Ramón Espinar Gallego
Ramón Espinar (1954-2026)
Socialista de la vieja política
Con Leguina, fue uno de los que creyó que sí, que la capital debía ser una de las diecisiete Comunidades a las que el Estado trasferiría la mayor parte de sus competencias
Ramón Espinar Gallego
Político y abogado
Licenciado en Derecho y socialista desde su juventud, fue alcalde de Leganés de 1978 a 1983, cuando fue elegido presidente de la Asamblea de Madrid, tras la llegada de Leguina a la Presidencia madrileña. Posteriormente asumió las Consejerías de Cultura y de Hacienda, hasta que la FSM perdió el poder en 1995. Es padre del exdirigente de Podemos y politólogo, Ramón Espinar Merino, y cuando ya había abandonado la política se vio envuelto en el escándalo de las tarjetas «black».
Ha muerto Ramón Espinar a los 72 años. Fue un buen socialista. De la vieja política. La que saludaba, respetaba a la prensa crítica, y empleaba horas en explicar a una aprendiza de periodista como yo un proyecto de ley o un controvertido cambio en el Reglamento de la Asamblea. Allí, cuando su sede estaba en el antiguo Paraninfo de la Universidad Complutense, en la madrileña calle de San Bernardo, conocí a ese Espinar Gallego, padre de otro Ramón Espinar, este Merino, su hijo. Ambos muy distintos, pero parejos en el buen trato, como el segundo me demostró al cabo de varios lustros, cuando coincidimos en las tertulias televisivas. No poca cosa es esta, aunque Perogrullo se revuelva en su tumba. En el ecosistema político español -y no español- no demos por segura ni la buena educación. Especialmente a ésta. Pero era el jienense un socialista amable, el alcalde de Leganés más joven de la democracia, presidente del Parlamento madrileño (1983-1987) en la primera legislatura de una Comunidad en pañales, a la que daba sus primeros biberones Joaquín Leguina, del que luego fue consecutivamente consejero de Cultura (1987-1991) y de Hacienda hasta la caída en las urnas de la FSM y la llegada de Gallardón.
Fue coprotagonista de aquellos años trepidantes en los que se construía una autonomía en la que no creía casi nadie, con voces que refutaban su condición de comunidad y querían subsumirla en una de las dos Castillas. Si Cela sostenía que Madrid era un poblachón manchego lleno de subsecretarios, ¿por qué habría la nueva democracia española de colocarla al nivel de regiones a las que los nacionalismos llamaban «históricas» y a las que conferían propiedades genéticas -el RH entre ellas- superiores? Espinar, con Leguina, fue uno de los que creyó que sí, que la capital debía ser una de las diecisiete Comunidades a las que el Estado trasferiría la mayor parte de sus competencias. Con los años, ha sido motor económico y social de la España de las Autonomías.
En su hoja de servicios, el hoy socialista fallecido también escribió páginas polémicas. Como otros políticos madrileños, al dejar el poder en 1995 y hasta 2010 fue nombrado vocal en el Consejo de Administración de Caja Madrid, de la que fue vicepresidente durante el mandato de Miguel Blesa. El uso de las tarjetas black le llevó a ser condenado por la Audiencia Nacional por el uso indebido de esos créditos, de los que abusaron políticos populares, socialistas, de IU, Comisiones Obreras, UGT y empresarios. Espinar finalmente fue condenado a un año de prisión y devolvió con multa incluida los fondos públicos malversados. Este episodio fue sustanciado cuando ya el ex regidor de Leganés vivía en un anonimato elegido tras dejar la esfera pública.
Años después ese anonimato fue alterado. Su nombre volvió a acaparar titulares, pero ya no era el suyo, sino el de su único hijo, otro Espinar más de izquierdas que él, que terminó convirtiéndose en el hombre fuerte de Pablo Iglesias para luchar por reconquistar Madrid, una plaza que tres decenios después sigue gestionando el PP. Con ese Ramón, al que no han dejado de recordarle los errores de su padre, el apellido se asoció al 15-M y a esos años trepidantes de impugnación de la España de los consensos, que colocó a Podemos a 14 escaños de hacer el sorpasso al PSOE, al que Pedro Sánchez hizo tocar fondo con 85 diputados. Hasta que el macho-alfa podemita decidió purgar a cuantos no le bailaron ni el agua ni la impostura y terminaron echados a la cuneta. El hijo del hoy fallecido, que ejerció la portavocía en el Senado, fue uno de ellos. Y la inquina de Pablo contra Ramón hijo fue tal, que hasta atacó hace unos meses a su padre cuando sabía que sufría la enfermedad degenerativa que ha acabado con su vida. Decía en un artículo Iglesias: «Quienes dan asco son los sindicalistas y los dirigentes de izquierdas que usaban las tarjetas black; desde el padre de Ramón Espinar hasta seis consejeros de Caja Madrid que venían de CC.OO. todos con origen muy proletario». El hijo concluyó de la afrenta que «para haber sido compañeros y amigos y saber que él está en fase avanzada de una enfermedad degenerativa terminal, no está mal. Qué error habernos puesto en manos de semejante pedazo de mierda».
Padre e hijo, con visiones diferentes de la política, han vivido de la mano los últimos días del patriarca, sumido en un deterioro cognitivo al que Antonio Machado puso hermosas palabras: «Cuando recordar no pueda, ¿dónde mi recuerdo irá? Una cosa es el recuerdo y otra cosa recordar».