La extrema izquierda en su Titanic
Estamos asistiendo al enésimo proceso de rebranding del mismo producto rancio: Izquierda Unida, Podemos, Sumar, las Confluencias, las Mareas, los Comunes… un nomenclátor infinito para disimular que son los viejos comunistas de siempre
Es divertido ver a la extrema izquierda protagonizar este ruidoso juego de sillas, egos y ocurrencias dictado por la urgencia de la desesperación. Están viendo acercarse un tsunami y andan a codazos para ver quién puede sacar la cabeza a flote y surfear una ola que va a llevar a la mayoría de ellos de vuelta a sus vidas anodinas. Hablan del miedo a la ultraderecha, pero su auténtico pavor es acabar expulsados del paraíso de la política para darse de bruces con el duro día a día de esos ciudadanos a los que dicen defender.
Abrió la veda el ubicuo Rufián; al portavoz de ERC le encaja a la perfección el lema que los malévolos cronistas del corazón atribuían a Bárbara Rey: «Antes muerta que a la huerta». Rufián está dispuesto a sacrificarse por España y encabezar una candidatura nacional si con ello evita el temido regreso a su Santa Coloma natal. Lleva tantos años sufriendo el castigo de vivir en el corazón del centralismo anticatalán que ha sucumbido al síndrome de Estocolmo; se ha enamorado hasta las cachas de esta ciudad opresora que le permite echarse bailecitos con Ester Expósito y hacer dúos cómicos con Vito Quiles.
A Rufián le tomaron la matrícula sus compañeros de ERC y andaban buscando un portavoz menos folclórico y más útil para mejorar sus expectativas electorales. Cuando vio peligrar su futuro personal, experimentó ese súbito descubrimiento de la ingeniería electoral como estímulo para la unión de la extrema izquierda y el independentismo. Pero la ingeniería electoral de nada sirve ante vividores de la política cuya única prioridad es seguir en la mamandurria, y esos son legión en esta ultraizquierda de meme y TikTok.
Estamos asistiendo al enésimo proceso de rebranding del mismo producto rancio: Izquierda Unida, Podemos, Sumar, las Confluencias, las Mareas, los Comunes…, un nomenclátor infinito para disimular que son los viejos comunistas de siempre disfrazados de lo que toque en cada momento. Pablo Iglesias, quien pasaba por tan avispado que llegó a vicepresidente del gobierno, ahora oficia a ratos de tertuliano y a ratos de tabernero, pero aún le queda tiempo para lanzar sus propias ocurrencias y la última ha sido proponer a Sara Santaolalla como rival de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Así hasta la próxima.
Esta extrema izquierda ha pasado de dar miedo a dar risa. Con su lenguaje inflamado e iracundo han sido los muñecos de peluche de un sátrapa que ha jugado con ellos como le ha dado la gana y ahora sigue merendándose sus votos. Hablaban de feminismo y se han tragado la mayor colección de prostitutas y prostíbulos que jamás se pudo imaginar en la política española; pontificaban sobre vivienda y han dejado a una generación de jóvenes sin acceso ni a la compra ni al alquiler de un piso; presumían de igualdad, pero han santificado los privilegios y los agravios territoriales más descabellados; prometían regeneración y están sosteniendo al gobierno más corrupto de nuestra historia. Esta semana votaron a favor del burka y, a renglón seguido, obsequiaron con un gran aplauso al ministro del Interior por haber colocado al frente de la policía a un presunto violador. ¿Qué proyecto político resiste semejante colección de despropósitos?
Ellos fueron los primeros en entregarse a Pedro Sánchez; no es de extrañar que sus votantes hayan decidido imitarles. Si se trata de apoyar a Sánchez en cualquier circunstancia, sobran los intermediarios. Están tan desesperados que acabarán buscando a Vito Quiles para que les dé su último minuto de gloria antes de caer en el olvido.