La santa ira
Podrán arrasarlos como ya ha sucedido en otros lugares, pero Cristo triunfará y una legión de almas va subiendo en procesión al cielo, a gozar de la presencia del Señor y a interceder por los que todavía no tenemos la fortuna de gozar de su presencia
Hace unos días Israel lanzó un ataque contra la única parroquia católica de Gaza. Imagino que para los católicos devotos del Estado de Israel, quienes le profesan más adoración que a Cristo, esto no fue más que un daño colateral. Un error que, por supuesto, hay que perdonar y olvidar.
Pero hubo muertos y la bomba impactó en el mismísimo Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. En una parte del cuerpo que además está muy viva, y que en virtud de la comunión de los santos irriga el resto del cuerpo.
Si hubiera que elegir un bando en esta guerra, —cosa que ahora parece estar de moda— no hay duda de que el único bando al que uno puede alistarse es el de esa pequeña comunidad de fieles católicos. Que además reúne dos condiciones a priori incompatibles: ser a la vez bando perdedor y bando vencedor.
Podrán arrasarlos como ya ha sucedido en otros lugares, pero Cristo triunfará y una legión de almas va subiendo en procesión al cielo, a gozar de la presencia del Señor y a interceder por los que todavía no tenemos la fortuna de gozar de su presencia.
Los mártires de Barbastro iban a la muerte cantando, y a los de la parroquia de la Sagrada Familia esta los encontró orando, hablando con el Creador. Ahora estarán todos en el cielo, con el obispo Florentino Asensio ingeniándoselas para seguir ganando almas para Cristo.
Mientras el odio de unos solo es capaz de lanzar bombas, igual que un niño en un ataque de histeria solo es capaz de hacer una pataleta, el amor de los otros es capaz de perdonar a sus verdugos, incluso de entonar un canto dando gloria a Dios en ese dramático momento.
Pueden arrasar por completo la parroquia de la Sagrada Familia, pueden acabar con los pocos cristianos que quedan en Irak o en Siria, pueden traicionar a la Iglesia católica en China, pero da igual, lo que para el mundo parecen derrotas, son signos inequívocos de la victoria final de Cristo.
Y en medio de esa batalla encarnizada entre el bien y el mal, en la que el odio es tan grande que las bombas impactan incluso en los pocos remansos de paz existentes, se mantiene en pie un patriarca con cara de mala leche, Pierbattista Pizzaballa quien, como Cristo, no abandona a sus ovejas. No solo alzando la voz por ellas, sino viviendo con ellas, sin esquivar el destino que el Señor tiene preparado para él.
Un cardenal que mantiene enhiesta la bandera de Cristo en medio del terror, con un carisma que enciende las almas. Seguramente por algo tan sencillo como ser un cardenal de la Iglesia católica que piensa y vive en católico, y por ser un hombre, no un bobalicón sentimentaloide, dulce y empático.
La gente agradece que sepa vivir conforme a su cargo, precedido por miles de mártires, y no como si de un profesor de yoga se tratase. La santa ira es algo que debería recuperarse, y más cuando algunos, con el aplauso de tantos católicos, masacran a inocentes.
La santa ira tiene una causa justa, es contra el pecado, la injusticia y el desprecio a Dios y a su ley, está dominada por la razón y la caridad, es desinteresada y busca el bien. Y esta santa ira debería llevarnos a abominar de toda la barbarie que Israel, impune y alegremente, está perpetrando bajo el amparo de la ley, los poderes del mundo y buena parte de la sociedad.
Hay que perdonar a Israel, y de corazón, pero los responsables tienen que pagar por el daño causado, y tiene que ser en esta vida, igual que cualquier hijo de vecino, el mismo Dios, cuando llegue el momento, será quien los juzgue según su justicia y su misericordia. Y esa tiene que ser nuestra lucha: perdonar y procurar que se haga justicia.