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El ojo inquietoGonzalo Figar

¿Estamos educando bien a nuestros hijos?

Haidt propone cuatro medidas que suenan sorprendentemente razonables: retrasar el acceso al móvil, prohibir las redes sociales antes de los 16 años, eliminar los teléfonos de los colegios y, por último, sustituir el tiempo de pantalla por juego libre y autonomía progresiva

Hace unos años, la periodista Lenore Skenazy dejó que su hija de nueve años cogiera sola el metro de Nueva York. No fue una locura ni una temeridad: era un trayecto corto y bien planeado; la niña conocía la ruta, sabía qué hacer si algo salía mal y llevaba tiempo demostrando a sus padres que era capaz de cierta independencia.

Skenazy escribió un artículo contando aquella experiencia y la reacción fue descomunal. Fue acusada de irresponsable, de mala madre, de poner a su hija en peligro. Y aquello, más que un debate sobre ir en metro, acabó convirtiéndose en algo mucho más profundo: una discusión sobre la autonomía de los niños y la forma en que estamos decidiendo criarlos.

De ahí, Skenazy escribió Free-Range Kids, un libro que defendía una idea tan sencilla como incómoda: que un niño necesita espacio, pequeñas dosis de riesgo y un poco de mundo real para aprender a ser persona. La autora se preguntaba en qué momento dejamos de confiar en la capacidad de los niños y empezamos a hacerlo todo por ellos, a protegerlos de todo, incluso de lo que les ayuda a madurar.

Esa intuición resonó en los oídos de un profesor de la Universidad de Nueva York. Jonathan Haidt, psicólogo social, empezó a observar algo que le desconcertaba: llegaban a sus aulas alumnos ya adultos, bien formados, pero emocionalmente frágiles. Jóvenes que pedían «espacios seguros», que interpretaban el desacuerdo como una agresión, que vivían cualquier incomodidad intelectual como una amenaza. Jóvenes incapaces de aceptar el rechazo, la frustración o la oposición. Adultos legales, niños emocionales.

Junto a Greg Lukianoff, Haidt puso palabras a ese fenómeno en La transformación de la mente moderna. El libro describía a una generación educada para evitar cualquier malestar y que, paradójicamente, llega a la supuesta madurez sin herramientas para enfrentarse al mundo real. Si un niño nunca se equivoca, nunca asume un riesgo mínimo, nunca se frustra, nunca se cae… ¿Cómo va a construir carácter?

Para explicarlo, Haidt recurría a una idea muy intuitiva: la antifragilidad. Un hueso no se fortalece evitando la presión, sino recibiéndola. El carácter y la mente funcionan igual. Los niños no se vuelven fuertes porque todo sea fácil, sino porque aprenden a manejar lo difícil, algo que nuestros abuelos ya sabían, vaya. Y ahí aparece la contradicción: en el mundo moderno criamos a niños cada vez más seguros y, al mismo tiempo, cada vez menos capaces de sostenerse solos.

Pero, por si fuera poco, hay que añadir un elemento más actual: la digitalización total de la infancia.

Eso es lo que Haidt aborda en su último libro, publicado hace un par de años, La generación ansiosa. Describe un cambio profundo en la experiencia misma de crecer. La paradoja de nuestro tiempo es brutal: hemos sobreprotegido a los niños en el mundo físico y los hemos dejado absolutamente desprotegidos en el digital. No pueden ir solos al parque, pero pueden pasar horas en redes sociales sin la más mínima preparación emocional. No pueden caminar dos calles sin un adulto vigilándolos, pero pueden recibir contenido dañino a cualquier hora del día. No pueden gestionar un pequeño conflicto en el recreo sin intervención adulta, pero viven expuestos a un escrutinio permanente a través del móvil.

Este cambio no parece menor. Desde 2012, cuando el smartphone se convierte en una extensión del cuerpo adolescente, en todo el mundo desarrollado se han disparado los casos de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios, aislamiento social y, de forma especialmente triste, el suicidio adolescente. No hay pruebas concluyentes de una relación causal directa entre redes sociales y estos males, pero cuando el río suena…

Antes, el colegio acababa y el ruido social se apagaba. Hoy no. Hoy continúa en el móvil, en la cama, a cualquier hora. Comparación constante. Exposición permanente. Y, mientras tanto, desaparecen el juego libre, el riesgo, el aburrimiento, la experiencia física del mundo. Todo aquello que, durante generaciones, ayudó a construir carácter.

En este contexto, Haidt propone cuatro medidas que suenan sorprendentemente razonables: retrasar el acceso al móvil, prohibir las redes sociales antes de los 16 años, eliminar los teléfonos de los colegios y, por último, sustituir el tiempo de pantalla por juego libre y autonomía progresiva. Es decir, dejar que los niños jueguen e interactúen sin que haya siempre un adulto vigilando e interviniendo cada pequeña discusión o conflicto.

Y lo interesante es que estas ideas empiezan a salir del debate intelectual para entrar en la política real. El 10 de diciembre, Australia se convirtió en el primer país del mundo en prohibir legalmente el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Algunos estados de Estados Unidos estudian medidas similares y, con probabilidad, más países se unirán a la tendencia. En España, Sánchez ha anunciado algo similar, aunque ha aprovechado para colar que eso tiene que ir de la mano con el control de los «discursos de odio». Mira qué cosas, usar a los adolescentes para censurar las redes.

No creo que esta sea la solución, la verdad. Yo no soy defensor de arreglar problemas a base de prohibiciones estatales. Ninguna ley sustituye la responsabilidad de los padres y de los propios adolescentes, ni arregla por sí sola una cultura entera. Además, habrá efectos secundarios, obstáculos prácticos de verificación de edad y límites evidentes. Pero, más allá de esta medida concreta, sí me parece muy interesante y necesario debatir sobre la forma de criar, educar y formar el carácter de nuestros hijos en el mundo moderno.