Fundado en 1910

Groenlandia es tan grande como Arabia Saudí, pero tiene los habitantes de Cuenca, de mayoría inuit. Es una de las islas más grandes del mundo y bajo el hielo, que cubre el 80 % de su superficie, se cobijan los yacimientos de tierras raras más grandes del planeta, además de espectaculares reservas de uranio, gas, petróleo, oro o níquel, entre otros tesoros de la naturaleza claves en la industria y la tecnología del presente y del futuro.

Pero sobre todo es la aduana del tráfico marítimo en la zona ártica, cuyas rutas son cada vez más navegables y ofrecen una oportunidad a China para solventar uno de sus grandes problemas: su dificultad para encontrar salidas directas a aguas profundas de su flota mercante y militar, una necesidad casi existencial para cualquier país que quiera tener una posición dominante.

Todo eso explica la obsesión de Donald Trump por ese pedazo inmenso de hielo, que de caer del lado de China, Rusia y Corea del Norte supondría un formidable problema para Occidente, que en la parte europea ya está para el arrastre por ese compendio de primeros ministros, comisarios y demás iluminados que dedican más tiempo a fastidiar a sus agricultores, sus fabricantes de coches y su industria y sector primario en general que a ganarse un sitio en un futuro cambiante e incierto.

Ese es el asunto, y no las barbaridades sobre el presidente americano que sueltan al respecto los mismos que el sábado pasado le llamaron nazi, expansionista y totalitario por hacer algo tan saludable como meter entre rejas a Nicolás Maduro y, con ello, lanzar un mensaje de paso a la expansionista China, que tiene poder económico, tecnológico y militar y no puede controlar además Hispanoamérica y el Ártico sin que alguien haga algo.

Y ese alguien, por la dimisión de Europa, es América, con las peculiaridades, excesos y caprichos de su presidente, sin duda, pero también con el acierto estratégico de ofrecer resistencia al crecimiento de China y de todos sus satélites: si la alternativa a los planes árticos de Pekín es «un trineo con más perros», como dijo Trump de las medidas defensivas de Dinamarca para Groenlandia, no parece sobrar algo más enérgico desde Washington, dado que Berlín, París, Madrid y Londres se dedican mientras a buscar su lugar en un incierto mundo que no se lleva bien con tibios, indolentes y burócratas.

Es cierto que quedarse con Groenlandia dinamitaría aún más la OTAN y lanzaría un mensaje inquietante a Moscú, una especie de invitación a terminar lo de Ucrania y empezar lo siguiente, pero expresar ese deseo y no culminarlo supone todo lo contrario: envía el recado a China y da otra oportunidad a Europa para hacerse mayor y actuar como se espera de un adulto en una tempestad. Es decir, cogiendo el timón y salvando a los niños; no preguntando si nos podemos bañar y cuándo se llega a destino.

En la parte doméstica del asunto, resulta entre hilarante e indignante la postura de Pedro Sánchez, siempre cercana al chavismo y ahora empeñado en ejercer de antiamericano, muy preocupado por la unidad de Groenlandia con Dinamarca.

Una lástima que no esté igual de inquieto por la cohesión de España, zaherida por el independentismo al que él ha entregado las llaves de La Moncloa, ni por la existencia de una colonia inglesa en nuestro país ni, desde luego, por los planes expansionistas de Marruecos en el Sáhara, Ceuta, Melilla y hasta Canarias: primero los esquimales y luego, ya si eso, los españoles.