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TribunaMiguel Boronat Roda

¿Polarización?

Acordémonos de cómo hace unos meses, tras el asesinato de Charlie Kirk por parte de un ultraizquierdista radical, por solo manifestar sus legítimas ideas, algunos recurrieron al uso del término «polarización» como si Kirk mereciera su destino o lo hubiera provocado por simplemente opinar

Es innegable que vivimos un momento de fuerte confrontación política. Dos bloques claramente diferenciados chocan de manera constante, tanto en España como en buena parte del mundo occidental. A este fenómeno se le ha dado un nombre que se repite hasta el agotamiento: 'polarización'.

La palabra, que designa desde un fenómeno físico hasta la fragmentación social, ya fue elegida «palabra del año 2023» por la Fundéu RAE (Fundación del Español Urgente), precisamente por su omnipresencia mediática.

Pero la pregunta clave sigue sin abordarse con honestidad: ¿qué ha provocado esta polarización?, o mejor dicho, ¿quién?

En el caso español, la respuesta resulta especialmente clara. Hasta principios de los años 2000, España funcionaba con una alternancia política ya normalizada entre PSOE y PP, similar a la de otras democracias consolidadas como el Reino Unido o Estados Unidos. Ese equilibrio se rompió a partir de 2004 (recordemos los atentados del 11M y el primer gobierno de ZP). Desde entonces, una parte de la izquierda, la que mandaba, optó por un camino distinto: imponer su proyecto ideológico sin espacio real para el debate, sustituyendo la argumentación por la afirmación rotunda y la respuesta por la descalificación del disidente.

La estrategia fue eficaz. Mediante un dominio notable del lenguaje y de la comunicación política, la izquierda, superior en estas artes a la derecha, logró construir marcos mentales en los que no solo se definía qué era bueno o malo, sino quién lo era y quién no. Lo facilitaba su relativismo, basado más en el deseo que en la realidad, que permitió señalar, etiquetar y excluir sin necesidad de dar explicaciones ni de debatir. Frente a ello, la derecha tradicional, descolocada y desprevenida, reaccionó con miedo, si es que reaccionó: miedo a esa izquierda segura de sí, a los medios dominados o influenciados por esta, miedo a la presión social y miedo a parecer «incorrecta». Renunció a dar la batalla y aceptó como inevitables imposiciones ideológicas que nunca habían sido consensuadas.

Los gobiernos de Zapatero simbolizaron esa ruptura del consenso que había costado décadas construir. Leyes fundamentales se aprobaron sin voluntad de integrar, reabriendo heridas históricas y generando nuevas fracturas sociales. La respuesta posterior, si se le puede llamar así, con la mayoría absoluta de Rajoy, no corrigió el rumbo: se optó por la gestión económica y se evitó cualquier confrontación ideológica, aun a costa de romper importantes compromisos electorales. El resultado fue la descomposición del centro-derecha y la pérdida de una base electoral que ya no se sentía representada.

Es esa descomposición del PP, y no otra cosa, lo que provocó el nacimiento de Vox, al que algunos desacertadamente colocan al nivel de extremismo de antisistemas radicales como los que sí hay en la izquierda, y en el separatismo catalán y vasco.

Lo más llamativo es que ahora se utilice el término polarización, y no es casualidad, para equiparar a quienes provocan con quienes reaccionan a esa provocación. Se presenta como simétrica una tensión que no lo es.

Acordémonos de cómo hace unos meses, tras el asesinato de Charlie Kirk por parte de un ultraizquierdista radical, por solo manifestar sus legítimas ideas, algunos recurrieron al uso del término «polarización» como si Kirk mereciera su destino o lo hubiera provocado por simplemente opinar.

Se habla mucho de extremismos en abstracto, incluso desde instituciones, como la Corona, que deberían distinguir con mayor precisión, olvidando que no es lo mismo empujar que caer empujado. Ser provocador que ser provocado”.

  • Miguel Boronat es consultor y empresario