Bienvenidos a la Satrapía Progresista
Hay que reconocerle a Sánchez que ha inventado un modelo político, el autoritarismo constitucional
Desde que el mundo es mundo, los hombres se han preguntado cómo gobernarse. ¿Quién manda aquí y por qué? En la génesis de la humanidad, el jefazo de la tribu era el cazador más fuerte y más ducho, que solía coincidir con el mejor guerrero. De ahí pasamos a las monarquías, en las que ese hombre fuerte legaba su cargo de manera hereditaria, creando una suerte de derecho de cuna arraigado en Dios, en la historia y -en teoría- también en el ejemplo. Los primeros reyes sudaron para imponer su autoridad, pues los nobles ejercían un fuerte contrapeso y a veces les movían el trono, amén de que en algunos países también existía la salvaguarda de las cámaras locales, pioneras del parlamentarismo.
Cuando los reyes se afianzaron llegaron las monarquías absolutistas, en versiones variadas, de apretar más o menos. En paralelo, los ingleses, esos bichos raros y a veces magníficos, inventaron la monarquía parlamentaria (no sin antes cortarle la cabeza en Westminster a Carlos I, un 30 de enero en un Londres de frío helador). Las magníficas aportaciones de la Escuela de Salamanca, la Petition of Right de Coke, algunos ecos de la infausta Revolución Francesa, el parlamentarismo inglés… se agitaron más tarde en el nuevo cóctel de la democracia americana, dando lugar a un modelo político cuyos delicados contrapesos tanto admiraron a Tocqueville.
Parte del mundo, significativamente las naciones más prósperas, abrazaron lo que para entendernos llamamos «democracia liberal», imperfecta, como toda obra humana. Pero han existido y existen otras formas de gobierno peores. Dictaduras totalitarias atroces, como el nazismo o los repetidos espantos comunistas. Modelos de hombre fuerte autoritario, como el que postulan hoy Xi y Putin. Dictaduras de derechas de mayor o menor presión, a veces acogidas a eufemismos, como la «democracia orgánica». Teocracias, como la iraní. Sultanatos de mano de hierro… En fin, que parecía que todo estaba ya inventado. Pero no. Faltaba por llegar la Satrapía Progresista, aportación del profesor y estadista madrileño Sánchez Peréz-Castejón.
La satrapía progresista, también conocida como autoritarismo constitucional, consta de diez principios:
1.-El que pierde las elecciones es quien ha ganado las elecciones. Pero este principio solo rige si el derrotado es el sátrapa progresista.
2.-Los peores enemigos de tu país, a los que el propio sátrapa progresista ayudó en su día a combatir, pasan a ser sus aliados si los necesita para mantenerse en el poder sin el apoyo del pueblo (ex terroristas y golpistas incluidos).
3.- Mentir es totalmente aceptable, y hasta bueno, porque las circunstancias cambian. Resulta normal que el sátrapa progresista no votado diga hoy lo contrario que ayer.
4.- Las sentencias de la mayor instancia judicial del país serán anuladas al dictado del sátrapa progresista siempre que así le plazca. Se hace por dos vías: imponiendo el criterio superior de un tribunal político dominado por el sátrapa progresista, o simplemente por la vía de indultos y amnistías que dejan en agua de borrajas las sentencias que disgustan al autócrata. La transición a un modelo autoritario se realiza así con apariencia de legalidad, cambiando la Constitución por la puerta trasera.
5.- El sátrapa progresista es en teoría partidario de la libertad de prensa y de empresa. Salvo que no le convenga, momento en que les pondrá trabas. Incluso se atreverá a disponer de dos mil millones del erario público de todos para asaltar una multinacional privada y someterla a su servicio.
6.- El sátrapa progresista solo concederá entrevistas a medios aduladores de su figura y no permitirá preguntas incómodas de medios críticos, a los que denigrará con términos como «los digitales de los bulos» o «la máquina del fango».
7.- El sátrapa progresista está en posesión de la razón absoluta, por eso los que no piensan como él deben ser arrinconados tras «un muro». Al tiempo que levanta esas barricadas sectarias, el sátrapa progresista proclama que el suyo es «el Gobierno del diálogo».
8.- El sátrapa progresista utilizará el dinero público para divulgar encuestas trucadas a su favor, convertir la televisión pública en un aparato de propaganda goebbelsiana y trucar sin pudor los datos de empleo y las estadísticas económicas.
9.- El sátrapa progresista se presentará como un paladín de la regeneración de la vida pública. Excepto si los corruptos son su fiscal, su mujer, su hermano, sus ministros y los jefes de su partido.
10.- El sátrapa progresista posee un ego enfermizo y una carencia absoluta de empatía con el dolor ajeno. Se blinda tras una escolta propia de un dictador, encarga documentales de culto a su figura, no pisa jamás las calles y desprecia profundamente la vida parlamentaria, la rendición de cuentas y todas las prácticas que oxigenan una democracia convencional.
El Erdogan de Tetuán. Ya estamos ahí.