Las mujeres y yo
Yo era feminista sin saberlo antes de que ellas salieran a la calle para reclamar igualdad de derechos
El domingo viví la dicha de tener cerca a las mujeres de mi vida: mi esposa y mi hija. Me falta una nieta, sí, porque el Altísimo quiso darme cinco robustos varones que me quieren con locura.
Yo era feminista sin saberlo antes de que las mujeres salieran a la calle para reclamar igualdad de derechos. Apenas tuve uso de razón supe que quien mandaba en casa era mi madre. Y me encantó. No es que mi progenitor fuese lo que antes se denominaba un calzonazos, pero sí que fue lo suficientemente inteligente como para captar al vuelo que la clave de su felicidad estaba en aquella mujer generosa y abnegada, que repetía constantemente aquello de «con razón y sin razón, siempre los míos», un aforismo que me acompañó a lo largo de mi infancia y juventud hasta quedarme clavado en los pliegues del alma. Crecí rodeado de mujeres, pues de los quince primos y primas con los que pasaba mis felices veraneos, solo tres eran varones.
Ya en mi trayectoria profesional como periodista -lo del joyero rural lo dejaremos para otro día- he tenido más jefas que jefes. Las recuerdo a todas con cariño: Txiqui Gayà, Rosa Estaràs y -hasta hace unos pocos días- Margalida Prohens. También las jefas de sección de mis colaboraciones en prensa fueron casi siempre féminas, incluidas las dos que editan mis artículos en esta casa.
En los lejanos 80 algunos amigos se burlaban de mí «por estar a las órdenes de una mujer». Yo les miraba con asombro: ahora veo que ellos sí que debían ser un poco machistas, aunque su actitud, en aquella época, no chocaba demasiado. A mí sí que me venía de nuevas porque siempre he preferido obedecer a una mujer antes que a un hombre. No me enseñaron a cocinar ni a limpiar la casa porque en aquellos tiempos no se hacía, pero ahora me parece de lo más normal que mi hijo -con cargo de embajador de España y de la Unión Europea- retire la mesa y ponga la lavadora.
No me gusta que las manifestaciones feministas se conviertan en un carnaval donde el buen gusto y un mínimo decoro son expulsados a voz en grito
Creo, pues, que a mí no pueden tildarme de «machista» aunque para las feministas de pancarta -las que salen a la calle pintarrajeadas y gritando consignas contra el heteropatriarcado- seguro que soy eso y mucho más, seguramente un habitante de la fachosfera un poco peculiar y, precisamente por ello, todavía más peligroso.
No estoy en contra de las manifestaciones feministas en favor de la igualdad. No me gusta, sin embargo, que se conviertan en un carnaval donde el buen gusto y un mínimo decoro son «expulsados» a voz en grito. Este año -lo supe desde la noche del sábado 28 de febrero- las manifestaciones del Día de la Mujer han tenido el aditivo del pacifismo tronado.
Sánchez también lo vio venir y corrió a sacar del baúl de los recuerdos el eslogan No a la guerra pensando que Trump, su enemigo íntimo, le había enviado una serie completa de la lotería con el número premiado. El simplismo estúpido de la izquierda reaccionaria que todavía gobierna en España -no permitan los dioses mediterráneos que, a poco más, de un año vista lo hagan también en Baleares- ha condimentado la tortilla perfecta: los huevos de la igualdad, las patatas del pensamiento falsamente pacifista y el aceite de la agitación callejera. Todo bien batido en la sartén de la demagogia del todo a cien y ya tenemos el condimento para ir tirando. Pronto van a decirnos que Prohens es un halcón guerrero y que PP y Vox tienen la culpa de todo lo que nos va a acontecer. Muchos tontos del haba se lo van a creer y otros querrán creérselo por la cuenta que les va a tener.
Por cierto: hoy tenemos circo asegurado en el Parlamento balear a cuenta de la derogación de la Ley de Memoria Histórica. Seguro que entre las camisetas y los gritos se colará el nuevo-viejo eslogan: No a la guerra. Esperemos que no llueva mucho porque Negueruela y Apesteguia van a decir que son precipitaciones ácidas procedentes de los bombardeos imperialistas.