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El ojo inquietoGonzalo Figar

El Gobierno de los inútiles y el silencio de las élites

Y ¿dónde está la gente que tiene poder e influencia para cambiar las cosas? Vosotros, élites empresariales, financieras y culturales de este país: ¿vais a hacer algo en algún momento? ¿Vais a abrir la boca? ¿O vais a seguir confiando en que esto se arregle solo mientras intentáis no mojaros demasiado?

Cuando colocas al frente del Ministerio de Fomento a un incompetente tras otro; cuando uno resulta ser un putero y corrupto y el siguiente un activista de Twitter sin dos dedos de frente, pasan cosas. Trenes que dejan de ser fiables, infraestructuras que se degradan, un sistema que empieza a fallar por todos lados cuando antes era un orgullo nacional. Y, al final, accidentes mortales. Gente que muere. Así que conviene decirlo sin rodeos: poner inútiles sectarios a gestionar las infraestructuras de España tiene consecuencias. Y no son abstractas.

Pasa algo parecido cuando se coloca en el gobierno a gente que cree que el ser humano es un virus para el planeta, que el hombre sólo daña a la madre naturaleza con su desarrollo desaforado. Cuando se destruyen presas y azudes, cuando se impide limpiar cauces, cuando se prohíbe cualquier intervención razonable en ríos y barrancos en nombre de una naturaleza idealizada. Luego llega una dana, el agua arrasa pueblos enteros y muere gente. Y entonces nos llevamos las manos a la cabeza, como si fuera un fenómeno inexplicable.

Lo mismo ocurre con los montes. Cuando no se deja limpiar, cuando no se permite recoger leña, podar o gestionar el terreno porque todo es intocable, lo que tienes es pólvora acumulada. Luego llega el verano y, con la ayuda de los malditos pirómanos, arde media España y volvemos a hablar de mala suerte, de cambio climático y de fatalidades inevitables. Pero no lo son. Son, otra vez, consecuencias muy concretas de decisiones muy concretas.

Si pones a comunistas a gestionar el mercado de la vivienda, no te extrañe que comprar una casa sea imposible y que la vivienda ya sea el principal problema para los españoles. Si intervienes precios, penalizas a propietarios, proteges la okupación y dificultas construir, el resultado no es ningún misterio: menos oferta, precios más altos y jóvenes expulsados del mercado.

Si pones a comunistas a legislar el mercado laboral, no te sorprendas de que contratar sea cada vez más caro y difícil, de que la economía se estanque y de que el empleo se precarice.

Si tienes un gobierno secuestrado por los nacionalistas, no te extrañes de que la unidad de España se debilite. Un Gobierno que sobrevive pagando peajes constantes, troceando España y desintegrando poco a poco el proyecto común. Cada concesión debilita un poco más la nación, cada cesión erosiona la igualdad entre españoles. También aquí hay consecuencias, quizá menos inmediatas, pero profundas y duraderas.

Esto no va de gustos ni de discrepancias políticas legítimas. Esto va de que España va mal. Muere gente. Se arrasa el territorio. La economía se empobrece. El país se fragmenta. Y todo ello no es casualidad, sino el resultado directo de poner a inútiles, sectarios, chapuzas y activistas cegados por ideología a gestionar cosas que requieren seriedad, sentido común y foco en resultados reales.

Y ¿dónde está la gente que tiene poder e influencia para cambiar las cosas? Vosotros, élites empresariales, financieras y culturales de este país: ¿vais a hacer algo en algún momento? ¿Vais a abrir la boca? ¿O vais a seguir confiando en que esto se arregle solo mientras intentáis no mojaros demasiado?

Porque, seamos honestos, lleváis años jugando a lo mismo. Al perfil bajo. A la neutralidad calculada. A no levantar la voz para no molestar al poder político de turno, aunque ese poder sea manifiestamente nefasto. Habéis optado por el colegueo con todos, por llevaros bien con cualquiera que mande con tal de comprar excepciones, un par de páginas en el BOE que os permitan esquivar las medidas más dañinas de cada ministro iluminado.

Lo mismo en el terreno cultural y mediático. Habéis intentado comprar el favor de la izquierda radical financiando sus causas, sus medios, sus proyectos culturales, sus series, sus narrativas. Habéis asumido que pagando, patrocinando y anunciándoos obtendríais una especie de inmunidad moral, una protección frente al ataque ideológico.

Pero esa estrategia no funciona. España va mal. Y va mal de verdad. Y la gente a la que intentáis apaciguar con prudencia, dinero o silencio no está interesada en un equilibrio estable. No cree en convivir con vosotros. Cree en la confrontación permanente, en la división y en la esquilmación como método político.

Pensar que mientras el país se fragmenta y se degrada vosotros vais a estar a salvo es una ilusión. Las mismas políticas que hoy destruyen trenes, montes, ríos y mercados acabarán yendo a por vuestras empresas, vuestro patrimonio y vuestro modo de vida. No porque seáis culpables, sino porque esa es la consecuencia inevitable de dar oxígeno a los radicales.

Por eso ha llegado el momento de replantearse esa prudencia. De asumir que callar también tiene efectos. Que no elegir es, en sí mismo, una elección. Y que quienes sí tenéis poder no podéis seguir actuando como si no lo tuvierais, porque vuestro país necesita un cambio ya.

No hace ni siquiera falta que alcéis la voz de forma sonora, aunque sería deseable. Pero sí que al menos dejéis de compadrear con políticos incompetentes y sectarios; dejéis de sostener medios que os desprecian y legitiman este deterioro; dejéis de pagar proyectos culturales que venden una narrativa radical que destruye el país en el que vivís. Y, en paralelo, ya que vosotros no habláis, que empecéis a apoyar con claridad medios, fundaciones, proyectos educativos e iniciativas que defiendan una España sensata, funcional y libre.

España necesita y merece que quienes tienen poder la defiendan.