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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Delcy que estás en los cielos

Tanto le dio a Pedro, Albares y Ábalos que esta señora fuera non grata en Europa porque la acogieron clandestinamente un 20 de enero de 2020 en el aeropuerto de Barajas

Hay que reconocerle al ministro Albares su incansable vocación de defensor de causas pobres. Pobres, moralmente hablando. Esto es, las más tiradas en el ámbito internacional. El ya conocido como «Napoleonchu», en feliz hallazgo de mi compañero Ramón Pérez-Maura, ha colocado a España en una posición irrelevante. En comunión con su jefe Sánchez Pérez-Castejón, ha situado a nuestro país en el mismísimo redondel del dónut. Ni un milímetro más allá. Somos el único de los grandes de Europa que no estamos en los centros de decisión respecto a Trump o Putin. Por no hablar de Hispanoamérica.

El caso es que Napoleonchu tiene en su agenda tres o cuatro apuntes, a cual más trascendente para la dimensión histórica de nuestro país. El primero es el de la retirada de Eurovisión, que nos ha llevado a la cumbre del progresismo planetario. No se habla de otra cosa en las Embajadas occidentales. Luego, dedica sus desvelos a convencer a nuestros aliados de que el catalán debe ser -porque Puchi se lo exige a Pedro- uno de los idiomas oficiales de Europa. Ahí tienen al canciller Merz, a Macron y a Meloni sufriendo insomnio para gestionar una empresa tan alta como esa, una excelsa meta difícil de alcanzar. Otra de sus tareas más perentorias es blanquear la corrupción de su partido y Gobierno moviendo peones, como informó ayer María Jamardo en este diario, en los organismos europeos que nos tienen tomada la medida sobre nuestra escasa salud democrática. Luego está China, donde ha puesto Exteriores el «Acento».

Y cuando uno ya no puede asumir más hitos en la labor ecuménica de Albares, se encuentra con que ha sido el primero en pedir a la UE la retirada de las sanciones impuestas a una vieja conocida de la afición española, fundamentalmente de sus hooligans Zapatero, Ábalos, Koldo y Aldama: Delcy Rodríguez. Quiere nuestro activo canciller que la actual presidenta encargada de Venezuela sea premiada por aprobar una ley de amnistía para liberar a los presos políticos que ¡ella metió en la cárcel! Es fantástico. Norma que ha propuesto, no fruto de su conversión a la moral pública, sino siguiendo las instrucciones de Donald Trump, de quien sabe que no le temblaría el pulso si la tuviera que enviar a Brooklyn, para ocupar una celda contigua a la de sus examigos Nicolás y Cilia.

En todo caso, tampoco sé por qué nuestro ministro exige que Delcy pueda corretear por el espacio Schengen sin la amenaza de ser detenida, porque el único Gobierno que se pasó por el forro de la decencia esa prohibición fue precisamente el suyo. Tanto le dio a Pedro, Albares y Ábalos que esta señora fuera non grata en Europa porque la acogieron clandestinamente un 20 de enero de 2020 en el aeropuerto de Barajas, solo porque lo ordenó «mi príncipe» (no el mío, sino el de Delcy): José Luis Rodríguez Zapatero. Y estuvieron a punto de pasearla por el barrio de Salamanca de Madrid, convidarla oficialmente a almorzar y llevarla a una clínica estética de las que es devota seguidora. Ha dicho Napoleonchu que «las sanciones no son un fin en sí mismas, sino un instrumento para propiciar un diálogo amplio, pacífico y democrático en Venezuela». Lo más entrañable sigue ahora: «La amnistía es una señal contundente de que Venezuela transita en la dirección correcta».

Qué pena que España, el referente histórico para Europa a la hora de abordar las relaciones con Hispanoamérica, estuviera callada como Belinda mientras sus dictadores -Maduro, Cabello, los Rodríguez…- no daban ni un paso hacia esa transición, encarcelaban a los opositores, torturaban a los disidentes, compraban con barriles de petróleo su seguridad a otra tiranía como la cubana y echaban de su país a millones de venezolanos. A Sánchez y Zapatero les gustaba más la otra Delcy: la de las madrugadas oscuras en Barajas, la del rescate a Plus Ultra, la de PDVSA, la de la represión, la de la narcodictadura, la de las misteriosas maletas. Hasta que llegó Donald y mandó parar. Y ahora, en una de las decisiones más vergonzosas de nuestra política exterior, corremos a blanquear a Delcy, a postularla al Nobel de la Paz, que seguro que también compartiría gustosa con el presidente americano.

Nada nuevo en el Ejecutivo español: encalar a los delincuentes es una especialidad de la casa. Txapote, Puigdemont, Salazar, Ábalos, Koldo, Santos… y, ahora, Delcy. Que estás en los cielos.