuvo la vida de José Félix: en contribuir, desde la discreción y la sencillez, a aproximarnos a ese misterio.

Evocando aquel célebre verso que él mismo eligió como pórtico de su libro Más amor si más hubiera José Félix Olalla Marañón nos regaló hace años uno de sus poemarios. En él resonaban estos versos:

Aunque madure la divisa de la muerte
​y el tiempo se confunda a su manera,
​esta luz y está hora son las mías
​pues tejieron mis manos propiamente
​o me hicieron a su modo y me templaron
​No sé por dónde voy y sin embargo,
​estas horas fugaces me conforman
​y seguirán aquí cuando me vaya
​contándome su historia en el oído;
​una historia mágica en la que anduve.
​por la que yo transité con vosotros.
​La autonomía completa y conjuga
​con el amor de Dios
​en el manto continuo de los días severos
​y esta tarde tranquila me da el rédito
​que la vida fue capaz de proponerme

Este uno de agosto, al madurar sobre su cuerpo esa divisa de la muerte que él mismo supo nombrar con lucidez, José Félix dejó de transitar entre nosotros con la misma discreción con la que vivió. Su vida, tejida también en el manto continuo de los días severos, supo conjugarse siempre con ese amor de Dios que completa nuestra libertad. Y nos deja un rédito inmenso en todo aquello de lo que la vida fue capaz de proponerle.

José Félix Olalla Marañón nació en Madrid en 1956. Casado y padre de cuatro hijos, era el sexto de ocho hermanos en una familia de origen burgalés tan grande como entrañable, que en la celebración navideña reúne cada año a más de cien de sus integrantes.

Licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid, fue un profesional sobresaliente. Autor de diversas publicaciones farmacéuticas. Académico de la Real Academia de Farmacia de Cataluña. Ingresó en 1981, con el número uno de su promoción, en el Cuerpo Superior de Farmacéuticos Inspectores de la Seguridad Social. En el Ministerio de Sanidad fue subdirector general de Medicamentos de Uso Humano y de Evaluación de Medicamentos y representó a España en diversos comités del ámbito farmacéutico. Finalizó su trayectoria en la empresa privada.

Cultivó desde joven una intensa vocación poética: publicó más de 20 libros y varios ensayos, con una obra intimista y a veces mística. Fue presidente de la Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Artes (2003–2015) y colaborador habitual en revistas como El Farmacéutico y Pliegos de Rebotica. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos un accésit del premio Adonais, y en 2025 fue nombrado académico correspondiente de la Academia de la Lengua Dominicana. Su labor profesional, cultural y literaria fue siempre una forma discreta de servir y acompañar a los demás.

Hombre de profundas convicciones cristianas, para él el amor era un misterio insondable y la poesía ese lenguaje de hilos de luz que permitía rozarlo. En eso estuvo la vida de José Félix: en contribuir, desde la discreción y la sencillez, a aproximarnos a ese misterio y a hacer este mundo más habitable, más amable; en restaurar un saber sobre el alma. Una forma de conocimiento que se obtiene por madurez interior: un modo de escuchar la propia vida en silencio, donde la memoria ilumina lo vivido y lo convierte en sentido. Un saber que reconoce la presencia de un misterio que sostiene y orienta, que abre la existencia a lo sagrado sin necesidad de nombrarlo. Entonces la relación con los otros deja huella y se vuelve destino, porque el alma es también vínculo y comunidad. Frente a la intemperie del mundo acelerado, este saber preserva lo que no puede medirse –la gratitud, la compasión, la belleza, la fidelidad– y se transmite no por doctrina, sino por la manera de estar: por la serenidad, la palabra justa, la mirada que acoge. Es, en definitiva, una forma de claridad que permanece en quienes de verdad le conocieron: una luz discreta que sigue acompañando, silenciosa y viva.