El parque
Pero no es feliz. Le han ido muy bien los negocios políticos, quiere apasionadamente a la madre de sus hijos, ministra por méritos propios y oposiciones brillantes, pero cada vez que se dispone a llevar al parque o al Parque a sus niños, recibe una carta con balas
Hoy ha amanecido un día tonto. Llovizna y nieblas. Para colmo, no he podido dormir pensando en mi Pablo. Y he recordado la célebre estrofa del poema Mis niños en el parque del gran poeta galés Bartholomew Stevens-Puncher, traducido en España por Domingo Repullés, eximio traductor. Reza de esta guisa la estrofa:
«Oh, mi felicidad se levanta/ por encima de los cirros./ Hoy he llevado a mis hijos al parque/ y están jugando con otros niños./ A Peter le interesan más las ardillas/ que el juego del balón/, y a Elisabeth el estanque de los cisnes/ que competir en el 'tula, tula' con sus amiguitas./ Yo los disfruto sentado en el banco/ vigilándolos/ amándolos, riendo sus ocurrencias./ Y he llegado a la conclusión/ que la infelicidad suprema en el mundo/ es la del niño que no puede pasar la mañana en el parque/ acompañado de su papá».
El poema de Stevens-Puncher, como habrán comprobado, es de una belleza y profundidad extraordinarias. Con esta composición, ganó la 'Rosa de Plata' en el festival poético celebrado en su localidad natal, Frombest, si bien hubo discrepancias en el jurado, casualmente presidido por la madre del poeta, la apreciada señora Elleonora Hadmington de Stevens-Puncher.
Días atrás, mi Pablo, lamentó que por motivos de seguridad no podía llevar a sus hijos al parque. Y ese lamento laceró mi sensibilidad, muy acusada desde que leí el poema de Stevens-Puncher. Se me antoja terrible no poder llevar, como hacen los demás padres con sus hijos, a sus niños al parque. Y a sus perros. Se ha visto obligado a contratar a un inmigrante ilegal para que sus perros puedan hacer en el parque pipí y popó. Después de recibir serias amenazas de muerte, es lógico que no se atreva. Menos mal que los niños pueden divertirse en su pequeño jardín con piscina y barbacoa de dos mil metros cuadrados. Pero no es lo mismo un jardín particular que un parque público, y a mi Pablo lo público le emociona.
Cuenta con la protección pública de veinticinco escoltas que voluntariamente le pagamos los españoles. Yo, al menos, le firmé la autorización a Marlasca para que dispusiera libremente de mis impuestos a tal efecto. Pero conozco a mi Pablo, y puedo prometer y prometo, que aún rodeado de los veinticinco agentes de seguridad de la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía, no va a pisar el parque con sus hijos después de haber recibido tan escalofriantes amenazas. Y de la niñera no se fía. Ella es fuerte, robusta y muy cariñosa con los niños, pero simultáneamente es una mujer que depende directamente del Ministerio de Igualdad, en el que percibe un sueldo de 60.000 euros al año, también apoyado por los impuestos de los españoles, y también autorizado por mí. Porque mi Pablo y ella antes de gastar el dinero público piden permiso. En la carta que me enviaron, la pregunta que autorizaba en mi nombre la contratación y sueldo de la niñera era nítida y directa: «¿Autoriza usted que hagamos uso de la parte proporcional que le corresponde de sus impuestos para pagar el sueldo de nuestra niñera, que es un sol de niñera?». Me emocioné, firmé y lo autoricé.
Junto a la casa de mi Pablo hay dos parques. El municipal, que se llena de padres e hijos que no tienen veinticinco personas de seguridad a su servicio, y el Parque Nacional del Guadarrama, que es mucho más grande. En ese parque hay machos y cabras monteses, venados, gamos, corzos, jabalíes, zorros, y cada vez con más frecuencia, lobos. Se trata de un parque inmenso, en el que nadie les molestaría con una escolta de veinticinco agentes de seguridad. Pero mi Pablo es muy suyo, y le da pereza. Mi Pablo es muy perezoso, y dice, con toda la razón del mundo, que ese parque nacional está lleno de cuestas, y que los niños se pueden cansar. Una triquiñuela de las suyas.
Pero no es feliz. Le han ido muy bien los negocios políticos, quiere apasionadamente a la madre de sus hijos, ministra por méritos propios y oposiciones brillantes, pero cada vez que se dispone a llevar al parque o al Parque a sus niños, recibe una carta con balas, y lógicamente, desiste de su plan. Mi Pablo es de muy fácil llorera, y no quiere que los niños descubran su intenso dolor. Ahora ha contratado a otra niñera, Lilith, que no es lo mismo que la anterior. Cuando les cuenta una historieta a los niños, éstos se duermen. No es sencillo sustituir a la gordita del ministerio.
En este día tan tontorrón, les he contado una historia muy triste. La del padre que no puede llevar a sus hijos al parque. Mi Pablo está seriamente amenazado y merece nuestro apoyo y nuestro ánimo. Hay que mandarle más escoltas, Marlasca, que eres de lo que no hay. Piensa en los niños.