Verdades a machetazos
Y la hispanidad, la mayor empresa evangelizadora de la historia, que llevó instituciones y derechos a un continente entero, se reduce a un relato de «abusos» que sólo merece vergüenza
Cuando eres niña se tiene muy nítida la diferencia entre la verdad y la mentira. En mi casa, además de la religión, se practicaba el culto a la verdad. Mi madre soltaba verdades como quien abre monte a machete. Mentir era pecado. Y todos íbamos con la verdad por delante, como samuráis, con la katana desenvainada, dejando regueros de sangre bajo la mirada inmóvil de los óleos: para Picuca, el filete sin patatas, que está gorda; tu tía es una copiona sin ideas propias; para ser tan guapa, qué alelada eres; la americana de intercambio es una fresca, se le acabó el veraneo con nosotros; para todos, sin excepción, lo que había, sin azúcar ni contemplaciones. La verdad era un bien supremo que se recetaba sin paliativos por encima de la compasión, incluso de la cortesía. Aquella manera salvaje de vivir en la verdad me dolía. Yo era –y soy– de una sensibilidad extrema, y creo que por eso empecé a mentir muy joven.
Empecé ocultando en casa mis penurias escolares. Temía la reacción de la de los machetazos en ese segundo mundo –el colegio– del que la mantenía al margen. Luego aprendí a desaparecer: me ocultaba bajo la montaña de abrigos, fingía ausencia y me colaba en las oficinas para apuntarme entre las que faltaban. Perfeccioné el uso de vocabulario técnico —«escoliosis dorsal»— y me libraba de la tortura vergonzante de ser la gorda patosa que nunca pudo saltar el plinto. Y culminé en sexto de EGB falsificando las notas. Una vez me las firmó mi abuela Beni, sin gafas, y como éramos muchos en casa, mis insuficientes fueron colando hasta que la burbuja explotó a final de curso.
Mis padres estaban anonadados, ojipláticos: no les cabía en la cabeza descubrir que tenían en casa una agente doble, con informes amañados, coartadas impecables y esa carita de buena. Aquella bomba desmoronó nuestro mundo de inocencia infantil. Y mi madre me dijo: «Estás perdonada, pero nunca volveré a confiar en ti». Todavía duele.
En fin, acarreé el peso de ser la mentirosa de la casa, la impostora, la de las dos caras, con vergüenza y mucha culpa… y luego, con los años, descubrí (no sin cierta perplejidad) que todo el mundo miente: Mentimos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los médicos, a los abuelos, a la profesora de pilates, a quienes queremos gustar y a quienes ni conocemos que se cruzan tres minutos en nuestra vida. Y lo hacemos por proteger, por cortesía, por amor, por vergüenza, por inseguridad, por vanidad, por miedo, por no preocupar, por piedad, por validar al otro. De hecho, cuanto más empático eres, cuanto más sensible a las emociones ajenas, más se miente: más exageras o suavizas, más entusiasmas tu relato, más ajustas la versión que estás contando. En realidad, casi nunca mentimos para engañar. Se miente más por bondad.
Es una malísima costumbre, claro, porque lo que se dice te compromete y los malabarismos para no faltar a tu palabra son de órdago. En eso he aprendido mucho de mi marido. Él dice lo que es, tal y como es. Cartesiano. A lo bestia. Suelta unos jarros de agua fría que dejan a cualquiera patidifuso. Tan pancho. Y para colmo, aunque de primeras deja a la gente tiesa, a la larga cosecha grandes adhesiones.
En fin, volviendo al mundo de las verdades absolutas. La verdad existe. Lo que no sé muy bien es si es una bobada, una absoluta pérdida de tiempo, el ir tras ella. Yo nunca sabré a ciencia cierta si esa amiga hizo o no hizo lo que me cuenta que hizo, o si la cosa fue a medias. Porque lo que sucedió se halla en un lugar y en un tiempo al que ya no puedo volver a mirar. Así que solo accedo al relato de quien estuvo allí, contado desde su biografía, sus miedos y sus deseos. O peor: al de quien lo oyó de otro, aportando su pincelada personal. O peor aún: al de quien cobra por relatarlo… y decide qué conviene relatar.
Y así llegamos a la creación de los relatos y a la lucha por el poder: cuando esas versiones se organizan, se repiten y se imponen –y lo que las contradiga se califica como 'Hodio'– se convierten en instrumentos de dominación. De eso, exactamente, van las guerras.
Basta asomarse y mirar: Para unos un burka puede simbolizar libertad en vez de sometimiento; que Cuba viva en la miseria no es consecuencia del comunismo, sino de un supuesto bloqueo; los asesinos condenados de ETA, son socios de gobierno respetables; y la Hispanidad, la mayor empresa evangelizadora de la historia, que llevó instituciones y derechos a un continente entero, se reduce a un relato de «abusos» que sólo merece vergüenza
Los hechos fueron los mismos, pero los relatos resultan irreconciliables.
En fin, buenas noticias: ya no miento. Las tempestades de mi vida han ido forjando un carácter capaz de dominar este temperamento sensible y, contra todo pronóstico, ahora voy por la vida a machetazos de verdades, como hacía mi predecesora. Y me va bien con mi verdad, que es la única a la que puedo aspirar en este confuso e infinito mundo de relatos.
Ah, otra verdad, me habría gustado que mi Rey defendiera nuestra verdad sin ceder ni un milímetro al falso relato de los otros.