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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Carca? A mucha honra

Cuando te vas situando más cerca de la tumba que de la cuna empiezas a percibir como una ofensa la chabacanería y la estética cutre del tiempo presente

No milito en el club del «cualquier tiempo pasado fue mejor». No me cambiaría por mis abuelos y mis padres, héroes estoicos de unas generaciones que construyeron nuestra actual opulencia. Les tocó la era de los peores totalitarismos de la historia, el comunista y el nazi. Vivieron guerras horrorosas, o la resaca de las mismas. Respiraron en un mundo donde no se podía ni soñar con las comodidades que hoy disfrutamos, desde la calefacción casi universal hasta la utopía de disponer de la mejor música en un móvil, los avances médicos o poder conversar cara a cara y gratis con alguien en el otro lado del planeta.

Pero aun así, al acumular años vas perdiendo paciencia ante lo que te desagrada. Me acuerdo a veces de aquella frase que soltaba el dandy Jep Gambardella en La gran belleza, la obra maestra de Sorrentino: «Mi gran descubrimiento al cumplir los 65 años es que me di cuenta de que no puedo perder más el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer».

Mi gran descubrimiento al cumplir los sesenta es que acuso de manera cada vez más aguda los destrozos que la modernidad ha provocado sobre la belleza y sobre las formas simples de elegancia de antaño. Me gustan mucho más los Beach Boys y Bach que Bad Bunny y Billie Eilish, qué le voy a hacer (aunque me diviertan los dos últimos). En esta línea nostálgica, propia de la edad, me gustan también más las pelis viejas que las nuevas, porque los diálogos son infinitamente mejores y porque la fotografía y los guiones se notan más pensados. En las últimas semanas me he zampado El fantasma y la señora Muir (1947), del gran Mankiewicz. Persona (1966), peli durilla de Bergman. El sol siempre brilla en Kentucky (1953), que Ford consideraba su cumbre y que te eleva el espíritu. El eclipse (1962), de Antonioni, cuya fotografía, aire enigmático y Mónica Vitti hacen llevadera su morosidad. Anatomía de un asesinato (1959), uno de los mejores dramas judiciales, o La Soga (1948), donde Hitchcock te embruja sin salir de una habitación.

En todas esas películas, que van desde los años cuarenta a los sesenta, hay algo compartido: una elegancia generalizada, que se percibe en el vestuario, en la decoración de los hogares y en la arquitectura, incluso cuando aparecen parajes o personajes humildes. Es como si todavía no hubiese pasado por el mundo la apisonadora de lo hortera, cuyo combustible es el dinero.

Cruzando un semáforo en el centro de Madrid, veo venir –y perdonen la grave incorrección política– a una mujer joven de una belleza que deslumbra. Pero en sus brazos y sus piernas resaltan unos tatuajes horrorosos, feístas, como si se los hubiesen pintado a mala leche con un rotulador negro. ¿Cuál es su sentido? ¿Autolesionarse? En un restaurante bonito, en la mesa de enfrente tenemos a un tío cuarentañero zampando con la gorra de béisbol bien calada. Toda su nuca la ocupa un tatuaje enorme donde pone «BOY».

Los puretones vestimos todos ahora con zapatillas deportivas, cuando a determinadas edades te quedan más mal que bien. El labio superior tipo pato, inflado por el bótox, es ya la seña distintiva de muchas chicas que arruinan así su expresión. Los gañanes y gañanas que deambulan con gafas de sol por espacios interiores oscuros aumentan en progresión geométrica. La arandela en la nariz, antaño reservada a los osos de las ferias, ha llegado a los humanos. Los pantalones caen a la altura de la media cacha para mostrarnos los logos de la ropa interior.

Los coches asiáticos que nos invaden tienen como divisa una estética que quiere ser futurista y se queda en hortera. El lenguaje se ha empobrecido. La gente se apaña con cien palabras y unas muletillas constantes. Ahí está, por ejemplo, el insufrible «o sea, ¿sabes lo que te digo?», o el sustantivo «evento» aplicado a todo tipo de chorradas, o el pegajoso adjetivo «espectacular».

Un uso tontolaba del inglés sustituye al español en los carteles de nuestras ciudades, con la barbería convertida en «hair club», las rebajas en «sales» y las «felices navidades» en «happy holidays». La arquitectura merecería todo un capítulo. Cuando paseo por Chamberí, siempre que veo un edificio que destroza la armonía de una manzana no falla: es uno posterior a los años cincuenta del siglo pasado. Mies van der Rohe, el movimiento Bauhaus y Le Corbusier deben estar penando en el purgatorio por el daño que han hecho sus ideas una vez degradadas por una producción en serie de edificios feos de móvil crematístico.

Al margen de las consideraciones espirituales, que son las importantes, ¿por qué conserva tanto encanto lo que hemos visto días atrás en el Vaticano? Pues por el marco sublime del mejor arte y la mejor arquitectura renacentistas y por la observancia por parte del alto clero de un esmeradísimo protocolo.

Se añora la belleza y la armonía del mundo de ayer. Un día quedará atrás la epidemia del tatuaje, la chancleta, el reguetón y el rap, los edificios tipo caja de zapatos, el arte jeta con quincalla tirada por los suelos de museos snob, los curas en chándal, los reyes en pantalón corto y los presidentes con gorra de béisbol y corbata. Todo se cura, incluso la chabacanería del tiempo presente.

¿Carca? A mucha honra.