Dos censuras
Conviene despertar a tiempo. Mientras discutimos sobre qué resulta prudente o qué es solo templar gaitas, dos tipos de censura avanzan sin resistencia
Uno de los vicios más persistentes en la derecha es el de debatir hasta la extenuación qué es lo correcto mientras el enemigo ya está derribando la muralla. Esa inclinación escrupulosa hacia el bien nos ha dado, eso sí, momentos gloriosos: la Controversia de Valladolid, por ejemplo, con Carlos I deteniendo la conquista de América para preguntarse si era moralmente lícita. Aquello fue el germen del derecho internacional y el debate sobre los derechos humanos, no lo olvidemos.
Entre la tibieza y la sobreactuación, solemos movernos con torpeza, lo comprobamos el pasado jueves cuando Vito Quiles anunció su aparición en la Universidad de Navarra. Muchos dudamos del sentido de ondear una bandera española justo el día del aniversario de la última bomba de ETA en aquel campus. Si el propósito era reivindicar la libertad de expresión —o el simple «españolismo»—, lo lógico habría sido hacerlo en la Universidad Pública de Navarra. ¿Fue Quiles un ingenuo o un cobarde? ¿Pretendía patear a la borrokada en el culo del Opus Dei? ¿Y la Universidad, al cerrar el campus, actuó con prudencia o con cobardía templada?
Por desgracia, ya casi no estamos para estos matices. Los límites de la libertad de expresión solo pueden discutirse cuando hay unas mínimas reglas compartidas. La primera, y más obvia, no zurrar al que opina distinto. Se vio con claridad en Pamplona: pese al cierre de las instalaciones universitarias y a la cancelación del acto de Quiles, una turba de encapuchados, uniformados de negro, entraron al campus con la intención de cazar a alguien. Resultó muy elocuente que le tocara a un periodista de El Español.
Golpear a un periodista ya es bastante grave. Que se aplauda desde el poder, infinitamente peor. Las exministras Ione Belarra e Irene Montero lo celebraron en redes como si fuera una gesta —las mismas que aún no han dicho una palabra sobre la violación brutal de una chica en Pamplona a manos de cuatro magrebíes—. Les copio el tuit de doña Ione, para que no crean que exagero:
«Han hecho más y mejor los antifascistas en Navarra por pararle los pies al odiador Vito Quiles que todo el PSOE, especialmente la presidenta del Congreso, y los que le ríen las gracias. El fascismo no es una broma y hay que detenerlo en todas partes antes de que sea tarde».
Se vuelve realidad así la famosa deformación del lema de Popper: «¡Intolerancia cero con el intolerante! Donde yo decido quién es intolerante y en qué consiste aplicar la «intolerancia cero»». La semana pasada fueron unos encapuchados, pero la licencia para amenazar y/o agredir físicamente la tienen unos pocos desde hace ya demasiado. Es una verdad que conocemos de primera mano quienes vivimos en zonas calientes del independentismo o de los que hemos pasado por universidades públicas. La única diferencia ahora es que se apoya abiertamente desde el poder político.
Sin embargo, esta exaltación de la censura a través de la fuerza bruta no es la más peligrosa. Su carácter explícito nos pone en guardia. La manada de encapuchados logró que dejáramos de discutir sobre las formas e intenciones de Quiles para mirar de frente el problema real. Y frente a esa violencia todavía actúan las fuerzas y cuerpos de seguridad. Lo contrario clamaría al cielo.
El verdadero peligro está en otro sitio. Algunos lo ven como algo lejano, apenas una sombra en el horizonte. En realidad, es una grieta por la que se cuela, poco a poco, una forma de censura estatal que se presenta como civilizada, razonable, incluso benéfica. Todo, por supuesto, en nombre de la «auténtica libertad de expresión». De nuevo, y por si piensan que resulto exagerada en mis análisis, les transcribo parte de un discurso de Obama el pasado junio:
«… Tendremos que empezar a experimentar con nuevas formas de periodismo y cómo usar las redes sociales para reafirmar los hechos y separarlos de las opiniones. Queremos diversidad de opiniones. No queremos diversidad de hechos. Esa, creo, es una de las grandes tareas de las redes sociales. Por cierto, requerirá algunas restricciones regulatorias gubernamentales».
Podría empezar la crítica al expresidente preguntando qué entiende él por «hecho» y quién decide cuáles construyen un relato objetivo y cuáles no. En Occidente tenemos, desde hace tiempo, un problema con la objetividad, la subjetividad y lo empírico. Pero ahora ese viejo dilema ha mutado en algo más serio: se insinúa que será el propio gobierno quien determine qué hechos son válidos y, peor aún, sobre cuáles se nos permite opinar.
Si les parece un planteamiento distópico, basta mirar la política británica de los últimos años. ¿La idea de un policía aporreando su puerta por un tuit «inconveniente» les suena a Black Mirror? En el Reino Unido hace tiempo que es realidad.
Conviene despertar a tiempo. Mientras discutimos sobre qué resulta prudente o qué es solo templar gaitas, dos tipos de censura avanzan sin resistencia. Una actúa a plena luz, con pasamontañas y bengalas; la otra, entre despachos y comunicados, envuelta en el lenguaje amable de la «convivencia» y la «protección contra el odio».
La censura bruta se reconoce y nos indigna; la de guante blanco se cuela sin ruido, hasta que la confundimos con sensatez. Se presenta como mejora del debate público, cuando en realidad lo sustituye. Y si no aprendemos a verlas juntas —la del puño y la del reglamento—, no tardará en llegar el día en que callar, no nos parecerá un atropello, solo una buena costumbre más.