Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Simpatía por dos arrogantes cazurros

Nos gustan los hermanos Gallagher, que hoy vuelven, porque siempre agrada la gente que supera sus malas cartas de cuna y se come el mundo con decisión y valía

Pocos países más clasistas que Inglaterra. Si dos ingleses que no se conocen de nada se encuentran, aplican al instante un escáner invisible para ubicar sus respectivas clases sociales. El primer baremo es el acento y la entonación. El siguiente, saber dónde ha estudiado el otro, en qué colegio y universidad. Solo con esas dos pistas ya se sabe si el interlocutor es de clase currelas, media o patricia.

Ese acusado clasismo, que por fortuna no impera en España, atascó el ascensor social británico durante muchísimo tiempo. Había una democracia de raigambre, sí, pero de aquella manera… Bien avanzada la segunda mitad del XIX, seguía gobernando el país —y con bastante tino— una oligarquía aristocrática de terratenientes rurales, estadistas tipo el estupendo Lord Salisbury, al que adornaba la chispa de su humor sarcástico: «Si crees a los médicos, nada es sano. Si crees a los teólogos, nada es inocente. Y si crees a los militares, nada es seguro», se mofaba el barbado premier.

En las primeras tres décadas del siglo XX, prácticamente solo existían tres maneras de que un inglés de clase obrera conquistase dinero o fama: el boxeo, el fútbol y el crimen. Con los Beatles apareció una nueva vía hacia el estrellato partiendo desde el suburbio: el rock. Y ese es el cohete al que se subieron en 1991 dos cazurros salidos del suburbio de Burnage, a siete kilómetros del centro de Mánchester. Eran los hermanos Noel y Liam Gallagher, que este viernes, 16 años después de destruir su Oasis a sopapos, vuelven a las tablas en el estadio galés de Cardiff, en una gira llenabolsillos con 40 paradas y que les puede reportar 200 millones de dólares.

Los tres hermanos Gallagher eran hijos de irlandeses que habían emigrado a Inglaterra. Peggy, la madre, era una católica de comunión semanal, ama de casa hasta que rompió con un marido de pesadilla y tuvo que sacar adelante a sus tres hijos trabajando en la cantina de un colegio. Thomas Gallagher, el padre, era un obrero del andamio que le daba duro al morapio y la violencia. Zurraba a los chavales hasta el extremo de que los dos mayores acabaron sufriendo un tartamudeo nervioso. La madre logró dejarlo cuando Noel tenía 15 años y Liam, 10.

Con ese ambientazo en casa, los hermanos Gallagher se convirtieron en golfos de barrio. El futuro cantante acabó el bachiller malamente en un instituto católico. El cerebro y guitarrista de Oasis, Noel, fue expulsado del colegio en la adolescencia y terminó en la pequeña delincuencia y trabajando en las obras. Una condena domiciliaria por hurto lo dejó una temporada en el limbo. Para que se entretuviese su madre le regaló una guitarra. Aquel soñador introvertido aprendió a tocar casi solo y la música lo salvó.

En 1991, los hermanos Gallagher fundan Oasis. Tras dos años sin que suceda nada, el dueño de una pequeña discográfica acude a un club de Glasgow a ver a otros artistas, pero los que lo dejan asombrado son aquellos mancunianos cejijuntos, de actitud arrogante y unas canciones, compuestas por Noel, que van más allá de los sobadísimos clichés roquistas. Son himnos a la esperanza. Los ficha y el resto ya se sabe: la última gran banda que ha dado Inglaterra. Aunque en puridad a partir del segundo disco ya enfilaron la cuesta abajo (mala asimilación de la fama, demasiado uso recreativo de la nariz y la sonadísima relación Caín-Abel de los dos hermanos, donde probablemente ambos encarnan a los dos personajes).

Vi a Oasis en concierto al final de su primera etapa. Nada del otro jueves. La voz de Liam, soberbia en sus inicios, ya raspaba. La puesta en escena era un muermo: clavados sobre sus playeras con cara de mala uva (aunque les agradecí que rematasen el concierto con una soberbia versión del My Generation de mis adorados The Who).

Decir que vuelven por dinero o ponerlos a parir por macarras es fácil. Pero uno, que le vamos a hacer, siente simpatía por los Gallagher, porque la suya es una de esas historias que me gustan: gente que con las peores cartas en la cuna le echó agallas, dedicación y talento y consiguió llegar hasta arriba (y además con poquísima paciencia para las gilipolleces marquetinianas de la industria). Noel Gallagher, el hermano listo, de 58 años, siempre deja una nota de esperanza. Les dice a los olvidados de los barrios sin nombre del mundo que tú también eres alguien, que puedes brillar y vivir por siempre, que no tienes por qué conformarte con la mierda que te ha tocado.

Aunque en los noventa Tony Blair intentó acercarse a ellos y aprovecharse de su popularidad, los Gallagher son en realidad una aventura liberal. Gente que quiso ser capitana de su destino y se puso el mundo por montera. A su modo y manera, todo un ejemplo frente a la Generación Copo de Nieve actual, instalada en la subcultura de la queja y un victimismo cebado por la izquierda del derrotismo. No, los Gallagher no son del club de la paguita. Son de buscarse la vida, aunque sea a cabezazos. Me alegro de que vuelvan y que lo hagan a lo grande, que peten los estadios de medio mundo y se forren. (Y de propina, en el catálogo de Oasis está la canción favorita de mi mujer: Don't look back in anger).