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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Prohibido el humor (excepto el de sus bufones)

Impresionante la que ha montado el retén de guardia del régimen por una simple broma menor de Feijóo de cuatro palabras

Dicen que el humor es la cortesía de la inteligencia. Alegra la vida. Engrasa las relaciones personales. En el mundo anglosajón, iniciar las comparecencias con un pequeño guiño humorístico constituye un gesto social de cordialidad casi obligado. Chesterton, un niño grandullón que respiraba ironía, veía el humor como la manera popular de señalar las auténticas verdades: «El humor se cuela por debajo de la puerta cuando la seriedad todavía está dando vueltas a la manilla».

Ahora que comienza agosto, recuerdo que por estas fechas el veterano Manuel Fraga tenía la costumbre de recibir a algunos periodistas en su chalet de Perbes, a pie de playa. Con esa cita pretendía mostrar su faceta cordial, ataviado con su enorme bañador Meyba modelo Palomares y su polo azul con los colores de España en el cuello.

Un par de veranos me encomendaron aquel reportaje. El viejo león iba enseñándote con amabilidad las estancias de su casa, bamboleándose y contando toda suerte de anécdotas: «Mi querido amigo, ese despacho que ve ahí lo compré en una subasta y pertenecía a Samuel Bronston, el productor de 55 días en Pekín».

Al salir al pequeño jardín, señalaba un enorme árbol que se erguía junto al lateral de la vivienda y soltaba un chascarrillo que habría repetido docenas de veces: «Ese árbol, una secuoya, es fuente de conflicto familiar, porque algunos creen que acabará derribando la casa. Pero no tiene que preocuparse, porque cuando eso suceda ni usted ni yo estaremos ya vivos», y se tronchaba con sus propias palabras (y yo con él, porque ciertamente tenía su coña).

La visita concluía en un pequeño almacén, donde te invitaba a elegir a modo de regalo entre tres tipos de aguardientes. En una ocasión un compañero se puso nervioso y la botella de obsequio se le cayó al suelo, rompiéndose con estrépito. Asomó entonces la otra cara, el Don Manuel tonante, que bramó: «Mi querido amigo, ¡veo que es usted tonto de baba!».

Ronald Reagan gastaba un talante siempre risueño. En el atentado a tiros de marzo de 1981 acabó con una bala alojada en un pulmón. Entrando herido al quirófano no pudo evitar una última broma con los cirujanos: «Espero que seáis todos republicanos».

Reagan había llegado a la Casa Blanca con casi 70 años, el presidente más viejo hasta entonces (hoy Trump tiene diez más). Las sátiras sobre su edad, despistes y lagunas eran constantes, sobre todo en su último mandato. Pero él se lo tomaba con gracia: «He dado orden de ser despertado en cualquier momento en caso de emergencia nacional. Incluso si estoy en una reunión con mi Gobierno», bromeó en una entrevista.

De Churchill existen docenas de anécdotas, muchas apócrifas. Algunas no pasarían el cedazo de la corrección política actual. Una noche de 1946, la correosa diputada laborista Bessie Braddock, que ni bebía ni fumaba, se cruzó en los Comunes con un achispado Churchill, entonces líder de la oposición. «Winston, estás borracho. Y lo que es peor, yo diría que desagradablemente borracho», le reprochó la diputada. El rejón cómico de Churchill fue tremendo, impensable hoy: «Bessie, querida, eres fea, desagradablemente fea. Pero la diferencia es que yo mañana estaré sobrio».

Entre las anécdotas del parlamentarismo inglés que me divierten figura una conversación entre dos diputados tories de finales del XIX, los distinguidos aristócratas Henry Chaplin y Arthur Balfour, futuro primer ministro. Mr. Chaplin sube a la tribuna e imparte una chapa tremenda a la Cámara, un abstruso discurso económico de casi dos horas. Al volver a su escaño, pregunta a su compañero de filas Balfour:

-¿Qué tal lo hice, Arthur?

-Espléndidamente, Henry, espléndidamente.

-Entonces, ¿me has entendido?

-Ni una palabra, querido Henry, ni una palabra.

En su reciente balance de fin de curso, Feijóo quiso acabar con una pincelada de humor y hablando del descanso estival dijo: «Las vacaciones están sobrevaloradas». Es una broma menor y bastante común (esa misma mañana se la habíamos escuchado en Cope al presentador Antonio Herraiz).

Pues bien, la izquierda de guardia ha puesto el grito en el cielo. «Son bromas inaceptables contra la mayoría social de nuestro país», clamaba ayer alguna exaltada tertuliana del régimen en el NODO de Intxaurrondo. «Para el señor Feijóo todas las políticas sociales están sobrevaloradas».

La ministra Elma Saiz se sumaba también al coro de los indignados: «Se le escapa su pensamiento contra todos los derechos». Las redes sociales crepitan contra tan terrible humorada fachosférica.

El Partido Prohibicionista Obrero Ex Español (alias PSOE) acabará prohibiendo hasta el sentido del humor. Excepto el suyo, claro. La comicidad sin gracia de Broncano, al que nos obligan a hacer de oro con nuestros impuestos, y las bromas blasfemas en las campanadas de la televisión pública son comicidad oficial de los bufones del régimen, que sí debe celebrarse.

El sentido del humor distinguió a muchos grandes políticos durante los siglos XIX y XX. Es una lástima que en la España actual haya sido sustituido por la pura mala uva. Padecemos a la clase política más avinagrada y antipática de la historia, en buena medida porque impera una intransigencia extrema. El humor, que casi siempre bebe de la paradoja, no deja de ser un modo agudo de cuestionarse las cosas. Y eso no se tolera en los tiempos de «progresismo» obligatorio y populismos con orejeras.

¿Han escuchado alguna vez al altivo Sánchez decir algo divertido? Jamás. El humor siempre ha sido el último escudo de defensa de los débiles frente a los poderes arbitrarios. Tal vez por eso no lo soportan.