30 de noviembre de 2022

HorizonteRamón Pérez-Maura

Cuando un MENA es un criminal

¿Este es el periodismo que practicamos hoy? Se defiende la verdad «por encima de todo», pero en realidad está por debajo de casi todo. Este periodismo tan «valiente» para enfrentarse a los poderosos no se atreve a contar verdades tan elementales como las características básicas de un agresor

Carlos García Adanero es un navarro nacido en Talavera de la Reina. Es decir, es un español. A sus 54 años lleva 35 militando en Unión del Pueblo Navarro, partido con el que ha sido diputado foral entre 1991 y 2019 y concejal en el Ayuntamiento de Barañáin entre 1991 y 1996. Desde 2019 encabeza la representación de Navarra Suma en el Congreso de los Diputados. Hasta ahí, nada de particular.
El pasado 23 de diciembre, a las 22:45, un hijo de 17 años de García Adanero fue brutalmente agredido cuando paseaba acompañado por una amiga por la Vuelta del Castillo, una zona céntrica de Pamplona que conozco muy bien porque mientras estudiaba mi carrera en la Universidad de Navarra me pasé cuatro años viviendo en un piso en la calle de la Fuente del Hierro 2, con vistas sobre esa Vuelta del Castillo.
La falta de explicación en casi todos los medios de comunicación sobre la agresión me ha movido a investigar el origen del bárbaro crimen. Yo imaginaba que podía tener un trasfondo político. No hay ningún indicio de que sea así. Pero hay otros datos, que no son indicios sino certezas, que no se han publicado. La agresión fue perpetrada por una banda de 14 inmigrantes magrebíes, la mayoría de ellos marroquíes y varios de ellos menores extranjeros no acompañados, MENAS. Y aquí chocamos con la corrección política. No se puede describir nunca a jóvenes de estas características –aunque varios de ellos ya eran mayores de edad– como autores de un crimen, aunque haya todos los indicios de que lo han perpetrado. Ni siquiera se puede decir que son sospechosos o han sido retenidos por la policía. Es políticamente incorrecto y cuando lo haces te acusan de racista y/o xenófobo.
Yo no entiendo por qué se puede decir que una persona que ha entrado a robar en mi casa y ha sido detenida –afortunadamente– es de Zaragoza –es un decir– pero no se pude decir que un joven que ha violado a una chica es argelino o nigeriano. ¿Este es el periodismo que practicamos hoy? Se defiende la verdad «por encima de todo», pero en realidad está por debajo de casi todo. Este periodismo tan «valiente» para enfrentarse a los poderosos no se atreve a contar verdades tan elementales como las características básicas de un agresor que ha querido partir la crisma a un ciudadano de bien, menor de edad, que paseaba por el centro de Pamplona. Se parte siempre de la base de que el bueno es el agresor. Y así nos luce el pelo.
Viviendo junto a este lugar en que fue agredido el joven navarro, yo estudié cinco años de periodismo en los que me enseñaron a contar siempre la verdad aunque me pudiera generar problemas. No sé si en otras facultades de periodismo del resto de la nación se impartía ese principio. Lo que sí sé es que en España casos como el de Pamplona del 23 de diciembre se dan con mucha frecuencia y nunca se publican los datos básicos del agresor. En un país en el que te puedes pasar años en los papeles por estar imputado por un crimen del que luego sales absuelto –y con tu vida destrozada– no se puede decir que un detenido por violación es un MENA, por ejemplo. Y ahora, que me llamen racista por defender que se puede y debe contar la verdad.
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