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16 de junio de 2024

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Europa, esa vieja fofa y gruñona

Si la Unión empieza a parecer un proyecto caro, inseguro, blando e incompetente, acabará yéndose por el sumidero

Actualizada 01:30

Europa es una declaración de amor a los valores ilustrados de la libertad, la igualdad y la fraternidad que, sin embargo, no sabe defender, en una paradoja lamentable que explica el desapego por el mejor proyecto que ha alumbrado nunca la humanidad.

Pero no es suficiente ser bueno con los polinomios si luego eres tonto para los recados, y eso es lo que le pasa a Europa, presa de una contradicción irresoluble para la pléyade de burócratas incapaces de entender algo básico: todos esos principios no pueden ser la excusa para asaltarlos, en nombre de otros opuestos, y nada hay más decente que defenderlos con uñas y dientes, en varios idiomas pero con la misma traducción garantista.

De Europa solo ha cuajado el programa Erasmus, la excusa viajera de estudiantes sin fronteras, lo que en sí mismo denota un colapso preocupante de una propuesta que se aleja del ciudadano, del agricultor, del autónomo, del marinero, del transportista o del ganadero, en nombre de causas aparentemente dignas que cobijan, sin embargo, una insoportable tendencia a imponer un modelo de ingeniería social solo aplicable, a más inri, a los autóctonos.

Del mismo modo que la ideología de género criminaliza preventivamente al varón blanco y católico, por si acaso, e indulta con falsa tolerancia cretina al fundamentalista que amenaza a la mujer con su cultura medieval y machista; Bruselas propone un yugo fiscal, burocrático, ecológico e intelectual que carga al europeo de una culpabilidad congénita y le obliga a una eterna penitencia, ineficaz en un mundo global en el que las potencias emergentes ignoran esa castrante apología del buenismo y aprovechan las ventajas de la renuncia europea a competir.

Si a la pérdida de identidad nacional se le añade la ocupación del espacio por otras peores, que no quieren integrarse sino imponerse, el resultado está servido en bandeja: una banda de burócratas blandengues, desconocidos para el gran público, legislan al margen de las emociones, necesidades, tradiciones y esperanzas de unos ciudadanos sometidos a una catarata de imposiciones caprichosas e inútiles para frenar las amenazas y problemas que sienten.

A Europa, no obstante, le pasa como a la propia democracia: es el peor de los sistemas posibles, a excepción de todos los demás. Nada puede empatar con un proyecto que aspira a la unión de voluntades, esfuerzos y objetivos inspirados en la tradición judeocristiana, la cultura grecolatina y el ideal de la Ilustración.

Pero nada puede caer con más estrépito si, a esos deseos, no le acompaña una defensa férrea de las medidas, no siempre cómodas, que pueden garantizar su hegemonía.

Y que no son liberar miles de millones a políticos como Pedro Sánchez que al final, con la excusa de la inflación, provocan una salvaje subida de tipos de interés para recuperar rápido los préstamos suicidas, gastados por la Administración Pública, pero pagados por la sociedad civil que nada recibió.

O confundir la imprescindible gestión económica y humanitaria de la inmigración con una apertura alocada de fronteras. O transformar la defensa del ecosistema, en una Europa más reforestada que nunca pese a los mensajes apocalípticos, en una excusa para destrozar el sector primario, deslocalizar la industria y convertirnos en una especie de gran balneario temático a la salud de Greta Thunberg.

O convertirnos en el tonto pagafantas de una batalla transversal entre los Estados Unidos y China, con sus respectivas infanterías de Ucrania y Rusia en primera línea, sin otra voz propia que la imprescindible para aprobar facturas militares que no paran la guerra ni esbozan una solución diplomática sensata.

Europa es una vieja fofa con sabiduría y experiencia, en un guateque de jóvenes hiperventilados que no tienen razón, pero disponen de la fuerza suficiente para elegir la música, vaciar la nevera y comerse todas las tapas. Y si Bruselas responde siempre pasándole la factura a las víctimas de los destrozos, en lugar de poniendo en su sitio a los vándalos, que nadie se extrañe luego de que el Brexit inglés empiece a ser una sugerente idea para millones de europeos a los que no se saca de error, precisamente, llamándoles ultraderechistas.

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