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Desde la almenaAna Samboal

El mundo en blanco y negro de Albares

España es una potencia intermedia que, por sus propios intereses, debe jugar un papel relevante en el nuevo diseño internacional. Y al frente del país hay un gobierno del que nuestros socios tradicionales desconfían y sin respaldo institucional para tomar decisiones

«La alternativa que se presenta en estos momentos es entre derecho internacional o ley de la selva, ley del más fuerte; entre autoritarismo y democracia». En estos términos define el desafío al que se enfrenta el mundo el ministro Albares. Y, para que no quepa duda alguna, el Gobierno del que él forma parte está en el lado de los buenos. Quien no comparta su visión será condenado automáticamente. Así comienza 2026 en la Moncloa, con una nueva ración de polarización servida en bandeja: o conmigo o contra mí. Porque de algo tienen que seguir viviendo, estando, como están, atados de pies y manos. Cuanto más ruido internacional, que irá in crescendo, menos se cuestionará su mandato caducado, con un parlamento en contra y sin presupuestos en toda la legislatura. Si ese modo de gobernar no es autoritario, habrá que cuestionar la definición que hace el titular de Exteriores de autoritarismo.

Autoritario era el dictador Nicolás Maduro, que torturaba y mataba a sus conciudadanos. Autoritario es el dictador Vladimir Putin, que envía a la muerte a los soldados rusos para hacerse por la fuerza con Ucrania. Donald Trump es el presidente que los norteamericanos han elegido en las urnas, un señor con muy malos modales y muy poca educación, preocupado por hacer valer al precio que sea los intereses de su país, que ha enviado a su ejército a Caracas a detener al jefe de una banda de narcotraficantes que había usurpado el poder. Aún es temprano para saber si lo ha hecho saltándose a la torera el derecho internacional o si ha actuado por invitación expresa del gobierno ilegítimo venezolano que ahora controla el país. A medida que pasa el tiempo y se desarrollan los acontecimientos, da la impresión de que hay más grises en esa operación que los blancos y negros que, por razones de consumo interno, intenta pintar Albares. También la revolución que propició la Administración Obama en Egipto parecía a primera vista un triunfo de la libertad y no era más que un autogolpe del Ejército, apoyado por Washington, para quitar de en medio a un Hosni Mubarak que había olvidado a quién debía su posición y que actuaba en contra de sus intereses.

La geopolítica, las relaciones internacionales siempre son más complejas de lo que, educados como estamos en el buenismo, estamos dispuestos a tolerar. Por más que la izquierda invoque el multilateralismo, hace tiempo que saben –o deberían saber– que la ONU saltó por los aires. Con China y Rusia a un lado y Estados Unidos y las potencias nucleares europeas a otro, el Consejo de Seguridad es inoperante. Y la asamblea es una amalgama de países entre los que abundan más las dictaduras de todo pelaje que las democracias. Lo sabe el titular de Exteriores y por eso resulta cuando menos curioso que invoque la legalidad internacional el mismo gobierno que, encargado por Naciones Unidas de velar por la autodeterminación del Sáhara, haya entregado el territorio con nocturnidad y a espaldas del Congreso a la soberanía del autoritario rey de Marruecos.

El mundo ha cambiado en estos doce meses. Se está partiendo en dos bloques, las amenazas son crecientes, las certezas de la pax americana se desvanecen. Y en Moncloa sobran las consignas y faltan explicaciones. España es una potencia intermedia que, por sus propios intereses, debe jugar un papel relevante en el nuevo diseño internacional. Y al frente del país hay un gobierno del que nuestros socios tradicionales desconfían y sin respaldo institucional para tomar decisiones.