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Un mundo felizJaume Vives

Una feliz ancianidad

Unirse en matrimonio formando una familia, disfrutar de los hijos y de los hijos de tus hijos y gozar de una feliz ancianidad es lo que pedimos el día de nuestra boda porque eso es lo que el corazón, cuando no se deja carcomer por la mercancía averiada del mundo, nos pide a todos

La semana pasada tuve el privilegio de asistir a las bodas de platino (sesenta y cinco años de matrimonio) de mi tío abuelo, el pequeño de doce hermanos que aún vive, tío de setenta y dos sobrinos, muchos de los cuales asistieron a la fiesta. Celebramos también sus noventa años de edad.

Como bien imaginará el lector, la fiesta fue un regalo, una catequesis, un honor y el recordatorio de cuál es el camino a seguir. De la generación de mi tío abuelo había pocos en la fiesta. La gran mayoría la formábamos los hijos, los sobrinos, los nietos y los amigos que nos habíamos congregado para celebrar un imposible.

Empezó la fiesta de la única manera que tiene sentido hacerlo, con una solemne misa oficiada por un sobrino de los homenajeados. Es evidente que Cristo, presente en el altar, es quien ha mantenido a este matrimonio unido por más de seis décadas.

El coro familiar, los monaguillos, entre los más pequeños de la familia, y la familia entera como pueblo de Dios, dimos gracias por ese ejemplo y esa bendición. La fe encarnada, la concreción de lo que significa que la fe pase de padres a hijos.

Después vino la comida, exquisita y abundante, y la bebida, que corrió a raudales. No faltaron los discursos, las poesías, las canciones, los shows y las bromas. Todos dábamos gracias a los tiets por su testimonio y por su acogida. Algunos de los presentes, alejados de Dios, agradecieron el haberse sentido siempre acogidos y movidos a mayor bondad por el testimonio de fe del matrimonio, fe que envidian, y que, a buen seguro, Dios les concederá algún día. Quienes compartimos la misma fe, les dimos gracias por lo mismo.

Los nietos les agradecieron la transmisión del don de la fe. Y hubo una nuera que les dio las gracias porque ellos, sus suegros, se aman más ahora que cuando los conoció, y eso, después de sesenta y cinco años, es una esperanza para cualquier matrimonio. Que todos tenemos nuestros más y nuestros menos pero, con la ayuda de Dios, el amor se va purificando y creciendo. Y ellos son un buen ejemplo.

Acudió familia de Italia, de Madrid, de Navarra, de Barcelona... Son pocos los kilómetros cuando se trata de celebrar un milagro. Y ese era el ambiente que lo impregnaba todo. Los hijos cuidaron hasta el último detalle para que el evento estuviera a la altura de las circunstancias, los nietos atendieron a los invitados, conscientes de que todos acudíamos a celebrar un milagro y, al caer la tarde, nos reunimos en el jardín, rezando el rosario junto a una estatua de la Virgen, para darle gracias por tantos beneficios y pedirle más milagros como ese en la familia.

No se me ocurre aspiración más noble, camino más seguro, ni meta más elevada en la vida. La oferta es amplia y los sucedáneos más, pero lo que el corazón anhela se encuentra condensado en la historia del tiet Xavier y la tieta Mercè.

Unirse en matrimonio formando una familia, disfrutar de los hijos y de los hijos de tus hijos y gozar de una feliz ancianidad es lo que pedimos el día de nuestra boda porque eso es lo que el corazón, cuando no se deja carcomer por la mercancía averiada del mundo, nos pide a todos.

Pero ahora, que no existen los grandes ideales, la gente solo se desea salud, y por ella brindan muchos el día de fin de año. Pocas cosas me parecen más cursis y más sintomáticas de la decadencia en la que estamos instalados. Hay que saber envejecer y, a la vejez se llega la mayoría de las veces, desgastado, cuando no destruido y cubierto de cicatrices. Pero hoy parece no haber aspiración más noble que la salud y desearla al resto. «Al menos tenemos salud», dicen muchos.

No hay nada en el horizonte por lo que valga la pena perder la salud, y por eso hacemos el ridículo cuando nos la deseamos cada fin de año. Cuando lo que debiéramos desear es crecer en la fe para encontrarnos en el cielo con nuestros seres queridos. Y para conseguir eso hay que vivir, con mucha o con poca salud, ¡qué más da!, como los tiets.

Nos han dejado el listón muy alto, pero no se nos pide que lo superemos con nuestras solas fuerzas. A nosotros nos corresponde tomar carrerilla, entrenar para correr una buena carrera, dar un buen salto y llegar hasta donde podamos. Trabajar como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que, en realidad, todo depende de Dios.