Fundado en 1910
El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Libros

Las últimas mañanas de la primavera son un esplendor de luz. Y un infierno de pólenes que anuncia el repetido enjambre de color y polvo de cada año en el Retiro. Feria del libro

Amanece. Las últimas mañanas de la primavera son un esplendor de luz. Inmerecido: nadie puede merecerse una belleza así. Madrid es un pisapapeles de Murano: esmalte aguamarina y polvo de oro. Sólo unas pocas semanas. Enseguida vendrán los meses en los cuales el sol será un mazo cuyo vibrar ni siquiera la noche alivie. La biblioteca se acuna —repeat 1— en el Knocking’ On Heaven’s Door: Dylan, 1973. Imágenes de un lirismo desaforado, para el más puro poeta de la violencia en cine: Sam Peckinpah. Katy Jurado sostiene, grave espejo mexicano de pietà renacentista, el cuerpo de su hombre, viejo sheriff que agoniza. «… Deja caer mi chapa en el polvo. Ya no podré más usarla… Esa nube glacial se cierne sobre mí… Abandona mi rifle sobre el polvo. Siento que estoy llamando a las puertas del cielo».

La vida, al cabo, está hecha sólo de libros y música. Y en los pocos amigos que caben en el tiempo, tan tasado, de la vida de un hombre, canciones y literatura cristalizan una sola, una dura mitología. Nada más que ahí cifra un hombre su vida. No hay realidad que nos conmueva más que la que, en torno a otro humano, cincelaron las palabras y las notas. ¿Cuántos de los que escucharon junto a mí esa cascada voz del Dylan aún no viejo se marcharon? Para siempre. A ningún sitio. ¿Cuántos, que fueron atravesados en el amanecer por este sosegado esplendor del sol de primavera —tan efímero—, no volverán a mí ya nunca? Perseveran. Fuera del tiempo. Son las notas que acunan la mirada de Katy Jurado, pietà que sostiene el cuerpo del sheriff Colin Baker en una película de 1973 que Sam Peckinpah repudió y de la cual perviven en mi memoria una secuencia y una banda sonora: esta que está sonando cuando escribo. Y ese recuerdo, en el volumen muy tenue que va anunciando el día, me viene ahora a hablar de los amigos, los muy pocos, los que no volverán.

Las últimas mañanas de la primavera son un esplendor de luz. Y un infierno de pólenes que anuncia el repetido enjambre de color y polvo de cada año en el Retiro. Feria del libro. No hay dosis de antihistamínico que sea suficiente para surcar sus transitorias avenidas sin fenecer a la asfixia en diversos grados: calor, alergias, ruido y un algo de como estampida en western —blanco y negro— de Howard Hawks…

Y, sin embargo, vuelvo. Cada año. Yo que tanto amo ahora, sobre todas las cosas, el silencio amistoso de esta pequeña biblioteca en la que vivo. En la que está sonando —repeat 1— la banda sonora, que dice Dylan haber compuesto en muy pocas horas, de «Pat Garrett & Billy the Kid». Pero la Feria, para sus devotos, no es real. La Feria es un apéndice de lo leído: es lo leído, trocado en escénica amalgama de pólenes, muchedumbre, polvo… Y no, no vamos —no voy yo, en todo caso— allí para comprar esos libros que hace mucho que son parte de nuestras privadas celdas, de nuestro acorazado paraíso. La Feria es un libro más, una leyenda sin otro soporte material que el de nuestra memoria. En ella, lo leído se acuna en cada mazazo del sol, en cada marea de los bélicos chaparrones de primavera, tan duros como un temporal de Conrad. La Feria está tejida con el hilo de los sueños. Como lo estaban las vidas breves de los héroes shakespearianos.

Vendrá después, inmediatamente después del espejismo de los libros, el brutal verano: vulgaridad hipnótica, a la cual cedemos como se cede al exhorto de una dama excesiva. Y, con ella, el letargo que yace, intemporal, en endecasílabos de cuatrocientos años: «vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos»: libros. No, nada hay más bello que ese sereno modo de vencer al tiempo.