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DivisaderoAntonio Pérez Henares

Cuando el humor nos quería hacer más felices y reír

El humor era humor y hasta tenía aquella enorme y maravillosa intención de reconciliarnos con la vida y entre nosotros también. Y era humor español. Un extraordinario, inteligente y sabio humor. Alfonso Ussía estuvo ahí y ahí estará donde esté

Han escrito aquí quienes me superaban en el privilegio de su amistad, de más frecuente trato y con mejores plumas que yo y no tenía por ello intención de repetir a peor lo ya expresado en estas páginas. Mi pesar ya lo había manifestado a quien debía hacerlo y los recuerdos compartidos están bien guardados en mi humilde tesorillo personal.

Pero tras asistir a su funeral he decidido que algo sí quería decir. Al conversar con las buenas gentes que se dieron cita allí, a bastantes con quienes me reencontré tras largo tiempo sin coincidir, al percibir el espíritu que de alguna manera nos envolvía y que emanaba de su memoria y, encima, al señalarme una joya suya en una tertulia de televisión en la que salía yo de refilón, la de los versos de su abuelo Pedro Muñoz Seca a la pareja de porteros de su vivienda que no se pudieron sobrevivir el uno al otro, que ha alcanzado por las redes hasta a los pescadores del Gran Sol, caí en la cuenta que sí podía tener algo que contar y no tanto al respecto de él, sino de lo que hemos y estamos perdiendo me temo que de manera irremediable: El humor, el bueno, el inteligente, el que aun siendo punzante como un estilete bien afilado, no tiene como base el odio y como objetivo el degradar a la categoría de sabandija sub-humana a quien busca destruir.

Alfonso Ussía, por encaste, el de su querido y siempre bien recordado abuelo de tan trágico e infame, para sus asesinos, final y por propia y generosa voluntad de deslindar y reconciliar a las gentes de buena voluntad era, si no el último, ojalá no, de esa estirpe de grandes que he tenido la inmensa suerte de conocer. Esos creadores de la risa y la sonrisa, de la honda y sencilla reflexión tras la gran carcajada. Aquellos que hacían humor para hacernos reír y con ello hacernos sentir al menos un soplo efímero, siempre lo es, de felicidad.

Daba igual, fíjense, quiénes y desde dónde nos lo dijeran. Se les conocía y daba igual el color. Cómicos, literatos, cineastas, dibujantes, viñetistas, actores o showmen de la televisión. Gila, García Berlanga, llamando al «enemigo», toreando la «vaquilla» de la Guerra Civil y el alcalde de aquel pueblo dando el pregón; la risueña bandada de «pájaros» de La Codorniz, Chumy Chumez, Mingote y toda una parva de codornicillos más; Paco Rabal, Arturo Fernández, tan truhanes, tan diferentes, tan iguales y tan amigos los dos; Tip y Coll, menuda pareja, y Tony Leblanc, López Vázquez, Gracita Morales o Alfredo Landa, que malos actores. Igualitos que los que nos dan el mitin de los Goya.

El humor era humor y hasta tenía aquella enorme y maravillosa intención de reconciliarnos con la vida y entre nosotros también. Y era humor español. Un extraordinario, inteligente y sabio humor. Alfonso Ussía estuvo ahí y ahí estará donde esté. Que vete tú a saber, no me voy a meter yo, «ateo gracias a Dios» que diría Buñuel en negaciones de la Fe de quienes tienen el don de tenerla, si no se están riendo todos juntos y soltándose las más punzantes pullas y poniéndose las más aviesas y al tiempo, amistosas zancadillas.

Y ahora, en estos tiempos grises y grasientos, ¿qué nos dicen que es humor? Pues según el 'Corán de la Progresía', hasta más prohibidor, represivo y virulento que el original, el supuesto humor es la saña, la crueldad, el desprecio y el lograr que el señalado sea considerado algo repulsivo, indigno, una sabandija a la que se debe pisotear. Al igual y por la misma senda que nos han trazado en la vida política y en la convivencia ciudadana, el presunto humor, es mayormente la espita del odio y de la humillación del contrario. No se trata de que las gentes rían, sino de que se cabreen, se enfrenten y se líen a garrotazos en la cena de Navidad. Lo que persigue es envilecer al otro, mofarse y escarnecer de la más grosera manera al contrario, hasta deshumanizarlo y poder convertirlo en algo que no se tenga problema ni haya reparo ético o moral en destruir.

Ahora quien llama al 'enemigo' no es Gila, sino uno que se hace llamar Gran Wyoming. Y no lo hace para parar la guerra, sino para propiciar la sensación de que estamos metidos ya en un estado de guerra civil emocional. Es siembra de odio, pero dicen que no, que eso es humor. ¡Y una mierda se muere la jota! Si eso tiene siquiera algo que ver.

In memorian del maestro Ussía