Paradoja de la gallina sostenible
Ayer como hoy, una isla sin recursos vivía del comercio. Antes se trataba del comercio marítimo mientras que hoy mercadeamos con el trajín de personas ávidas de sol y playa. Bien mirado, es lo mismo.
Si tras los fastos de Sant Sebastià, amigo lector, no tiene una cita en Madrid para participar en Fitur es que usted no es nadie. Lo siento, pero es así. Y de eso no va a poder echarle la culpa a Trump, ni siquiera a Pedro Sánchez. Es que usted, amigo, no pinta una mona. Tan sencillo como eso.
La Feria Internacional de Turismo de Madrid es, en efecto, cita ineludible para políticos, hoteleros, tour operadores y, en general, para todo el amplio sector que trabaja en el negocio que realmente nos da de comer -a unos más que a otros, claro- en una tierra en la que carecemos de industria, con un sector primario en peligro de extinción y un comercio minorista que entra y sale de la UCI.
El otro día estuve en la presentación de un libro -el número 2 de la colección que tengo el privilegio de dirigir- en la cual el historiador Antonio Ortega dibujó para los asistentes un nítido panorama de lo que fue la sociedad mallorquina del siglo XIV. Ayer como hoy, una isla sin recursos vivía del comercio. Antes se trataba del comercio marítimo mientras que hoy mercadeamos con el trajín de personas ávidas de sol y playa. Bien mirado, es lo mismo porque, en el fondo, ni la tierra ni la sociedad mallorquina dan para más.
La cosa se ha complicado mucho porque en las últimas cuatro o cinco temporadas ha venido tanta gente que aquí no cabía un alma
En la etapa pre pandémica -incluso mucho antes- las instituciones y las empresas participaban en Fitur con un objetivo elemental: incentivar a los turistas -nuestra mercancía- a visitar la tierra de los mercaderes. Claro que ahora la cosa se ha complicado mucho porque en las últimas cuatro o cinco temporadas ha venido tanta gente que aquí no cabía un alma. Tanto era así que los nativos y asimilados teníamos que recluirnos en nuestras casas para hacer un poco de sitio.
Así fue cómo surgió la turismofobia, predicada y practicada por personas y colectivos que, generalmente, viven del erario público y que no saben -o no quieren saber- que sus sueldos provienen de los impuestos que genera la actividad de los trabajadores y empresarios que, en una proporción apabullante, trabajan directa o indirectamente con el turismo.
Desde que el comercio de trajinar personas con fines vacacionales adquirió tan mala prensa, hemos tenido que añadir objetivos a la actividad terciaria. Ya no se puede hablar de «turismo» a secas , ahora cabe añadir la palabra «sostenible». Todo ha de ser sostenible en esta ya superado primer cuarto de siglo porque, en caso contrario -nos dicen los sabios- eso no se sostiene. En pocos días, un año más, los profanos en la materia habremos de asistir a la paradoja de ver a la Mallorca «bien» volcada en una multitudinaria feria turística que ya no pretende atraer a más turistas. Se repetirán todos los argumentos al uso para dar a entender que, al contrario de lo que antes ocurría, ya no queremos más visitantes.
Habrá que ver qué nuevo encaje de bolillos han ideado los sabios para conseguir el tan ansiado equilibrio
Ahora el turismo debe ser de calidad y no de cantidad, hay que vigilar lo que ahora se llama la «presión humana» para evitar que a los mallorquines nos ocurra lo que tanto temía el jefe de la tribu de Asterix, pero al revés: que la tierra se hunda bajo nuestros pies. Habrá que ver qué nuevo encaje de bolillos han ideado los sabios para conseguir el tan ansiado equilibrio: que la mercancía humana no deje de venir pero sin molestar al hombre -y a la mujer- ni a la tierra.
Hay turistófobos que llevan su oposición a extremos radicales. Mi amigo el doctor en ciencias químicas -que ya me manifestó su oposición total al negocio turístico cuando le hice una entrevista allá por los años 80 del siglo pasado- ha llegado al extremo de auto exiliarse a una remota ciudad alemana para no tener que aguantar el espectáculo de una Mallorca entregada por completo -según dice- a la adoración del becerro de oro. Él no va a acudir a Fitur, no lo haría ni con una ametralladora a la espalda. Tampoco se le puede reprochar que viva de los fondos del Estado. La suya, es una turismofobia intelectual, que expone con pasión a quien se le ponga por delante.
Otros muchos sí irán a Madrid, encantados de haberse conocido. Dirán lo que les habrán dicho que digan, se harán fotos frente al expositor de Baleares -con un poco de suerte junto a los Reyes- y regresarán cansados y satisfechos explicando que la gallina de los huevos de oro sigue viva. Y sostenible, por supuesto.