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Qué papelón de la izquierda y de todo el nacionalismo, de izquierdas y de derechas, defendiendo el burka y el niqab en el Congreso esta semana. Destrozaron su supuesto feminismo en una tarde, además del liberalismo los que dicen defender la libertad. Algunos acudieron a patéticas excusas de que votaban a favor del velo integral porque era una iniciativa de Vox, pero lo que pusieron de relieve ante España y toda Europa es la tremenda deriva identitaria de la izquierda occidental. Una deriva tan increíble que hasta apoyan los símbolos de opresión de la mujer por aquello del multiculturalismo y el respeto a las identidades.

Fue tan brutal que hasta ellos mismos se han inquietado y Rufián se vio obligado al día siguiente a decir que el burka es terrible, cuando unas horas antes había votado en su defensa. Y en defensa de los argumentos de su compañera Vallugera, que dijo entre otras cosas que las mujeres musulmanas deciden libremente cuando se ponen esas cárceles de tela y que prohibir tales cárceles es inhumano y cruel. Aún más terrible fue escuchar a la diputada Fernández del PSOE apelar a la «tolerancia como valor moral» para defender el burka y el niqab y luego añadir que pretender prohibirlos es una muestra de xenofobia y odio al diferente.

Y la coincidencia entre toda la izquierda y todo el nacionalismo no tiene que ver en este caso con su pacto para mantener el poder. Se trata de la deriva identitaria de la izquierda que la une a los nacionalismos, de su evolución desde la lucha de clases a la defensa de identidades, de género, de etnia, de religión, o de lo que sea. De religión que no sea la cristiana, se entiende, porque los hubo en el Congreso que hasta apelaron al respeto a la libertad religiosa para no prohibir el burka, lo que pareció una broma macabra de esa izquierda activista contra el catolicismo.

Y esto está ocurriendo en toda Europa. En nombre de la identidad, la izquierda defiende desde los supuestos derechos de la raza, ahora matizada en etnia, hasta la opresión de las mujeres. Desde los nacionalismos racistas y supremacistas hasta el islamismo radical, el del burka. Como la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, firme defensor del islamismo y que formó en 2024 el Nuevo Frente Popular con los socialistas para hacer un cordón sanitario a Reagrupación Nacional. En ese movimiento, eso sí, han conseguido el voto mayoritario de los musulmanes, pero a cambio de defender la opresión de las mujeres. De ahí también la crisis de la izquierda francesa, como la española de Sánchez, Yolanda Díaz y Rufián, en busca de frentes populares, con el burka, el niqab y la raza como banderas.

El martes comprobamos en el Congreso que ya es una realidad en España eso que algunos intelectuales franceses como Alain Finkielkraut o Elisabeth Badinter llaman desde hace tiempo el islamo-gauchisme. Parecía difícil de creer, o nos resistíamos a creerlo, pero en España la mayoría del Congreso defendió los símbolos del islamismo radical. Por si no era suficiente con su defensa del comunismo, ahora tenemos comunismo más burka. Es el islamo-izquierdismo español.