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Un mundo felizJaume Vives

Cosas de hombres

Todo lo que huele a viril parece haber quedado relegado a algo de tiempos pretéritos, superado por un hacer más tierno, más dulce, más suave, menos vehemente, más sentimental…

El mundo está cada vez más feminizado. Basta ver cómo visten los jóvenes, los modelos de masculinidad que se les proponen, la manera de divertirse y la aversión al riesgo de la mayoría de ellos. Algunos cantan más femenino que las mujeres, otros enseñan más carne que la parienta, o van más ceñidos que ella. El espectáculo es dantesco.

Y esa feminización del mundo (que a la vez masculiniza a la mujer porque su objetivo es destruirlo todo) arrastra consigo a otras tantas realidades más allá de la moda. Y la Iglesia no queda exenta. Todo lo que huele a viril parece haber quedado relegado a algo de tiempos pretéritos, superado por un hacer más tierno, más dulce, más suave, menos vehemente, más sentimental… Y claro que debe haber lugar para todo eso pero también para lo propiamente masculino (que por supuesto, y antes de que algunos salten a degüello, puede incluir ternura, ¡faltaría más! como la de un padre por sus hijos).

Hace falta un ambiente en el que no se mire con extrañeza la vehemencia, o en el que los varones canten como hombres, no como niñas adolescentes forzando la voz pidiendo a gritos una torta caritativa. Un ambiente en el que al varón se le trate como a un hombre adulto y no como a un niño pequeño. Un ambiente en el que se promueva la austeridad, la aventura, el sacrificio, el espíritu de hermandad, en el que se asuman riesgos colectivos, se pelee el noble combate de la fe y, teniendo a san José (y no a un influencer despistado) como referente, se ayuden unos a otros a ser buenos esposos y padres de familia, padres que sepan ocupar su lugar, que es lo que necesitan los hijos; un padre y no una segunda madre.

Si uno no tiene cerca entornos así, tiene que propiciarlos para no verse arrastrado por esa ola multicolor con mucha espuma que convierte en tibio todo lo que toca.

Aquí en Madrid tuve la suerte de ponerme a buen recaudo gracias a unos amigos que nos reunimos todas las semanas para rezar, leer y estudiar varios libros durante el curso y luego cenar y compartir nuestras inquietudes, reírnos unos de otros (más de unos que de otros), y hacerlo todo acompañados de unas cervezas exquisitamente frías.

Tampoco faltan durante el año oportunidades para la aventura, el sacrificio y la ayuda mutua para pelear el noble combate.

Y esto no es una llamada a ser como el hombre cromañón (cosa que habrá adivinado cualquiera con algo de comprensión lectora), es una llamada a ser como san José, como san Agustín o como san Atanasio. En esos pequeños reductos se empujan unos otros para la consecución de los grandes ideales.

Y todo este rollo lo suelto porque escribo estas líneas desde el hospital, donde volvemos a estar ingresados con el hijo mediano. Ya ha llovido mucho desde el primer ingreso crítico (que conté someramente también en este periódico), y en este tiempo hemos tenido otros muchos ingresos, cosa que ya nos ha familiarizado con los hospitales, la comida mala y las noches en vela. Pero uno siempre se lleva recuerdos hermosos del hospital. Y digo siempre porque llevamos no menos de diez ingresos en un año y siempre salimos con algún acto edificante que contar.

Y el de esta vez que, si Dios quiere terminará en unos días, tiene dos hechos edificantes que salen ambos además de ese grupo del que hablaba, uno que alimenta el espíritu, otro que alimenta el cuerpo.

Me pasa un amigo el comentario al sacrificio de Isaac de la Sagrada Biblia de Straubinger (que es la lectura con la que hemos comenzado este curso). Cualquier padre podría pasarse la vida entera rezando sólo con este párrafo. ¡Menudo regalo! Y cito textualmente al autor: «A ningún padre pidió Dios sacrificio tan grande, mas ¡a cuántos llega el momento en que les quita de repente un ser querido! Hasta entonces les había parecido que el hijo era todo suyo por ser carne de su carne y sangre de su sangre; veían en él la prolongación de su propia vida. Pero llega el momento en que, sea por una grave enfermedad, sea por otra causa, peligra la vida del hijo; momento en que Señor les pide el gran sacrificio. Unos desoyen su voz refugiándose en cierto fatalismo; otros se rebelan haciendo valer derechos que no existen, pues Dios es siempre el dueño de la vida; algunos se someten, aceptan la voluntad divina y entregan su hijo. Ponerse en camino acompañando al hijo, que ni siquiera se da cuenta del sacrificio de los padres, quienes con angustia, esperan el momento en que será consumado su sacrificio. Muchas veces, como en el caso de Abraham, Dios se conforma con sólo la prontitud de obedecer, de someterse, de aceptar Su voluntad; otras veces indica también el monte en el que desea ver realizado el holocausto. Para María, el monte indicado fu el Gólgota; y ella, incondicionalmente, pronunció su ‘Fiat’, como en el día de la Encarnación.»

El otro amigo se acerca al hospital con una cerveza fría (que estos lugares públicos tienen la manía de no vender alcohol) el día en que tenemos nuestra reunión a la que por motivos evidentes, me ha sido imposible asistir.

La verdadera amistad no sólo es pelear espalda contra espalda contra un ejército de enemigos armados hasta los dientes, también es acercar un zumo de cebada reconstituyente que levanta el espíritu, o levantarlo con una palabra profética.

Los chicos están dejando de vivir el mundo pensado para ellos porque ya no hacen cosas de hombres. Ahora se mandan stickers por WhatsApp, cantan como nenas y lloran escuchando una canción lacrimógena. Pero lo que necesitan es un amigo que les diga una palabra de verdad en un momento complicado, otro que les acerque una cerveza (y no una pulserita con un mensaje personalizado supermono) en un momento de contrariedad y otro que, cuando se desvíen del ideal, con caridad, los espolee para que no se pierdan. Si hace falta con un guantazo.

Para no perder la vocación hay que vivirla y hay que cuidarla, y un muy buen modo de cuidar la vocación de esposo y de padre es, por supuesto, vivirla como corresponde (o sea, no como dos solteros que viven juntos), y otra cosa también muy importante es hacer cosas de hombres que nos preparen para la guerra que se está librando.