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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Las noches insomnes de 'Cara Delgá'

Con el nervioso gracejo que la distingue, Marisu de Triana señala que el líder providencial se ha quedado en el chasis con tanto disgusto (y los que le faltan…)

Cuadrar los balances y elaborar los presupuestos son las funciones esenciales de todo ministro de Hacienda. La médico y aparattchick socialista María Jesús Montero cuenta con la ventaja de que no hace ni una cosa ni otra. Así que puede dedicar su tiempo a mitinear en Andalucía como candidata autonómica, regalo-castigo que le impuso Mi Persona por asomar la patita cuando el líder amagó con dimitir en abril del año pasado, desolado por los ruines ataques fachosféricos a su amada, la cuádruple imputada.

Marisu de Triana, de 59 años, sabe que se va a pegar una toña memorable contra el sonriente Moreno Bonilla, que vive un idilio electoral con los andaluces. Pero aún así no deja de ofrecer unos fogosos mítines, que combinan gracejo popular, trabalenguas incomprensibles y topicazos papagayísticos del manual del PSOE.

Siempre resulta divertido escuchar a esta nerviosa señora (o deprimente, si se piensa en el altísimo cargo que ocupa). Este sábado actuó en Jerez. Entre la sarta habitual de lugares comunes hizo un inciso para aludir a un tema muy comentado, el deterioro físico de Sánchez: «Nos estamos dejando la piel -se emocionaba nuestra Marisu-, se nos puede ver con la cara más o menos delgá, como al presidente del Gobierno, porque sufrimos, porque trabajamos, porque estamos al pie del cañón». En puridad, más que al pie del cañón, el Líder Supremo está ahora mismo en la boca del cañón, aterrorizado ante la posibilidad de que las grabaciones de Koldo disparen algún misilazo.

Cuando Sánchez llegó a la escena pública era saludado a veces como Pedro el Guapo. Se aludía a su porte atlético, de 1,90 de estatura (siete centímetros menos que el Rey, lo cual lo pone del hígado), con una dentadura blanca y perfecta, pelazo negro y unos ternos muy entallados, con corbatita estrecha. El Guapo presidía el «Gobierno bonito» y distribuía fotos propagandísticas poniendo caretos a lo JFK en el Falcon, o vídeos en plan Carros de Fuego trotando por la Moncloa con su perrita Turca.

Aplicando su manual de resistencia, Sánchez fue cometiendo todo tipo de tropelías, pero no parecían pasarle peaje psíquico ni físico. Nada más aterrizar en la Moncloa se destapó el plagio de su tesis doctoral (momento en que ya tenía que haberse largado). El resto no hace falta ni recordarlo: incumplimiento de todas sus promesas electorales, trolas gruesas y nula empatía durante la pandemia, rendición a los separatistas con indultos y amnistía…

Sánchez iba erosionando la democracia para perpetuarse pese a sus flojos resultados electorales, pero no parecía acusarlo a título personal (más allá de que no podía pisar una sola calle de España sin una sinfonía de vituperios). Ahora todo ha cambiado. En primer lugar, su imagen internacional ha cascado, cuando pavonearse por ahí en plan crack «progresista, feminista y ecologista» era lo que más le ponía del mundo. En segundo lugar, la corrupción de su Gobierno, su familia y su partido ya no se pueden enmascarar. En tercer lugar, las encuestas le van de pena. Las cuentas ya no salen (y menos con una socia como Yolanda Díaz, un cursi globo de gas que ya ha pinchado).

El lozano líder de antaño hoy semeja un vampiro de las viejas pelis de terror de la Hammer. Se nos ha quedado en el chasis y la ropa le cae floja. El rostro sigue siendo de acero inoxidable, pero ahora aparece chupado, ojeroso, macilento. Una «cara delgá», como resume Marisu de Triana. ¿Y por qué está tan delgado el gran jefe Cara Delgá? ¿Por qué le cuesta conciliar el sueño? ¿Por qué tiene los nervios a flor de piel y su tono en privado, ya de por sí arisco y desagradable, se ha tornado todavía más irascible?

La respuesta es que nadie sabe cuál es el alcance de las grabaciones de aquel barbado grandullón, antiguo portero de puti, al que Sánchez elogiaba en su día como «el aizkolari socialista», «un gigante de la militancia en tierras navarras», «un referente político en la lucha contra las consecuencias de la crisis». Cuentan que Koldo, el «referente», tenía la problemática manía de grabarlo todo. El temor a lo que pueda surgir de esos archivos es lo que consume a Cara Delgá. Ese es el Ozempic psicológico que nos lo ha dejado más chupao que aquel clérigo cerbatana del Buscón de Quevedo, genio de nuestras letras que de vivir en el tiempo presente la gozaría escribiendo la historia del sanchismo, la mejor novela picaresca de la España de nuestra era.