Juliette y Miles
Disculpen un inciso sentimental, una pequeña gran historia de amor imposible para el fin de semana de San Valentín
En la primavera de 1991, un sexagenario estadounidense con la salud destrozada intuye que le quedan solo unos meses, así que debe visitarla una última vez, la del adiós. El hombre, de aparatosas gafas ahumadas y vestimenta barroca chirriante, se presenta en la acogedora casa de la mujer en la Costa Azul. Ella es una francesa de su misma edad, que gasta una de esas fragilidades de hierro. En un momento dado, la mujer sale a la terraza para contemplar su jardín a la caída de la tarde y entonces escucha su risa de lija. Se gira y le pregunta de qué se ríe. «En cualquier esquina del mundo te reconocería solo con ver esa espalda», se limita a responder él, que morirá poco después en California, un 28 de septiembre, con 65 años.
Ella disfrutó de una vida mucho más larga, hasta los 93. Se casó tres veces, coleccionó ilustres amantes, se convirtió en una leyenda de Francia, pero nunca lo olvidó. A los 80 años le dedicó un texto en un periódico, que acababa con esta frase: «Entre él y yo existió una gran historia de amor, de esas que querrías que todo el mundo pudiese experimentar alguna vez. Nunca nos perdimos el uno del otro».
Miles Dewey Davis III, cuyo centenario se celebra este año, fue un genio de la música. También un hombre muy complicado, controlador, de propensión iracunda, dolido por el racismo, con una fase de adicción a la heroína y baches de salud. Un periodista resumió con gracia el reto de entrevistarlo: «Te hacía sentir que su concepto de ser educado consistía en no darte un puñetazo».
No le gustaba la palabra jazz -«un invento de los blancos para desdeñar algo que no podían tocar»- y proclamaba que él hacía «música social». Como artista siempre fue un paso por delante (o dos). Era fibroso y medía solo 1,69, pero emanaba de él una autoridad acerada. Hablaba con rasposa voz de grajo y le gustaban los caballos, el boxeo, las mujeres guapas, el baloncesto, los bólidos italianos -estampó un Lamborghini- y la ropa cara. Era un hombre orgulloso, un músico negro hijo de un dentista del Este de San Luis de cómodo patrimonio.
En una madrugada de calor pegajoso de 1959, cuando ya era una estrella, Miles salía de tocar del club Birland de Manhattan con una rubia despampanante del brazo. Un policía le dio el alto sin motivo, lo humilló y acabó abriéndole la cabeza de un porrazo. Se lo llevaron a comisaría con la pechera de su camisa elegante arruinada por las manchas de sangre. «Aquello me cambió para siempre. Me hizo más amargado y cínico».
En 1987, Miles, de 61 años, de vuelta de todo y con las caderas averiadas, acude con su tercera mujer a una cena de gala en Washington, presidida por Shultz, el secretario de Estado de Reagan. En su mesa han sentado a la mujer de un político, que en un momento dado le dice: «Tú eres un músico de jazz, ¿no?». El orgullo de Miles estalla al instante en forma de bofetada dialéctica: «Yo soy Miles Davis y he cambiado la historia de la música cinco o seis veces. Tú, aparte de acostarte con ese, ¿qué has hecho por este país?».
Juliette Gréco tuvo una juventud de novela dura. Hija de una madre soltera que no la quería, a los 16 años fue detenida por la Gestapo en París, porque su familia formaba parte de la resistencia. Su madre y su hermana acabaron en Ravensbrück, donde sobrevivieron al liberar el campo los rusos. Sola en París, Juliette comenzó a hacer sus pinitos como actriz y como rapsoda en la radio. Pronto se convirtió en una especie de mascota de los existencialistas -de hecho fue Sartre quien la animó a cantar- y en la chica de moda de la bohemia de Saint-Germain-des-Prés.
En mayo de 1949, Miles, de 22 años, casado y padre de dos hijos, el músico que pronto será coronado como el «rey del cool», llega por primera vez a París. El trompetista, que gastaba por entonces una atildada elegancia a lo Fred Astaire, actúa en una sala de conciertos desvencijada, la Salle Pleyel. No hay entradas, pero la mujer de Boris Vian cuela a Juliette para verlo entre bambalinas. «Era como una escultura de Giacometti, un hombre guapo pegado a su trompeta, un espectáculo en sí mismo, que te enganchaba aunque no supieses nada de jazz».
Tras el concierto, el músico y la actriz coincidieron en una cena de intelectualoides. Acabaron paseando solos, mano a mano a la vera del Sena, en una situación imposible: él no hablaba francés, ni ella inglés. Pero se enamoraron aquella misma noche. «No sé cómo nos entendimos. El milagro del amor», evocaba ella.
Tiempo después, Sartre preguntó a Miles por qué no se había casado con Juliette, si era como decía el amor de su vida. La respuesta es conocida: «La quiero demasiado como para hacerla infeliz». La interpretación habitual es que Miles creía que un matrimonio entre un negro y una blanca sería fuente de sufrimiento en los Estados Unidos de entonces. Pero puede también que supiese que él mismo albergaba el germen de la infelicidad, por su carácter voluble, fierro y hasta violento.
Juliette también triunfó. Consagrada y hospedada en el lujoso Waldorf de Nueva York, invitó a Miles a cenar allí. El maître tardó casi dos horas en traerles los platos y cuando lo hizo los depositó con marcada displicencia. A las cuatro de la madrugada, Miles la telefoneó llorando de rabia: «No quiero verte más aquí, en un país donde una relación de este tipo es imposible».
Cada uno continuó con su vida. Pero hicieron suya aquella cita memorable de un viejo financiero en una escena de Ciudadano Kane: «Acabas recordando cosas que nunca pensaste que recordarías. En 1896, bajé un día del ferry de Jersey y vi a una chica con un vestido blanco y un parasol. La vi solo unos segundos y ella a mí ni me vio. Pero no ha pasado un solo mes en que no haya pensado en ella». Los enigmas del corazón.
Cuentan que están rondando una película sobre Gréco y Davis. No me arriesgaré a verla. Prefiero escuchar a Miles tocando I waited for you e imaginarme aquel breve paseo junto al río que marcó dos vidas.