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Enrique García-Máiquez

Echando números

Nos vendría bien a todos, a pesar de la presión cuantificadora de la época en que vivimos, volver los ojos a la unidad básica del espíritu, que es el alma de un lector o lectora, o su corazón único y palpitante

Son las tantas y todavía no he escrito el artículo de hoy (éste). La situación podría presentarse con tintes dramáticos, como mínimo para el estado de mis nervios y mis horas de sueño. Sin embargo, ya me ofrece una moraleja contracorriente. Y yo, tan moralista, si tengo moraleja, me quedo bastante tranquilo.

No lo he escrito porque mañana voy a dar una charla a 50 personas. Prepararla durante la última semana concienzudamente me ha tenido distraído, quiero decir, concentrado, o sea, distraído… del artículo. De haberme dejado llevar por el caudal de lo cuantitativo hubiese dedicado mis desvelos a este artículo. No hay que ser matemático para echar las cuentas. El Debate tiene un promedio de 1.400.000 lectores diarios, que se dice rápido. Eso significa que por cada asistente a mi charla hay 28.000 lectores potenciales de este artículo escrito al borde de la bocina y a fuerza de sprezzatura.

¿En qué cabeza y en qué Excel cabe tantísima desproporción en la rentabilidad de mis desvelos? Hojas de cálculo aparte, tiene una explicación sencilla que esconde una paradoja ética. Esos 50 asistentes los veré cara a cara, mientras la masa ingente de lectores de El Debate la conozco de cifras. Impactantes, pero cifras. Y el ser humano, por fortuna, siempre prefiere la realidad y el trato humano a los apabullantes guarismos. Tenemos a Quien imitar: Dios sólo sabe contar hasta uno, se nos recuerda, para informarnos de su atención y amor por cada cual, sin preocuparse de sumatorios, valores agregados y economías de escala. Yo, que quiero imitarle, todavía alcanzo a contar hasta 50, pero me propongo ir bajando mis habilidades contables.

Y ahora mismo encuentro –eureka– un método para darle a este texto la singularidad que se merece. He recordado a dos o tres personas, empezando por mi padre, que seguro que me leen en El Debate mañana. He visto sus caras. He tratado de adivinar lo que pensarán y la inmensa trascendencia que tienen esos minutos que dedicarán generosamente a esta columna. Me ha entrado, de golpe, el temor reverencial, qué alegría. Mi padre no se pierde ni un artículo. Y pocas cosas hay más serias en esta vida que tu propio padre.

Ya sé que esta noche me voy a acostar como poco muy tarde. Menos cama que comas. Llegaré algo agotado a la conferencia, sí, pero es que ellos son 50 y ahora acabo de caer en los tres que no cabe duda de que me leerán mañana. No siendo político, me puedo permitir esta ley rayana en el privilegio: a menos lectores, más trato individualizado. Uno cualquiera es un alma inmortal. Todos son cada uno, si se le mira el alma. Igual que no se pueden sumar tan fácilmente las peras y las manzanas, tampoco un hombre y otro hombre o mujer pueden contarse a bulto, si nos ponemos serios. Que otros se envenenen con los números, yo me animo con los númenes y las ánimas. Si la crítica literaria se humillase menos a los libros más vendidos y los políticos mirasen más su conciencia que las corrientes de opinión, no iría mejor. Ellos a lo mejor no pueden, pero nosotros, sí.

Quitando, pues, a los estadísticos profesionales y a los políticos en tiempo electoral, nos vendría bien a todos, a pesar de la presión cuantificadora de la época en que vivimos, volver los ojos a la unidad básica del espíritu, que es el alma de un lector o lectora, o su corazón único y palpitante. Está a nuestro alcance rebelarnos contra la dictadura de la abstracción numerificada. Lo propio es que nos importe el prójimo próximo. Las abstracciones quieren abducirnos, pero no nos dejaremos. Estamos resueltos a resistir enrocándonos en la realidad constante y sonante. No contante: constante.