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Palabra de honorCarmen Cordón

Entre el ruido y la reja

Después de testificar contra aquellos asesinos, me senté entre el público mientras el juez ordenaba leer en voz alta una carta escrita desde el zulo. Me avergonzaba oír aquellas palabras pensadas para nosotras, desnudadas ante extraños… Y entonces estalló una voz: «Jódete, rico cabrón»

El otro día me conmovió profundamente la lectura de una entrevista a una joven llamada María. Así, a secas. De ella solo se revelaba lo esencial: veinte años, madrileña. Ha elegido la clausura. Ella, con una humildad desarmante, relataba el tránsito inesperado de una vida madrileña de guion –novio majísimo, risas, noches de copas–al recogimiento por Amor, con mayúsculas. Amor a Él. «Fue duro dejarlo todo», decía desde detrás de la doble reja de hierro forjado que la separaba del entrevistador. Pero «me siento mucho más libre aquí que en la calle».

Qué miedo me da el mundo, desde hace tiempo. No es un miedo estridente. Es hondo, antiguo, una punzada que una aprende a llevar en silencio.

El delirio de una turba de jóvenes antifa rodeando y matando a patadas a un muchacho francés por pensar diferente, por ser de derechas, por ir contracorriente, ha vuelto a desgarrar costuras de mi memoria que creía cicatrizadas. Hoy resuenan en mí ecos del terror de Grapo que yo pensaba amortiguados: asesinatos sin sentido, miradas deshumanizadas, enfermos mentales enajenados de ideología. (La lucha de clases, justicia proletaria, la resistencia antifascista). Ellos con lo suyo y siempre es lo mismo: una fiebre de «purezas». Esa obsesión por limpiar el mundo de los que estorban. Es ese útero oscuro donde germina lo peor: los linchadores, los que invocan un dios para justificar la sangre, un velo para tirar piedras, los fanáticos de cualquier cuerda.

Yo estuve allí.

Recuerdo un instante que me atravesó sin hacer ruido en uno de los juicios por el secuestro de mi padre. Después de testificar contra aquellos asesinos, me senté entre el público que escuchaba atento lo que allí se desgranaba. El juez ordenó leer en voz alta una carta de mi padre desde el zulo. Nos hablaba de sus anhelos. Reflexionaba sobre su vida. Cómo habría priorizado su tiempo. Sufría, le dolía la espalda, aquel lugar era un horno. Me avergonzaba oír sus últimas palabras, pensadas para nosotras, desnudadas ante extraños… Y entonces estalló una voz: «Jódete, rico cabrón». Hubo risas.

Me quedé lívida. Miré alrededor. No me había dado cuenta hasta entonces. Familiares y amigos de los Grapo colmaban la sala. Eran personas corrientes de los que en el súper te dejan pasar porque solo llevas una barra de pan. Algunos aún sonreían. Irreconocibles. Almas endurecidas, impermeables al dolor ajeno. Tan encerrados en sus certezas que ya no podían permitirse ni compasión.

Desde entonces busco comprender la condición humana. Siempre me he sentido como un pulpo en un garaje en este mundo. Soy de las que se tapan los ojos cuando viene el golpe o el cuchillazo en la película, por muy merecido que lo tenga –o no– el villano de turno. No puedo metabolizar la violencia.

En el momento de esas burlas me vino a la cabeza la mirada verde y chistosa de mi padre. ¿Cómo consiguen ese sinsentir? ¿Sabían de quién se burlaban? ¿Saben siquiera que el hombre que escribía esas letras era el rey del «baile de la grulla», con tal descoordinación que nos partíamos de risa? Que era el as en la construcción de nuestro Exin Castillos. Que fue un huérfano paciente que dedicó meses a construir un carromato de madera que paseaba tirando de un cordel por Villar de Maya

Leí Tazón de hierro, de Félix Novales, un ex-Grapo que se atrevió a desafiar a los suyos y salir de aquella secta de izquierdistas. ¿Qué había llevado a ese muchacho con cara de bueno a asesinar en nombre de los suyos? ¿Es miedo? ¿Es necesidad de pertenecer a algo cuando el mundo se vuelve incomprensible?

Debe de ser eso: replegarse en el grupo, en la tribu, y así enterrar la cabeza bajo tierra como un avestruz, creyendo que nadie te verá, nadie te juzgará, no dolerá. Dejar de pensar, dejar de sentir. Poder soltar ese veneno antiguo, hostil pero moralmente a salvo, y dar coartada moral a la barbarie.

Nos colectivizan. Nos azuzan. Nos obligan a elegir trinchera: mujeres contra hombres, ricos contra pobres, empresarios contra trabajadores, jóvenes contra viejos, españoles del norte contra españoles del sur, del este o del oeste… Que si un burka es libertad, que ahogar empresas es prosperidad, que los herederos de ETA mandando es democracia. Cada día una nueva afrenta, un nuevo insulto, una nueva ofensa, una nueva agitación. Más munición para el caos, más carnaza para los cocodrilos.

Y así un día alguien se ríe mientras leen la carta de un hombre secuestrado.

Y así otro día una turba mata a Quentin.

Y yo vuelvo a sentirme fuera de lugar en este ruido. Es como si el mundo funcionara mejor para quienes han aprendido a endurecerse.

Pienso en María. En esa doble reja que, paradójicamente, la hace sentirse libre. En ese apartarse del griterío, del nosotros contra ellos. En esa decisión radical de no dejar que el alma se le endurezca.

No sé cómo se arregla este mundo que parece necesitar enemigos para sostenerse.

No sé cómo se impide que el grupo devore al individuo. Solo sé que cuando olvidamos que el otro bailaba la grulla, algo se rompe.

Querida María, reza por nosotros. Nos hace mucha falta.