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23 de julio de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Ganas de currar? Pocas y menguantes

Le pregunto a una chica muy inteligente en el final de la veintena si le gustaría jubilarse a los 40: «Sí, claro»

Actualizada 13:28

Cuentan los héroes que mantienen empresas en nuestro paraíso socialista que las ganas de currar hoy en España son pocas y de tendencia menguante.

Los de la hostelería te cuentan que el personal rota constantemente, que es poco fiable en su cumplimiento laboral –«algunos se pillan un globo de perico por la noche y al día siguiente no te aparecen»– y que un camarero español y experimentado empieza a ser ya algo más raro que pájaro dodo, que se extinguió en 1690. Un empresario norteño buscaba un cocinero profesional ofreciendo un sueldo muy apetecible, bastante más de lo que cobra un joven periodista titulado, pero no había manera: «Uno de los que contacté me respondió que estaba en el paro, pero que como ya estaba trabajando su mujer, él prefería prolongar un poco más antes de volver». Vacaciones a cuenta del Estado.

Una amiga dueña de una gestoría fiscal en una capital de provincia me explica que está desbordada, porque «una se ha cogido la media jornada, otro está de baja por depresión y otros dos, de baja por maternidad… y eso, en una oficina pequeña de doce personas te rompe todos los esquemas, lo acabas pagando tú, que tienes que cubrirlos con un sobreesfuerzo tremendo».

Hay muchos trabajos que los españoles ya no quieren. Si afrontas una mudanza, o si necesitas a un chapuzas en casa, casi siempre viene una persona llegada del extranjero, al menos en Madrid.

España lidera el absentismo laboral en la UE (y también el paro). El número de bajas aumentó un 12 % el año pasado respecto al anterior. Es decir, superada la pandemia, cada vez hay más gente que al parecer se pone enferma hasta el extremo de no poder acudir a trabajar. O existe una enfermedad masiva y sigilosa, todavía no diagnosticada, o sufrimos una epidemia de «gandulitis». ¿La teoría del sabio de barra de bar? Que la afición se acostumbró a estar en casa durante la Covid y que lo de ir al tajo presencialmente todos los días se ha vuelto enojoso, así que han aumentado las excusas baratas para quedarse de vez en cuando apalancado en el sofá.

En España hemos logrado dibujar el círculo cuadrado. Somos líderes europeos en paro al tiempo que existen 150.000 empleos que no hay manera de cubrir, según el INE. Al final se acaba recurriendo a inmigrantes recién llegados, que muchas veces no ofrecen el desempeño adecuado. «Aquí los que saben trabajar no quieren, y los que quieren, no saben», resumen resignados algunos empresarios.

Nuestros padres y abuelos trabajaron como posesos con un objetivo nítido: dar un salto adelante y ofrecer a sus hijos las oportunidades que ellos no habían tenido. Hacían gala de gran empuje y capacidad de sacrificio. El sustantivo «estrés» y el verbo «desconectar» no existían. Días atrás hice un pequeño experimento sociológico. Le pregunté a una chica en el final de la veintena, muy inteligente y de excelente desempeño profesional, si le gustaría jubilarse a los 40. La verdad es que se lo planteaba de coña, pero ella me respondió en serio: «Claro que sí». Me asombró.

Los chavales que acaban de terminar sus carreras universitarias te sueltan muy convencidos el nuevo dogma: «Trabajar no lo es todo». Sus preferencias son «viajar y los amigos» (aunque su verdadera prioridad, que no citan ni asumen, es mantenerse empanado todo el día ante una pantalla). Cuando les replicas que no existe un solo caso en la historia de una persona que haya triunfado a lo grande, en cualquier ámbito –de las artes a las ciencias pasando por la política– sin una enorme dedicación profesional, te miran con escepticismo total, como si les estuvieses diciendo que acaba de posarse un ovni sobre la cubierta del Bernabéu.

Las generaciones actuales han disfrutado del confort que les ha regalado el estajanovismo de sus ancestros. Cuando te has acostumbrado a vivir bien pierdes el hambre de prosperar (Francia supone un ejemplo paradigmático, un país vaguete que vive en buena medida de rentas). En una capital de provincia española, si has heredado un pisito, eres capitán general con tal de que tengas un pequeño trabajo, cómodo y de bajo salario (y si la cosa pincha siempre están los subsidios). Te da para «las cañitas con los colegas», la sobredosis de series en las plataformas y hasta para algún viajecito «low cost» de cuando en vez. Mucha gente ya no quiere más. La igualación a la baja y la envidia rencorosa que propone el actual Gobierno propician también esa manera conformista de ver el mundo. Todo aquel al que le va bien seguramente es «un rico cabrón».

Aquí que curre el que ha llegado en el cayuco. Nosotros, a vivir. El sueño europeo. Ese que hace que los asiáticos nos estén arrasando.

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