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Pedro Sánchez se ha paseado por Latinoamérica para dar impulso internacional a la campaña de deslegitimación de la derecha con la que espera sostenerse en el poder. Una campaña explotada hasta la saciedad en España, y según la cual toda derecha es realmente una ultraderecha que amenaza la democracia y los derechos fundamentales. La idea se intenta fijar en las percepciones ciudadanas con el uso masivo e indiscriminado del adjetivo ultra aplicado a personas, ideas, discursos u organizaciones de derechas. Algo que hacen tanto los líderes de izquierdas como los medios de comunicación, universidades y foros intelectuales del progresismo. Y que es un gran montaje propagandístico, pero también una campaña de odio contra la derecha.

La campaña es tan ridícula para cualquier inteligencia media que, demasiadas veces, se comete el error de reírse de ella o de minusvalorarla. Y no solo ocurre que funciona notablemente, sino que es una auténtica campaña de odio hacia el adversario político; en España, toda la derecha. Un ultra es identificado en el lenguaje habitual como un peligroso fanático y violento, que es la descripción aplicada a los grupos de espectadores violentos y peligrosos de los campos de fútbol. Y se sustituye el adjetivo extremista por ultra para fijar la imagen más rechazable y más odiosa de un grupo político. Para lo que contribuye de forma lamentable y vergonzosa la propia RAE, cuando dice, en su primera acepción, que ultra es igual a extremista, pero lo vincula a ultraderechista en su segunda acepción y no a ultraizquierdista, como si esto último no existiera. Lo que refleja el dominio y la manipulación de la izquierda entre nuestras élites intelectuales y culturales.

Y se ha ido Sánchez de gira latinoamericana para hacer la propaganda de la amenaza ultra en compañía de otros líderes del progresismo como son Lula, Petro y Boric. Es decir, junto a un presidente brasileño cuya condena por corrupción fue anulada por defectos de forma, y junto a dos presidentes de extrema izquierda como Petro y Boric. Petro, un exterrorista que reivindica su pasado, y Boric, un exlíder estudiantil partidario de la violencia que gobierna con una coalición donde están los comunistas. Todos ellos perfectamente alineados con la trayectoria de Pedro Sánchez.

Estos son los que dicen defender la democracia frente a la amenaza de la ultraderecha, con un lenguaje directamente heredado del viejo comunismo y del que no hay que reírse, porque esto sí es odio e intolerancia. Dijo Sánchez en Chile que «nuestra sociedad se enfrenta a una amenaza real, liderada por una coalición de intereses entre oligarquías de la ultraderecha, una internacional de las derechas del odio, presente en ambos continentes y también en el mundo». «Agrupémonos todos y todas», dijo también, con feminista adaptación del himno de la dictadura soviética, para llamar a la lucha de la izquierda contra la ultraderecha.

Cierto que hay algo de fin de ciclo en esta campaña sobreactuada, de miedo a la contestación internacional en marcha al tradicional dominio progresista, pero no por eso es menos grave y preocupante, porque su objetivo es, sencillamente, generar odio.