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Un mundo felizJaume Vives

Un verano moderadamente católico

Vivamos este verano moderadamente católico con gratitud y haciendo todo lo posible para que en el futuro podamos eliminar lo de moderadamente y dotar de sentido pleno lo de católico

La procesión del Corpus Christi este pasado domingo fue el inicio de una serie de tradiciones y costumbres populares: fiestas religiosas, ferias, verbenas, hogueras..., que se celebran en verano en todos los pueblos de España.

En la procesión a la que asistí había un sacerdote con fe y un pueblo mayormente descreído. El Santísimo procesionaba por las calles ante la mirada indiferente de quienes paseaban, pendientes tan solo de los gigantes y cabezudos y de la banda de música que acompañaba al Señor.

Posiblemente la mayoría de los presentes no conociera el significado de la procesión. Esa ignorancia quedaba acreditada a la vista de la vestimenta de los portantes del palio y los cirios, quienes iban ataviados cual participantes en un festival de música electrónica.

Lo mismo ocurre en tantas fiestas populares dedicadas al patrón del pueblo, donde los gigantes y cabezudos hacen reverencia frente al relicario del pueblo o participan en la santa misa. Incluso se pide al sacerdote que participe del pasacalle posterior.

Pero sinceramente creo que, lejos de lamentarnos por haber llegado a esta situación y vivirla con desánimo o cabreo, tendríamos que alegrarnos. No hay que ser naif, alegría no porque sea lo mismo vivirlo de un modo que de otro, o porque los signos y la actitud de quienes participan no sea importante.

Alegría porque, tanto en la forma como en el fondo, queda un rescoldo moderadamente católico. Porque, aunque en los pueblos la mayoría ya no lo viva así, muchos sacerdotes y fieles procuran conservar esas formas y ese fondo. Y, aunque sin saberlo, a su manera, ese joven vestido de festivalero trasnochado, está dando gloria a Dios portando el palio o acompañándolo con un cirio.

Nadie pone en duda que haya un punto de decadencia en esas actitudes, el recuerdo de un tiempo mejor, en el que se vivía de modo intensamente católico en la forma y en el fondo, pero tampoco nadie debería poner en duda que mientras mantengamos el rescoldo, existirá la posibilidad de avivar el fuego. Todavía quedan muchos ateos enamorados de su patrón y de la Virgen de su pueblo, por mucho que para ellos sean ideas difusas, desprovistas de cualquier implicación en su vida diaria.

Pero si no mantenemos el rescoldo, lo siguiente serán las fiestas paganas, que son el vacío más absoluto, lo único que el mundo puede ofrecer. Las fiestas populares serán insufribles, como siempre que el mundo secular copia algo católico despojándolo de su sentido profundo —bodas, bautizos y recientemente comuniones y como máxima expresión, funerales paganos—.

Algunos se cabrean por las fiestas populares católicas paganizadas, pero más bien habría que agradecer que no sean fiestas paganas. ¡Ojalá nos demos cuenta antes de llegar a eso último pues la diferencia es mayor de lo que parece, y las consecuencias más nefastas de lo que cabría imaginar!

Vivamos este verano moderadamente católico con gratitud y haciendo todo lo posible para que en el futuro podamos eliminar lo de moderadamente y dotar de sentido pleno lo de católico.