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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

Lo que Milei entiende y los políticos españoles olvidaron

Y esa es, para mí, la clave del éxito del presidente de Argentina. Lo auténticamente revolucionario no es ni su heterodoxia política ni sus formas hiperbólicas. Lo que lo hace distinto es que se toma al votante muy en serio. No lo trata como a un ingenuo, sino como a un igual

El pasado domingo asistí al cierre del Madrid Economic Forum, protagonizado por el presidente de Argentina, Javier Milei. Fue un momento de catarsis colectiva que muchos de los presentes parecían estar esperando. A mi alrededor, reconocí algunos rostros conocidos: desde Iker Jiménez y Marcos de Quinto hasta Daniel Lacalle o Ágatha Ruiz de la Prada.

El Debate (asistido por IA)

Pero lo que realmente me llamó la atención no fue la presencia de esos personajes públicos. Lo verdaderamente relevante fue la asistencia de miles de jóvenes genuinamente interesados en política y economía. Porque, más allá de los comprensibles gritos contra Pedro Sánchez, lo que allí se debatía no eran consignas vacías, sino cuestiones de fondo: la posible implantación del euro digital y sus implicaciones para la libertad individual, el papel de España en el mundo, el impulso al emprendimiento y la innovación y, sobre todo, economía. Mucha economía.

Como suele ocurrir, los medios de comunicación se quedaron con las frases más superficiales del discurso de Milei. Destacaron que llamó a Pedro Sánchez «el bandido local» o que volvió a referirse a los «socialistas de mierda». Pero más allá de esas tácticas efectistas para captar titulares, Milei dedicó la mayor parte de su intervención, una hora larga, a detallar las medidas económicas con las que intenta sacar a Argentina del colapso en que se encontraba al asumir el poder. Y lo cierto es que, hasta ahora, le están funcionando.

El presidente habló de política económica, déficit fiscal y endeudamiento como si diera por hecho que la mayoría del auditorio entendía realmente de qué estaba hablando. Entró en el detalle técnico, explicando minuciosamente las recetas que él y su equipo, a cuyos ministros no dejó de elogiar, han aplicado para reorganizar la economía y la política argentinas. Unos números que, por cierto, incomodan a sus detractores y encienden el entusiasmo de quienes están hartos del saqueo sistemático de las arcas públicas.

En un momento dado, Milei se refirió a «los políticos de mierda», y la frase me hizo pensar. Ese discurso, el de «la casta», ya lo hemos escuchado en España, y lo cierto es que quienes lo abanderaron con mayor vehemencia, Albert Rivera y Pablo Iglesias, hoy han dejado atrás la política activa para dedicarse a otros menesteres. Un hecho que invita a preguntarse por la durabilidad de ese tipo de mensajes.

Lo que diferencia a Iglesias y Rivera de Milei es que, aunque ambos llegaron con ideas de renovación, nunca rompieron del todo con las formas tradicionales de la política española. Irrumpieron como un torbellino, sí, pero en cuanto pisaron moqueta su discurso se atenuó y adoptaron, casi sin darse cuenta, los manierismos propios del bipartidismo, que suele tratar a los votantes como si fueran anormales. Acabaron mimetizándose con aquello que venían a combatir. Se convirtieron en casta, y la sociedad lo percibió con especial claridad en el caso de Pablo Iglesias.

Y esa es, para mí, la clave del éxito del presidente de Argentina. Lo auténticamente revolucionario no es ni su heterodoxia política ni sus formas hiperbólicas. Lo que lo hace distinto es que se toma al votante muy en serio. No lo trata como a un ingenuo, sino como a un igual.

Hablar de economía ante un auditorio enfervorecido que, en gran medida, busca consignas, puede parecer, a priori, una oportunidad desperdiciada para lanzar mensajes fáciles, vacíos y emocionalmente estimulantes. Cualquier político de carrera lo sabe, y muchos lo explotan con descaro. Por eso resulta tan insólito que alguien aproveche ese mismo foco de atención para transmitir ideas complejas, difíciles de digerir, pero esenciales para comprender la realidad.

Lo comparo con la literatura. Es mucho más sencillo leer el bestseller del verano, ligero, entretenido, pensado para no exigir demasiado, que enfrentarse a Crimen y castigo de Dostoievski, una obra densa, incómoda y, en ocasiones, agotadora. El primero permite una lectura pasiva: basta con dejarse llevar. El segundo exige participación, una lectura activa en la que el lector es también protagonista. Dostoievski no da respuestas masticadas: obliga a pensar, a buscar, a llegar por uno mismo a las conclusiones. Confía en que quien lo lee está a la altura del reto.

Por eso, Javier Milei, el otro día, me demostró que respeta a su audiencia. No la trata como a un rebaño dócil, sino como a ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Quiere individuos activos.

Solo por eso ya marca una diferencia abismal con lo que estamos acostumbrados en España. Basta con escuchar el discurso de cualquier político nacional para intuir que, en el fondo, no nos toman demasiado en serio. Lo que buscan, en realidad, es que sigamos siendo una audiencia totalmente pasiva.

Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista