Cuentos de hadas monclovitas
La España real, el país que levanta la persiana cada día para que esto funcione, empieza a decir basta. No arderá el centro de Madrid, como en los días de la crisis económica, porque no están organizados para hacer manifestaciones ni probablemente les interese generar caos alguno, pero eso no quita ni un ápice de valor a su hartazgo
Presume el presidente de que nuestro sistema ferroviario es uno de los mejores del mundo. A la vista del incremento exponencial de descarrilamientos y accidentes, de vías dañadas, retrasos y disfunciones sin fin y de los andenes atestados de sufridos pasajeros, no quiero imaginar cómo será el peor.
Asegura con serenidad Pedro Sánchez que los protocolos se aplican. A la vista del resultado, casi medio centenar de vidas perdidas, solo cabe preguntarse si fueron Jessica y Joseba los que los diseñaron, puesto que es evidente que el cumplimiento de esos protocolos –en el caso de que se cumplan– no garantiza un servicio fiable ni seguro.
La propaganda oficial se estrella cada día contra la realidad que padecemos. De ahí la dificultad que tiene el gobierno para que su relato cale entre la opinión pública. Podrán jalear los miles de kilómetros de vía, pero no podrán ocultar los perjuicios que padecen diariamente millones de personas. Podrán exhibir chequeras para simular que los sindicatos de clase desconvocan huelgas que nunca habían convocado, pero si los maquinistas, que conocen la vía como la palma de su mano, siguen en paro porque temen por su propia integridad física, porque sienten miedo, no podremos volver a confiar en la seguridad del servicio. Si acaso, los amiguetes de UGT y Comisiones Obreras contribuirán a salvar la cabeza del ministro. Poco más. A lo mejor, ese era el único objetivo.
Regar con miles de euros a las grandes centrales sindicales ha permitido al gobierno generar una falsa sensación de placidez. Está agotándose. Los ferroviarios paran. Los médicos paran. Los agricultores se manifiestan. Policías y guardias civiles se sienten desprotegidos. Los jueces se ven acosados. Los autónomos, comerciantes, taberneros o profesionales liberales, asfixiados por Hacienda y la Seguridad Social, tiran la toalla. A los empresarios los han demonizado. La España real, el país que levanta la persiana cada día para que esto funcione, empieza a decir basta. No arderá el centro de Madrid, como en los días de la crisis económica, porque no están organizados para hacer manifestaciones ni probablemente les interese generar caos alguno, pero eso no quita ni un ápice de valor a su hartazgo. El deterioro es tan profundo que el país que se jacta de presidir Pedro Sánchez, severamente aquejado del síndrome de la Moncloa, ya no existe.